lunes, 9 de abril de 2018

Bienvenidos a la Biblioteca

Al final en esta vida caótica de la que uno mismo es motor y nervio, es fundamental mantener en el centro el amor. El ajeno y el propio. El dado y el recibido. Al final en esta vida de hechos frenéticos, de movimientos pausados y caricias aceleradas en el que nos movemos buscando a tientas entre el gozo y la virtud, somos nosotros también.
En este mundo que se mueve a velocidades vertiginosas y que pereciera que le dice a uno que no se quede parado, es crucial quedarse quieto, de pie, en el medio. Y observar cómo todo pasa, y todo queda. Observar como todo gira y se acelera en esa habitación dorada.
Me temo, así os lo cuento, que es la forma más real de ubicarse en la realidad. En verdad, es imprescindible no dejarse llevar por la inercia del mundo y las corrientes prestablecidas, y volver a tomar consciencia de un Dios que habita en uno mismo.
En esta imagen, así como os la describo, veo a mi alrededor todos los hechos, todos los rostros, todas las escenas y los comentarios que orbitan a una velocidad incontrolable. Y no me corresponde a mi controlarlos, ni sentirme ajeno a ellos. Pero lo que sí me corresponde es alumbrar con claridad para poder ver más allá. Y ante el temor -ya os conozco- que muchos me diréis que tenéis, o la falta de fuerzas para ser capaz de atravesar con la mirada ese muro de veloces mundanidades, os digo que comencéis por miraros a vosotros mismos. Que os paréis en medio del torbellino cotidiano de vuestra historia, y os miréis en las pupilas. Porque lo que encontraréis al otro lado, será exactamente eso.
Hay que estar alertas, hay que estar atentos, para tener presentes que es lo que realmente importa.

viernes, 16 de febrero de 2018

Nadando mar adentro

De pronto un hoyo alrededor. Un ser violento y encendido escondido en un cuerpo pasivo, quieto, tranquilo. A punto de estallar, de reventar. De golpear y hundir con los puños la mesa en un estallido que nadie espera, que nadie soporta. La mirada congelada, perdida, clavada en el silencio que ensordece las voces fútiles de alrededor. Un día dorado, radiante, y de pronto, escama a escama, baldosa a baldosa, el suelo se hunde y todo parece alzarse a mi alrededor, tornándose oscuro, mostrando el reverso en penumbra de todo lo que me rodea. Y nace en la profundidad de mi vacío un fuego aniquilador que lascivo ansía exterminarlo todo. Reducir todo a escombros en un huracán de golpes y gritos, gimiéndole a la oscuridad para que acabe. Para destruirla a ella también. Para quedarse exhausto, tendido en el suelo, en la oscuridad donde las lágrimas se sequen porque no queda si quiera una gota maldita más que escurrir.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Solo jugando se aprende

Hay chicos a los que se les da bien abrir relatos y hay chicos a los que se les da mejor cerrarlos. Jack no era ninguno de los dos. Los lapiceros bailaban estáticos contra la pared mirando seductores en busca de unas manos que las invitaran a bailar. Las luces de las farolas le acusaban desde el otro lado de la ventana, y los folios, níveos, gemían sobre su mesa abatible. La oscuridad se cernía bajo el techo de aquella habitación escondida en los edificios de la ciudad dormida, de la somnolienta París. Nuestro escritor había dejado su sombrero en el perchero de la entrada, y puede que con él las buenas ideas, y también las ganas de dormir. Así que decidió brindar por nosotros, los lectores, con un vaso de Whisky. "Por ustedes! Siento haberles dejado sin historia" le brindó a nadie desplomándose en su sillón.

lunes, 16 de octubre de 2017

En línea

Debemos parecer realmente estúpidos. Me encanta la noche, y todo lo que esconde. Todo lo que esconde porque es el momento en el que más claras vemos las cosas. La gente debe estar durmiendo. Las farolas tiemblan de frío sin nadie bajo ellas que baile, sin nadie bajo ellas que se bese por primera vez. La ciudad escruta un silencio inasible, aunque nunca duerme. Cada uno en su casa, asomado a la ventana, a un espejo interior. Mirándonos el alma a través del cristal, sin atrevernos a pronunciar nuestro nombre. Sin agallas para dar las buenas noches. La noche opta por el silencio. La oscuridad. La oscuridad en la que el alma, por tenue que sea, irradia. El silencio en el que el hartazgo, por leve que sea, grita. En cada cama hay un sueño ocurriendo dentro de la cabeza de todos aquellos que a la pocas horas abarrotan las calles. ¿Pero tú? Tú no. Y yo tampoco. Tú lo sabes, si. Y yo también. Porque te veo. Tú también me ves. Nos vemos trapecistas sobre la línea. Mientras todos los demás callan, porque los muertos no hablan. Y nosotros, aunque vivos como nunca, decidimos morir. O por lo menos no tenemos los cojones de alzar la vista y saludar. De escribir. Tú y yo no estamos dormidos, pero es como si prefiriésemos hibernar con los ojos abiertos, en vigilia. Envueltos en el humo de la noche. En el vaho del silencio que nos prestan los dormidos. Aunque estemos más despiertos que la luna y un portal. Ya sé que tu me ves. Asomado a la ventana tomando el fresco, penetrado, con la mirada bajo las nubes. Yo te veo igual. Y así me ves. Así nos vemos. Insomnes ante el cristal. Sobre una silla, contra la pared, mirando el techo, pisando el suelo, acostados en el piso. Debemos parecer realmente estúpidos.

martes, 19 de abril de 2016

Yerra

- La verdad es que tener un diario desde ese punto de vista no está mal. Es una buena forma de poder volver a lo que pensabas exactamente. Escribir es parecido. Pero no tanto. No es tan objetivo.
- Comparto pensamiento.
- Pero tiene la ventaja de que conectas con el sentimiento.
- Pero ambos te devuelven a cuando lo escribiste.
- Yo creo que cuando vuelves a un texto o a un poema es más fuerte que cuando vuelves a un diario.
- Uno quizás te hace recordar más detalles objetivos y otro más abstractos.
- Exacto.
- No sé si es más fuerte... ¿Nunca has tenido un diario?
- Lo más parecido han sido mis cuadernos de reflexión. ¿Nunca has escrito un poemario?
- Te lo he preguntado para decirte que si no lo tienes no sabes lo que es volver a leerlo. Igual que yo no sé lo que es volver a leer un poemario mío. Tengo tu textos y tus poemas que me devuelven a sentimientos bestiales. Pero es distinto y a la vez muy parecido. Simplemente digo que no creo que podamos comparar.
- A veces es como si pudiera oler nuestro amor en la forma en la que hablas.

lunes, 16 de febrero de 2015

Allende los mares

Solo quería recordarte que cada vez que tus ojos se abrazan en mi horizonte, puedo sentir como si la sangre me corriese por puentes hechos a tablones de madera, puedo sentirla como corriendo descalza, atravesando por el aire una selva. No hace falta que abras la boca, ni que suspendas la pluma en el papel. Tan solo cierra los ojos y cállate. Déjame correr, descalzo, sobre las olas de sal y de lluvia. Aún te recuerdo como una gota resbalando por el calendario, día a día, arrugando los casilleros del lunes, del martes.. desgarrando las semanas con tu vapor; tiñendo los atardeceres como cuchillas de afeitar, de mar de sangre que trota, de piel de almíbar; con labios henchidos de besar. Solo quiero recordarte que cierres los ojos y me vistas. Así, como un suspiro que oxida los candados que nunca tuvimos que abrir, las heridas que no tuvimos que cerrar. A cada paso, cada pestaña, un tambor suena bajo mi ropa al contemplarte. Y no, no me digas nada. Permanece quieta, por favor. Así, inmutable. Como dos aves, como un jilguero y un colibrí, deja que nuestra piel se busque entre el jazmín y entre las dalias, que nuestra sangre se enrede entre explosiones de platillos y de timbal, deja que se aturdan y revoloteen con el batir de sus picos y el andar de mis alas sobre tu brisa. Pero sobre todo, no digas nada, permanece inmóvil, como el haz de los días.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Roberto

Las dunas del desierto sudaban. El calor hacía danzar el horizonte en el que se vislumbraba cansado el desierto naranja que se acostaba a kilómetros de distancia. La fina arena se levantaba y se retorcía con el viento. Pasaban ciertas tormentas de arena, y de pronto nubes naranjas enneblecían como de polvo la vista. Bocanadas de ceniza del desierto se retorcían a la altura de mis hombros, y entonces tan solo se distinguían las diferentes siluetas que se alcanzaban a vislumbrar tímidamente. Las dunas. El sol. El horizonte. Todos se volvían de pronto diminutas sombras que iban creciendo y menguando según mis pies resbalaban por las colinas de arena. Entre la humareda y la arena arreciante comencé a distinguir un cuerpo que se sostenía sobre sus piernas, impávido, temerario, entre las quebradas de las caladas de arena que el desierto hacía bailar. Comenzó a deambular una voz rota a su alrededor, una voz cansada, desgañitada; una voz de labios cortados. El dueño de la sombra mascullaba en sus fauces un enigma y empecé a comprender aquello que su voz esbozaba en el la humareda crepuscular que envolvía su delgado y rígido cuerpo. Me da vértigo el punto muerto y la marcha atrás, vivir en los atascos, los frenos automáticos y el olor a gasoil. Me angustia el cruce de miradas, la doble dirección de las palabras y el obsceno guiñar de los semáforos. Me arruinan las prisas y las faltas de estilo, el paso obligatorio, las tardes de domingo y hasta la línea recta. Me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera. Me cansa tanto tráfico y tanto sinsentido, parado frente al mar mientras que el mundo. Allí seguía pululando el ulular de las palabras de aquella sombra gris que brotó en aquella nube de color de las mandarina, en medio del desierto, como una rana que sueña con salir de un salto de su charca. Allí permanecía: calmo, tranquilo, sereno. Ocultando sus dudas y su miedos, sus nervios, sus vértigos. Se mantenía perfecta y esbelta su sombra. Entre bocanadas de retorcida arena que a la altura de mis sienes tapaba mis ojos y me dejaba ver.





*(Contiene fragmentos extraídos de Ideario de Francisco M. Ortega Palomares)