sábado, 31 de mayo de 2014
Continuity
Últimamente no escribo. Me limito a asomarme a las barandillas de los puentes y enfadarme con las estrellas y gritarle a las nubes. Lo cierto es que me asomo insomne a deambular por las calles fúnebres de esta moribunda ciudad cuando muere el día y cuando muere la noche. Cuando el tiempo enfermizo no da mas de si y se hunde y entumece en su trono de varón, cuando nadie lo respeta. Me arrincono y me cohíbo a mirar el cielo negro y a añorar mi soledad, y a refugiarme en mi. Ya he dejado de ser tan yo que hasta la noche me atraviesa vacío con su lanza de silencio, porque mas callada que mi alma se han vuelto mis palabras. Ya no bordo, ya no hilo, ya no coso las palabras como solía hacer. O como alguna vez creí que hacia. Quizás no. Tal vez nunca lo hice. La noche me vacila y me marea, y el frío petrifica mis piernas y mi cabeza; estática, destruye las palabras, ya no crea, ya no genera, ya no da vida. Últimamente me limito a ver el humo bailar a lo alto de mi jardín y deambulando por el aire, danzando entre espectros de miseria y halos de la aurora eterna de la luna. Cuya aura no se apaga. Cuya voz siempre calma. Y, calma, asoma a la ventana y destruye mi somier. Caigo hondo, la tinta me arde en los ojos, derramada, y me ciega de su negro cristal. No. Tiéndeme la mano. Tiéndemela y no me dejes caer. No me dejes hundirme en este mar de naipes. De tréboles y picas.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Finale
El hueco detrás de las bambalinas es un lugar lleno de misterios.
Algunos hemos conocido el misterioso sonido de las bisagras de unas puertas abriéndose de par en par en una sala de teatro donde el neurótico silencio se arrastra butaca a butaca, rincón a rincón. Y de pronto cae un telón de ruido que lo aniquila, entre carcajadas y comentarios de un público que corre lento a ocupar su aterciopelado trono. Es un paisaje curioso: una cortina de honda negrura y de altiva dimensión que cubre las espaldas al escenario y tras ella deja dos pasillos de oscuridad agitado con complicidad y nervio. Cuando uno levanta la cabeza, y observa el techo invisible del que cuelga la tenebrosa lona, intenta recordar las frases adjudicadas a su papel, a su rol a su… Pero de pronto no. De pronto uno se descubre absorto en el pensamiento lejano de una novela por escribir, o un cuadro por pintar, una exposición por inaugurar. Y sin embargo está allí. Tras la tela perpetua está su ser, su cuerpo y su alma; aunque uno permanece tras las bambalinas. Nadie lo ve, nadie lo juzga. Nadie sabe su rostro. Llegará la hora festiva de degollar la línea divisoria entre el anonimato y la evasión, sin duda alguna llegará. Pero mientras, cabe la espera desnudo tras ese vestido de noche parda e innerte.
De pronto todos ocupan sus cómodas posturas entren las gradas y balcones, todos miran de acá para allá comentando con sus acompañantes Dios sabe qué. Un torbellino de voces arrasa la sala; un huracán tremebundo arranca de la faz de la tierra la calma; un tifón de molestas conversaciones acribillan el silencio. No. Detrás del escudo de pizarra, tras el acero negro todos seguimos invisibles, ocultos, rechazados. Suenan voces de un mundo al que uno ya no pertenece. Se oyen ruidos extraños, vociferaciones y berridos que trituran el silencio. No. De pronto todo cambia. De pronto la infinitud de lo etéreo se cierne sobre todo, lo ahoga. Pero la eterna capa negra sigue colgada. Entonces… Humo.
Algunos hemos conocido el misterioso sonido de las bisagras de unas puertas abriéndose de par en par en una sala de teatro donde el neurótico silencio se arrastra butaca a butaca, rincón a rincón. Y de pronto cae un telón de ruido que lo aniquila, entre carcajadas y comentarios de un público que corre lento a ocupar su aterciopelado trono. Es un paisaje curioso: una cortina de honda negrura y de altiva dimensión que cubre las espaldas al escenario y tras ella deja dos pasillos de oscuridad agitado con complicidad y nervio. Cuando uno levanta la cabeza, y observa el techo invisible del que cuelga la tenebrosa lona, intenta recordar las frases adjudicadas a su papel, a su rol a su… Pero de pronto no. De pronto uno se descubre absorto en el pensamiento lejano de una novela por escribir, o un cuadro por pintar, una exposición por inaugurar. Y sin embargo está allí. Tras la tela perpetua está su ser, su cuerpo y su alma; aunque uno permanece tras las bambalinas. Nadie lo ve, nadie lo juzga. Nadie sabe su rostro. Llegará la hora festiva de degollar la línea divisoria entre el anonimato y la evasión, sin duda alguna llegará. Pero mientras, cabe la espera desnudo tras ese vestido de noche parda e innerte.
De pronto todos ocupan sus cómodas posturas entren las gradas y balcones, todos miran de acá para allá comentando con sus acompañantes Dios sabe qué. Un torbellino de voces arrasa la sala; un huracán tremebundo arranca de la faz de la tierra la calma; un tifón de molestas conversaciones acribillan el silencio. No. Detrás del escudo de pizarra, tras el acero negro todos seguimos invisibles, ocultos, rechazados. Suenan voces de un mundo al que uno ya no pertenece. Se oyen ruidos extraños, vociferaciones y berridos que trituran el silencio. No. De pronto todo cambia. De pronto la infinitud de lo etéreo se cierne sobre todo, lo ahoga. Pero la eterna capa negra sigue colgada. Entonces… Humo.
viernes, 2 de mayo de 2014
Mingus
Naturalmente no nací siendo el mejor
músico de New Orleans. Muchos otros grandes genios había por aquel
entonces en la ciudad. Yo iba a tocar el saxo al club del viejo Lewis
cada sábado y algún día entre semana si la ocasión se presentaba.
Nos sacábamos nuestro beneficio, aunque la verdad es que no nos daba
para mucho, principalmente para la casa. No eran tiempos fáciles, y
para las familias negras, menos. El club se solía llenar, medio
llenar más bien, de espectadores blancos. Era curioso ver como
venían con sus trajes y sus vestidos, acostumbrados a ver ópera
supongo, al club del viejo Lewis. Las mesas se llenaban de puros y un
humo pesado rodaba por el techo. Nosotros jamás habríamos colgado
de nuestro cuello ni siquiera una pajarita. Al jazz puede jugarse
hasta desnudo. A menudo, después de tocar o en algún descansito
cuando White tocaba sus solos de piano, yo bajaba a la barra a que
Lewis me sirviese una copa con whisky sin hielo. Más de una vez se
me acercó un pálido que decía ser manager o contratante o algo
así, y me preguntaba que qué tenía pensado hacer con mi carrera
musical. Lo normal es que yo bebiese mi whisky de varios tragos, no
le mirase, dejase el vaso en la mesa, le estrechase la mano a Lewis y
volviese a coger el saxo, otra vez. Sin embargo alguno tuvo más
suerte y le miraba, guiñándole un ojo burlón, aunque no le dijese
nada. Y otros tenían la fortuna de que les contestase que seguiría
tocando aquí y allá, donde pudiese y me placiese. Mi madre siempre
me decía que tenía que aceptar esas ofertas, que estaba loco, que
si no quería terminar como ella y mi padre necesitaba estabilidad,
un salario fijo, más ingreso de ventas de discos y conciertos,
claro. Que solo así podría llegar a ser el número uno del jazz en
New Orleans. Y razón no le faltaba. Pero que equivocada que estaba,
mi pobre y vieja madre... El Orleans Daily nunca fue
muy bueno con sus críticas cuando entré a tocar por primera vez en
el viejo cuchitril, The Reader fue más simpático aunque
tampoco nos tildó de mucho. Jamás perdí el tiempo en leer uno de
esos. No me hacía falta. No necesitaba que nadie me dijese que el
sonido de mi saxo era inigualable. Todo eso empieza en mi cabeza,
todo eso empieza en forzarme a ser el monstruo de New Orleans. Yo
sabía desde la primera noche que mi música no era ni por asomo la
mejor del este. Pero si quería llegar a serlo, tenía que forzarme a
serlo. Duke me acusó de llevar una pose que no era la mía. Él
nunca entendió nada. Nunca comprendió que sería lo que quisiera
ser si me obligaba a serlo, aunque no estuviese en mi naturaleza. Mis
dedos nunca fueron los más rápidos de New Orleans, no hasta que yo
me dije que los tenía, aunque sabía que no era así. Mi saxo no fue
el más valioso, hasta que me subí al escenario y suspirando el humo
de mi tabaco exhalé un “soy el más grande de todos...”. No nací
siendo el mejor saxo de los Estados Unidos. Nadie nace siendo nada.
Hay que obligarse a ello. Y no caer en creer que te estás
traicionando actuando de una forma que no está en tu naturaleza,
Sino saber que estás cruzando la carretera hacia lo que quieres ser.
Estas forjando tu forma de ser, tu vida, aunque al principio sientas
que no eres tú. Pues ya se sabe, yo no fui el mejor saxo de New
Orleans desde mi nacimiento. Yo toqué como si lo fuese, aunque en mi
naturaleza no estaba serlo. Rompí los planes de mis padres, los de
la sociedad, los de mi naturaleza, los del universo. Pero ya nadie
olvidará quién es el monstruo de New Orleans. quien es John
Coltrane.
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