lunes, 30 de diciembre de 2013

Sin pautas


Se recostó en la butaca del salón desde la cual observaba la lluvia golpear contra la ventana. Acarició sin permiso el cuello de quien se apoyaba sobre su regazo, de la dueña de aquellos ojos llenos de amaneceres soñados en una cama frente al mar. Observó su pelo del color de las nubes de la noche, sus cabellos del negro de sus pupilas. Penetró de una mirada sus ojos cubiertos de sus párpados pesados. Levantó la cabeza que se apretaba contra su tripa y la apoyo suavemente sobre el terciopelo del asiento de la butaca marrón, y antecedido de un paso sobre el parqué que crujía bajo sus pies, abrió la ventana, como su pecho, de par en par y volvió a su posición anterior, bajo el rostro de su dueña. Las gotas arreciaron contra sus rostros y sus cuerpos. Comenzaron a convertirse en cristal las lagrimas del cielo y a desnudar sus cuerpos apoyados y abrazados entre si, el uno sobre el otro; el uno bajo el otro, sin una película de ninguna clase de tejido que evitase el contacto de sus pieles y sus olores. La lluvia les vistió del mismo vestido que lucieron al enamorarse. De pronto, ambos, se sorprendieron desnudos en un beso como un vendaval, una tormenta fuerte como el latir de sus corazones al mirarse.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Prima donna



Escúchame. Las cadenas que te atan. Tu grillete, esa mierda que te tiene ahorcado en la pared. Míralo. Mírate. Esas paredes sucias, esas placas de metal en el suelo, esa ceniza en las esquinas, el óxido que resbala en tus muñecas. Mírate. Esa chispa en los ojos. Ese color en tus puños. Los músculos tersos de tu espalda. Pasea por dentro de ti. Esa llama en tu frente. Esa hoguera entre tus manos. Mira a tu alrededor. Toca tus cadenas de piedra. Derrítelas. ¡Mira, coño, mira! Toca el cartón de las paredes, túmbalas. Muestra la fuerza que tienes, la mierda a la que ellos llamaban rabia. Grita. ¡Grita! Destruye tu grillete al cuello. Piérdete en ti sin miedo a no saber tu dirección. Corre, corre. Corre como si la muerte te persiguiese. Corre como si te ardiesen los pies. Lejos, lo más lejos que tus zancadas puedan alcanzar en un iracundo golpe. Vuela. Haz añicos el suelo, desgarra la baldosas bajo tus pies, hazlas tinta diluida. No más  montañas que te miren desde arriba, no más vallas que rasguen tus rodillas. No más jaulas que te corten las alas y te hundan la cabeza. Ni un golpe más que te saje el alma. Corre. Eres libre. El éxito solo es una opción. La única que tienes. Se gigante, ostia. Coge los edificios con los dedos, devora el sol. Grita. Vuelve polvo las cadenas que creyeron ponerte en las muñecas y que creíste ser de titanio. Mírate. Eres enorme. Corre. Tienes reservada la gloria. Te mereces saltar y gritarle a las estrellas la fuerza que tu mente alberga. Te mereces tu puta sonrisa.

martes, 3 de diciembre de 2013

December




No sé, pensé. Casi me explotó la cabeza. Pensé que tal vez fuese allí donde mejor se estaba. Donde a nadie le importase como estuviese. Allí, balanceándome sobre el columpio amarillo donde podría estar ahorcado sin cambiar un mísero renglón de lo que para las personas pasa a esta hora. Tal vez donde mejor estaba era donde más próximo a la muerte estaba, sin tocarla. Donde iría habiendo dicho que iba a hacer cualquier otra cosa menos ir a aquel antro. En ese lugar en el que me escondía cuando las personas suponían que estaba en las butacas frente a un escenario o sentado en un taburete frente a tambores y platillos. Pensé que, a lo mejor, el mejor lugar era aquel en el que uno muere viviendo. Aquel lugar en el que se pierde la identidad, donde uno es lo que nunca fue, lo que nunca dejó de ser. Donde las cadenas que amarran el columpio amarillo bien podrían abrazar mi cuello pasando desapercibido. Muchas veces me pregunto qué pasaría si un adolescente se ahorcase en un columpio de un parque  escondido en la gran capital. Ni si quiera saldría en las noticias. Tal vez un chisme nuevo para un par de vecinas. ¿Qué pasaría si alguien se matase estando muerto? ¿Qué ocurre, me pregunto, en aquel instante en el que pueblas la mente de nadie? Tal vez el mejor lugar era aquel en el que volvemos a ser lo que siempre fuimos, lo que nunca dejaremos de ser.

Polvo
Aire
Haz

Nada

domingo, 1 de diciembre de 2013

Road

Descubrí que la satisfacción difería en grandes rasgos con la felicidad. Que había estado toda la vida buscando satisfacerme, buscando el éxito, intentando ser gigante, cuando lo cierto es que cuando me preguntaban "¿Qué buscas en la vida?" y yo respondía "ser feliz", ni lo uno tenía que ver con lo otro, ni lo otro con lo uno. Descubrí que la felicidad es el regalo de aquellos que no se creen gigantes, de aquellos que se descubren a la altura del suelo, donde la felicidad reposa y mana como el rocío. Satisfacerme intentando tocar el sol no era ser feliz. Escalar al cielo y ver todo bajo mis pies, llegar al culmen, a lo más alto que en lo alto se puede llegar, no tenía por qué hacerme feliz. La felicidad... la felicidad era el regalo de aquellos que en su pequeñez, y en sus errores, se daban el permiso para errar y para encoger.