Hay chicos a los que se les da bien abrir relatos y hay chicos a los que se les da mejor cerrarlos. Jack no era ninguno de los dos. Los lapiceros bailaban estáticos contra la pared mirando seductores en busca de unas manos que las invitaran a bailar. Las luces de las farolas le acusaban desde el otro lado de la ventana, y los folios, níveos, gemían sobre su mesa abatible. La oscuridad se cernía bajo el techo de aquella habitación escondida en los edificios de la ciudad dormida, de la somnolienta París. Nuestro escritor había dejado su sombrero en el perchero de la entrada, y puede que con él las buenas ideas, y también las ganas de dormir. Así que decidió brindar por nosotros, los lectores, con un vaso de Whisky. "Por ustedes! Siento haberles dejado sin historia" le brindó a nadie desplomándose en su sillón.