miércoles, 26 de febrero de 2014
666
Mientras otros debatían la ofensividad de los centrocampistas de algún
equipo europeo, que yo, sinceramente, desconocía sin mucho
remordimiento, unos nos dedicábamos a discutir frente al mantel manchado
y el ceño fruncido que entre sus pupilas aguantaba el papiro numérico.
Los televisores de la ciudad inundaban los salones de las casas pobladas de inmobiliario sueco del verde artificial del césped
que a los pies de heroicos y legendarios jugadores de fútbol - si, no me
equivoco - que, sin lugar a dudas y con toda evidencia, eran grandes influencias en la humanidad. Las familias se apiñaban en los sillones ojipláticos frente a los marcos digitales que retransmitían uno de los acontecimientos más importantes de la década: un vulgar partido de fútbol. Ahora, con los ojos fijos en las baldosas de mi cocina, comprendí el fingido entusiasmo de un antiguo profesor por el club de fútbol de su ciudad natal, que años después resultó ser una artimaña bastante bien ideada, todo sea dicho, para ganarse nuestra simpatía e incluso nuestra amistad. El pan sobre la mesa se endurecía con la misma lentitud con la que se desgarran las hebras de una cuerda pita. El recorrido de las manecillas del reloj se congelaba y aunque, segundo tras otro, los minutos avanzasen, el tiempo no pasaba. Todo se volvía estático. A todos y a ninguno nos importaban las mismas cosas. Mi padre no dejaba de intentar establecer un diálogo socrático e irónico conmigo a cerca de mis sensaciones respecto a mi rendimiento académico. Pero yo, simulando a un imberbe nihilista, observaba la mancha de café del mantel que durante todo el día había vestido la mesa de mi cocina. De la cocina supuestamente nuestra. Había llegado el día fatal. Yo había pensado que esa fecha había aterrizado como un mazetazo callejero sobre nuestras cabezas el día en que decidimos - decidieron- vaciar los teatros y llenar los estadios. Pero no. Algo más absurdo y más cruel llamó entonces a nuestras puertas y todo - todo lo que a los que toman las "importantes" decisiones les importa - comenzó a girar entorno a los números.
sábado, 22 de febrero de 2014
La historia
Pero
imagino que toca seguir adelante. Con cara de lienzo. Y que a los demás les
importa entre poco y nada. Toca seguir adelante y dejar que te corrijan, te evalúen
y te puntúen perfectamente. Y que tus piernas parezcan fuertes, que no dejes de
trotar aunque por dentro estés hecho añicos. Dejar que pisoteen tus cristales,
que los transformen en arena; y seguir sumando cifras y números a tu ser. A tu
color, a tus lágrimas, a tu cuerpo gastado que no se mide en números, pero qué
sabrán ellos. Qué les importa. Que les perturba de tu peso que vaga por vagar.
Tú sigue. Sube y escala, y no mires abajo, no tengas vértigo. No mires jamás tu
vivo retrato, no sea que encuentres que entre las cifras, las etiquetas, las
exigencias cumplidas, un rostro que transmita tu alma deshecha. Tu ser
desgarrado y gélido; tu ser sumido en cenizas. Porque en el fondo tú no quieres
correr. No quieres trepar alto, no quieres seguir adelante. Grita. Tan solo
grita y que alguien frene el tiempo y entonces yo vendré a abrazarte, por detrás,
por donde no puedas verme, por donde no puedas más que oler mi tacto y tocar mi
voz. Vendré cuando estés tendido sobre el suelo como un tronco talado por el
tiempo y la tormenta. Solo entonces, cuando seas tú, iré. Puedes correr, puedes
seguir adelante y cumplir las expectativas vanas. Pero no volverás a oler mi
respiración. Porque te pedirán que corras, aún cuando tus tobillos se magullen
y regurgiten sangre, sigas y no cese tu galope. Que sumes y sigas, que no
frenes. Y querrán hundir tu rostro en ciénagas de burla y desamparo. Y lo harán.
Te encontrarás solo, en un aula oscura y vacía, bajo la bóveda gris, quemando lágrimas
en tus mejillas, lágrimas que no les importarán; lágrimas que para ellos nunca
existieron. Y que nunca existirán. Y entonces, cuando te comprendas solo en lo diáfano, vendré
yo. A gritar contigo y desconchar paredes. A guardar tus lágrimas en mi piel, y
a frenar que tus nudillos agrietados embistan la pared. Entonces vendré yo para
que te encuentres más solo que nadie, más vulnerable que todos. Para que te
entiendas solo, como eres. Solo y bello. Y ahí estaré a tu lado, para que
apuñales tus pupilas en tu vivo retrato. Como el aire, sola.
jueves, 6 de febrero de 2014
Contrahechos
Su
mirada vacía atravesaba los barrotes que encerraban las ventanas. Las nubes
grises al fondo del paisaje vestían las ramas de los árboles desnudos.
Mientras, la voz débil y plana explicaba gramática y demás cosas de poco
interés. Él observaba a una mujer que asomaba por la terraza para tender el
trapo de la cocina, el mantel de la mesa, las medias de vestir y la camisa
blanca. Unos prestaban atención a la pizarra, otros escondían entre sus libros
y mochilas el rostro caído que contaba los minutos para despedirlos. De pronto
un pequeño gorrión posó sus frágiles patas sobre las ramas del árbol que crecía
en el patio de la escuela entre planchas de cemento y hormigón. El pajarillo
volteó su pico de aquí a allá en lo que tardó el muchacho en despertar. El joven
no perdió demasiado tiempo en darse cuenta que la voz de la profesora seguía
siendo igual de lenta y plomiza, se recolocó el pelo sin mucha precisión y
volvió a atravesar los cristales de las ventanas observando esta vez el color
de los ladrillos que formaban los edificios ¿Cuántos ladrillos harían falta
para construir una casa? ¿Y un edificio? No sabía muy bien si aquella ingente
cantidad le daba vértigo o le daba completamente igual. Un camión de refrescos
giró entonces por la calle que podía divisarse desde el aula. El conductor soltó
las manos del volante y, levantando el hombro derecho, dejó intuir al muchacho
que había puesto el freno de mano. Se quitó la boina, la dejó en el asiento
del copiloto, suspirando se frotó los ojos y bajó de aquel gran vehículo. El
diminuto gorrión seguía danzando casi neurótico sobre las húmedas ramas
marrones del árbol. Su canto apenas podía diferenciarse del ruido de las
conversaciones que a escondidas se mantenían dentro del aula, o incluso de
otros pájaros que cantaban cerca de aquel árbol, apoyados en las vallas que
encerraban el patio tal vez. La maestra tropezó con el entarimado sobre el que
se encontraba su mesa y su silla. Al torpe estruendo le siguió un silencio
sepulcral. Y a este le siguió un trino rápido, veloz y agudo. El joven,
repentinamente, giró la cabeza con la misma energía que los saltitos del
gorrioncillo. De pronto divisó aquel cuerpo pardo y redondo. Observó el árbol
gastado por la lluvia y por el tiempo. Miró detenidamente sin reparar mucho en
los detalles las ramas, las ramitas oscuras y allí estaba él; sonriente,
hablando versos, recitando poesía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)