martes, 29 de enero de 2013

En mi sitio... hay lineas que no pude cambiar

Fue... fue un mal giro. Era una calle no muy compleja, de 3 carriles. El del lado izquierdo en sentido contrario, el que se halla en el medio continúa hacia un túnel y el derecho para seguir recto o girar a la derecha, en el giro hay un paso de cebra, pero claro, el semáforo, a veces, cuando para seguir recto está en rojo, deja en ámbar el del giro... Ella iba abrigada, eran comienzos de febrero, y hacía ya un tiempo que había anochecido, ya el sol yacía en reposo. Yo me despedí de ella en aquella esquina, con un par de besos, un "cuídate", y una duda a cerca de si decir lo encantadoras que habían resultado las horas que había pasado con ella, lo suave que era el tacto de sus manos con las mías, lo enorme de la música o la intensidad del ambiente tras esas hiláricas risas. Al dar la media vuelta y pensar en la tarde que quedaba por compartir con mi cuaderno en la noche, en la huelga de la luz y la manifestación de las estrella, alcé los auriculares que abrazaban mi cuello y rodee de ellos mis orejas. La música ya estaba sonando antes, ya había apretado el botón de reproducción. Poco a poco, al igual que el pedal de acelerador, iba perpetrando en mis oídos el bombo de la canción. Los acordes se clavaban en mis tímpanos. Lo sabía, antes de que ocurriese, antes de que pudiese visualizarlo, lo había visto... Tras esa canción de bombos, cajas, punteos y acordes. Tras esa canción de.. de ella y yo. Tras esa canción sonó un frenazo seco. Sonó el golpe. Escuche el ardor de las brasas en un bosque, y el crujir de los hielos en un vaso al ser rociados de whiskys  Se rompió el suelo de cristal de mi ciudad, y se volvieron mis suelas de púas de metal, con pinchos de faquir. Se volvió su rostro de hermosura, se volvió su cascada de belleza en frambuesas mascadas cayendo por su cuello. Triturados los trozos de frambuesas cayendo por mis brazos. El ambiente ensordeció... decidí callar el mundo. No había voz ni urgencia que valiese, no por ti. No hubo un grito, una sirena, no hubo un lamento que apartase de mis bloqueados parpados tu sonrisa. No hubo tan siquiera un sonido que apartase de mis orejas tu voz. No hubo frío que volase de mi tu calor. Fue... Ay, Dios sabe como fue... fue tenerte bañada en líquidos pétalos de rosa en mis brazos, tener tu mejilla en mis pómulos y tener mis lagrimas en tu cuello. El contraste de emociones es algo que hace estallar mente y corazón. Sophie... Es algo que jámas habría querido explicarte, es algo que habría tachado de carga, castigo, venganza, de... habría tachado de tortura. Pero... imagino, Sophie, que si no fuese por el hecho de que seas para mi algo tan.. tan interesante, algo que tanto ansío enraizar a mi vida, imagino que si no fuese por eso, no habría sido tan doloroso. Creo que no elegimos sufrir. Y que lo que no me importa, no me proporciona ni sonrisa ni heridas, cicatrices. Me resultó tan hermoso recordar de ti, por último recuerdo, tu sonrisa y tu mirada que no quería cesar de coincidir con la mía .. Me resultó tan precioso como de tortuoso y desgarrador la idea de... saber que no volverías a abrir los ojos para mirarme, sonreír y huir entre histriónicas sonrisas nerviosas. Lo cierto es, querida Sophie ... Lo cierto... es... Sophie...    Te anhelo

jueves, 24 de enero de 2013

Dentelladas de tu rosa

El sol quería esconderse tras las borrascosas montañas. El anochecer estaba apunto de terminar, y la noche de comenzar. Los tonos de azules y negros se vislumbraban en el cielo. Los luceros que colgaban de la aurora manchaban de amarillas punzadas la marina noche.  La luna hacia un curioso "claro" en la penumbra de la noche. Aunque la noche ya empezase a penetrar en nuestros horarios, la luz que reflejaba el asteroide blanco pincelaba el césped del campo de blanco y gris. Allí permanecíamos sentados sobre dos arenosas piedras, ella a la derecha y yo a la izquierda. Giré mi rostro y balbuceé:
-Y bien... ¿Qué te parece?
-¿Dave, que quieres que me parezca? - Lo cierto es que su tono de voz tan solemne y profundo me hizo  pensar que había de prepararme para una circunstancia. Lo cierto, es que me equivocaba.- Dave... - Parecía que de un momento a otro iba a echarse a llorar. No a echarse, si no, que involuntariamente una de sus delicadas lagrimas remaría por sus mejillas, no de dolor... no de sufrimiento... de emoción, de alegría.- ¿Que quieres que te diga, Dave? La luna brilla para mi, de la misma que forma para ti... las hierbas se tiñen de blanco del mismo modo que para tus ojos, para los míos - me decía mientras estiraba su delgada y bella mano señalando los paramos de la montaña - Dave... es precioso. - Y no me equivocaba. Efectivamente, sus ojos comenzaron a pestañear a una velocidad vertiginosa. Y a dejar escapar unas gotas. Se me quedó mirando atónita. Sus ojos transmitían pureza en sus sentimientos. Nada más que verdades. Nada más que lo que ella quería decir, ella.... o su corazón. Yo la miré penetrantemente.

Y ella me saboreó. Inhaló el olor de mis mejillas. La noche dejó embelesarse en pétalos de rosa, comenzó a desteñir aquel blanco de reflejo lunar que hace unos minutos eran blanquecinos y grisáceos  Desteñían para hacerse púrpuras, rosas, magentas y escarlatas. El césped se volvía.... No sabía sinceramente. Jamás hubo tanta pasión, tanta fuerza en un cerrar de ojos. Algunos médicos aseguran que cerramos los ojos cuando besamos, porque intuitivamente volvemos a ese estado prenatal. Mis ojos estaban demasiado centrados en sentir el gusto de su pasión y el tacto de sus labios. La noche... la oscura noche dejó de ser oscura. Dejó de ser noche para convertirse en velada. La noche dejó de ser noche, para ser ella y yo. Yo y ella. Para ser pétalos de rosa ardientes, para ser hoguera aromada de vientos y de estelas. Para ser caricias y sonrisas, y miradas y salvajadas. Nos mirábamos de vez en cuando, pero... aquellos labios, aquella sonrisa era superior a mis fuerzas. La noche se había envalentonado a unirse a aquel juvenil jolgorio de individuos en medio de una placida oscura aurora. La noche había olvidado que significaba ser noche. La noche... volvió a ser hoguera en nuestras miradas...

            (Suena Thats enouugh for me, y el lector/espectador cierra los ojos)

domingo, 20 de enero de 2013

Un haz en tu ciudad

Así que empuñó su estilográfica y comenzó a escribir, con los pelos despeinados y la cara todavía somnolienta. Arrancó una hoja del cuaderno y la puso enfrente de sí, la giró unos escasos ángulos a la derecha, después a la izquierda y comenzó a caminar por paseos de tinta. Franz se preguntaba el por qué de aquello. ¿Que la había conducido a soñar aquello? Era curioso que justamente la noche anterior, en casa de Mel, habían estado hablando de sueños, R.EM., deja vu´s , sueños que se repite, pesadillas... Franz comenzó a escribir... El mundo se le apagaba al rededor, claro que aún no había asomado el sol por las azoteas, pero todo se le hacia mas oscuro, y bajo la luz de su flexo todo tomaba vida y ansias de ser.

Hubo una vez, no muy lejos de aquí un pequeño ruiseñor que se acercaba cada final de madrugada a visitar a los claveles que de algunos metropolitanos balcones colgaban. Cuando iba a acariciarlos y a juguetear con los claveles, solía asomar una rubia mujer, cuya biografía el ruiseñor desconocía, que sonreía al tomar al pequeño ruiseñor entre sus brazos. La mujer solía aparecerse en bata un par de minutos antes de que los primeros rasguños del amanecer pudiesen percibirse, y como era costumbre, cogía al ruiseñor entre sus delgadas manos y juntos observaban el firmamento que poco a poco iba tiñéndose de el amarillo de los pistilos. La mujer iba acrecentando su sonrisa con el paso del amanecer, al igual que el ruiseñor el batir de sus alas. Era un cuadro digno de representación y fotografía. El ruiseñor asistía mañana si, y mañana también, a ese mágico encuentro. Pero hubo el día en que el ruiseñor se demoró un poco, pues no siempre es fácil para los animales hallar la hora exacta a la que ejecutar sus acciones, y al revolotear hacia el claveleado balcón, sintió una punzada en el corazón. Observó aquel maravilloso cuadro en el cual una preciosa mujer rubia sostenía un ruiseñor entre sus manos escondidos estos entre claveles. El sol comenzaba a brillar tímido tras las cosmopolitas estructuras de los edificios. Lo cierto, pensó el ruiseñor, es que era un cuadro digno de ser pintado, o escrito, o fotografiado, o representado de la forma que fuere. Lo cierto es que era bellisimo, no obstante, el ruiseñor lloró. Pues a quien, entre sus manos, sostenía la rubia mujer no era a él, si no a otro ruiseñor. La mujer sonreía, de la misma forma que lo había hecho amaneceres anteriores. El ruiseñor revoloteo hacía su nido, esta vez, con un rasguño entre sus alas.

Franz firmó al pie del folio en el que había plasmado su sueño y, retirando la silla, se levantó. Apagó la luz del flexo y recorrió la ínfima distancia hasta la ventana del fondo de su habitación. Se le encrespó el rubio vello de su piel al sentir el frío en su pecho al abrir la ventana. Sacó una cerilla del cajón que se hallaba bajo el alfeizar y la prendió. Cubriéndola con la mano, comenzó a convertir en cenizas una de las esquinas del folio, pero el viento que soplaba logró hacer de aquello poco más que un intento fallido. Franz tiro la cerilla y arrugó el papel transformándolo en una bolita, que volvió a chamuscar. Una bola de fuego ardía en su ventana. La incineración de un tenebroso sueño jamás había creado un cuadro tan bello. Una radiante esfera ardía en el letargo cosmopolita. Franz, una vez acabada la quema, soplo las cenizas, y creó una gris corriente en el aire de su vecindario. Cerró la ventana, escaló a la litera, se acurrucó entre las sabanas e intento otra vez, soñar. Quizás con halcones, o buitres. Águilas o cóndores.

domingo, 13 de enero de 2013

Como una gota de Rocío

Debían rondar las horas en derredor de las 6 o de las 7 de la mañana, apenas se comenzaba a vislumbrar algún haz violeta o morado tras las colinas. Mark observaba estupefacto el paisaje mientras deshilachaba de reflexiones su cabeza. El paisaje, lo cierto, es que era digno de admirar. Aún era temprano en la mañana, o tarde en la noche, pero Mark había pasado la noche en vela, por lo que no le costaba esperar un par de horas más por ver el amanecer que en tantas otras ocasiones le había maravillado, además, se hallaba demasiado ocupado con sus pensamientos. Cada vez más, comenzaban a asomarse tímidos rayitos de luz tras las voluptuosas colinas. Rayos naranjas, o del dorado de la miel, algunos se vestían de violeta y otros se centraban en brillar amarillos. Las colinas lucían sus habituales hierbas verdes, algunas con sus amarillentas flores y otras simplemente se peinaban de rubios rastros del sol. Mark observaba las escasas estrellas que restaban en el cielo y que en cuestión de minutos dejarían paso al aura del día.  Dentro de su cabeza maquinaba, o aquello pretendía, el porque de ciertas cosas. Pensaba en los cambios que da la vida, como una conversación, una persona, quizás solo una situación, te hacía plantear nuevas cosas que hasta el día no lo habías hecho, o quizás le habías restado importancia. O las personas, monigotes de madera, amasijos de carne y tendones, esas personas que quizás para la historia no son nada, quizás para la humanidad no serían un icono, pero que para otras personas son un ejemplo a seguir, o simplemente alguien con quien hablar, aliviar las penas y ensanchar las sonrisas. Mark sonreía y agradecía la existencia de ciertas personas. No sabía muy bien por qué habían aparecido en su vida, sabía perfectamente como, pero ¿por qué? Eso era una duda que se le asemejaba imposible. Mark alzó la cabeza y agradeció primero al cielo la existencia de esas personas, después dio gracias a Dios, un Dios cuya existencia no tenía del todo por cierta, pero pensó que si de veras existía, merecía la pena agradecer. Quizás al destino, se planteó, y de igual manera se lo agradeció. Al bajar la cabeza vio como las colinas comenzaban a cubrirse misteriosamente de un manto de espejo que reflejaba los, cada vez más, dorados rayos de luz solar. ¡Como gotas de Rocío! pensó Mark. Se maravillaba de pensar como las personas aparecían en las vidas ajenas como las gotas de Rocío en el campo y las colinas, sin motivo aparente, simplemente brotaban para hacer de aquel maravilloso paisaje un cuadro de relajada alegría. Las personas aparecían, unas se quedaban, otras se iban, unas deseándolo y otras porque tocaba. Las personas aparecían para hacer de la vida un cuadro de sonrisas y golpes, de lágrimas y furia, de esperanzas y emociones. Como gotas de Rocío que brotan del amanecer. Frágiles y preciosas. Mark se levantó y cerró los párpados. Inhaló el aire fresco de la mañana y expulsó por la boca el denso bao. Se agachó sin abrir los ojos y al apoyar una rodilla sobre el césped  situó las dos palmas de sus manos a los costados, las cuales fueron humedeciéndose a causa del Rocío. Por último Mark sonrió y agradeció al Rocío.

jueves, 10 de enero de 2013

Adiós tiempo eterno

Ella se marchaba bajo el verdaceo techo que crecía de los pinos. La lluvia caía en forma de rocío bajo la bóveda de aquella arboleda y sus cabellos iban oscureciéndose, el rojo iba volviéndose negro, y la alegría y el nerviosismo se teñía de melancolía y frustración. Él observaba las huellas que aquellos pequeñitos pies iban marcando en el sendero. Él se hallaba de pie en medio de aquel caminito cubierto de punzantes pinos y arreciante lluvia. Estaba de pie, pero sus rodillas temblaba. Era como si hubiese caído derrotado sobre el arenoso camino y se le hubiesen magullado. Ella caminaba, y se alejaba, iba perdiendo nitidez y figura a lo largo del recorrido. Quizás correr detrás de ella, y tal vez tropezar. Sacar un ultimo resquicio de grandeza, una ultima punzada de orgullo y coraje. O simplemente quedarse donde uno se hallaba, con la derrota agarrando del cuello y la melancolía en la espalda. Los grilletes del olvido presionaban sus tobillos. Una fuerza tiraba al suelo, pero el se erguía de pie. Por orgullo, por convencimiento. Por no dejarse vencer. Por ser realista y luchar contra lo imposible. Porque... quién sabe si ella volvería a oír su respiración. Los días van y vienen... Quién sabe si volvería a soñar esos labios finos y esa nariz respingada. Quien sabía, de veras, si volvería a observar esas iris marrones. ¿Quién?¿Alguien podía volver a jurarle la vida? Y pensar... pensar que es lo que sería de toda esa tinta derrochada en su deseo, todas esas palabras formuladas y conjugadas a la merced de su sonrisa. Que sería de todos los momentos de ilusión. Esa metamorfosis del nerviosismo a la frustración, ese maquiavelico proceso. Esa máscara que tanto ama la vida ponerse, esas ganas de dejar de ser simple y efímera para creerse compleja. ¿Por qué motivos? ¿Por qué? ¿Y porqué ahí? Debajo de los altos pinos de aquel bosquecillo que de marrón y verde se teñía. Bajo aquel techo de ramas y filosas hojas que apenas dejaban pasar los haces del sol, aquel techo entrelazado que llenaba el sendero de un misterioso aire grisáceo que parecía estar al acecho siempre. Imagino que la vida saca una sonrisa en la tajo más profundo y un tajo en la sonrisa más honda.

lunes, 7 de enero de 2013

Jungle giants

" "La vida es esto"... Aquello era la vida. Una media mañana en una cafetería de azulejos verdes de los cuales colgaban cuadros con esquemas sobre las diferentes empanadas y la vestimenta de un gaucho. Aquello, una mañana hablando del futuro, de la vida, de los objetivos por realizar. La vida eran aquellos ojos que miraba, aquella curiosidad por un mundo aún por descubrir. Poder hablar y confiar, el café con leche a 2,40 de una cafetería en una remota acera de algún barrio de Madrid. Porque, sí, nuestros sueños, nuestras metas, nuestros ideales, son vida. Pero la vida es más simple de lo que no imaginamos, la vida consistía en aquello, en observar por el cristal viendo la gente que paseaba abrigada, mientras escuchaba las palabras de una voz familiar. Un consejo, una sonrisa, una risa... Y que no llegar a ser una influencia política, no llegar a ser un actor, no llegar a escribir un libro, no llegar a ser no importaba. Ya soy, ya somos.¿Cuándo? Aquí ¿Dónde? Ahora, porque no hay más. No tenemos más. Nos tenemos.

        La vida era esa camiseta a rayas, ese arito en la nariz, esa sonrisa en mi cara, ese café caliente, esa conversación de largos y sabrosos minutos, aquel bolsillo del jersey que ocultaba una manos impacientes. Una mañana de charla y... y charla. Una mañana de confianza, sonrisas. La vida son esas cosas chiquititas. Una canción, un par de versos, una guitarra aguda y un bombo perpetrante. Un grupo de gente reunida en un salón, una comida. Lo que teníamos no era más que aquellas mesas de café, aquel frío en las calles y una conversación. "La vida es esto". La vida podía ser una cosa compleja, podía ser las suma de todos y cada uno de aquellos pequeños detalles, la suma de pequeñas estructuras que iban creando algo grande e incomplejo, algo casi fuera de la comprensión lógica de una persona. La vida podía ser eso, si queríamos. La vida podía llegar a no comprenderse, la vida podía ser un sinsentido, podía ser... eso, un cumulo de pequeñas complejas cosas si queríamos. Pero la vida puede ser "aquello" pequeños detalles, chiquitas conversaciones y tonterías por las que sonreír. Diminutos gigantes en una jungla estallando en alegorías de la vida. Pequeñas estupideces por las que sonreír."

Dave se sonreía a si mismo mientras improvisaba ese monólogo en su cabeza, tirado en la cama con los cascos puestos escuchando la melodía de alguna alentadora canción. No one really needs to... no one really needs to... no one really needs to know. Aquello era la vida. Unas zapatillas rotas agitándose bajo una mesa de un café, una conversación sobre el futuro atrapando el presente. Esto es la vida, ni el pasado ni el futuro. Esto. Esto es la vida. Un texto, una sonrisa profunda e interna. Una canción en mis odios. Una conversación a distancia. Esto, ni complejidades ni idioteces, tú, yo, una canción, un tecleteo en mis dedos y un texto para tus ojos. Esto es la vida.


jueves, 3 de enero de 2013

Las 4 cuerdas de tu noche

Aplausos, aplausos y más aplausos. Carroña. No me conmociona, no me sienta bien que alguien me diga: "Es fantástica."; "Tienes unas ideas muy particulares y atrevidas" y tener que contestarles con un "Vaya, gracias ¿De veras lo piensas?" mientras luzco una sonrisa. No, eso es cartón mojado. Y no es que no sea una persona simpática, ni que sea un amargado o haya perdido la luz de mi vida. Al revés, es que la vida hay que vivirla con pasión. Y para nada me refiero a que lo bonito no pueda conllevar pasión, si no más bien, que la pasión conduce siempre belleza. Cuando de verdad me siento orgulloso, me siento... me siento idílico, es cuando alguien me clava los ojos como observando una sorpresa recién desvelada, como cuando acaba de ser entregado un regalo que ansiaba: "Fred... ese texto, ese texto es mi vida" o cuando le pregunto a alguien que qué le dice mi texto, y me contesta medio enojado y medio maravillado, como con una sonrisa que no acaba de combinar con un ceño tan fuertemente fruncido: "No se decirte bien. Quiero decir - apresuradamente- no sabría ponerle palabras, pero se perfectamente lo que quieres decir, Fred, en serio"

Es en esas caras que se pierden entre el público. Las bocas entreabiertas que poco a poco van perdiendo el brillo que la saliva les propina, que van agrietándose y poniéndose marchitas. Los dientes que pisan labios inferiores, incisivos que sajan los labios, esos labios que juegan a escaparse por los lados de los colmillos que los ancla. Esas bocas que juegan insinuando nerviosismo, a acariciar verso y anverso de sus labios con los dientes. Las manos que lenta y suavemente azotan la cara, la barbilla, la boca y que son picadas por los picaros dientes. Los ojos que se clavan en el rostro, en el gesto, en la acción de los actores, los parpados que se ciñen y enfocan. Las pestañas que forcejean entre ellas y pretenden obstaculizar la vista. Las escasas lágrimas que he visto. Los oídos que se esfuerzan en silenciar el ambiente y se empeñan en hacer resonar los diálogos. Eso... Es ahí donde me siento orgulloso, es ahí cuando comprendo la magia de las palabras. No necesito grandilocuencias, ni majestades que me mencionen. Simplemente un rostro, el que sea, que me diga: "te entiendo". No escribo para complacer a las revistas, para ocupar a críticos y puristas. Escribo porque tengo un motor que me pide coger un papel. Escribo por dejar acta de lo que pasa en mi mente. Por dejar un mapa del recorrido de mis huellas. Porque sé que no soy el único que ha dominado el mundo sin ser rey, ni el único que sintió una despedida en una estación de tren. No es que escribir sin pasión me resulte difícil, es que no lo quiero. Y si no, pregúntenme ustedes, más bien cuestiónenselo a ustedes mismos, por qué motivos pudo uno empezar a escribir sin haber nadie dispuesto a escucharlo. Quizás nunca tuve pensado llevar al escenario mis textos, quizás ni pensé en escribir, quizás ni la ciencia lo permitiese, pero quizás haya dos cosas que no entienden de planificaciones ni de ciencia. Quizás sean la vida y la pasión. Ay... fogata y pasión: mi vida. Razón de vivir la vida....

martes, 1 de enero de 2013

Destello de un reflejo de pupila

-Perdone,¿puedo pasar a su escritorio?
Su cara no se movió apenas unos centímetros. Allí estaba él con sus gafas de lectura doradas a la altura de la punta de su nariz. Me observó de pies a cabeza y de cabeza a los pies, y a continuación me dijo que "Si, por supuesto". Tenía todavía el teléfono inalámbrico en su mano, ya habiendo colgado la conexión. No sabía por que motivo, pero ya sabía donde se hallaba su despacho."Al fondo a la derecha" y avancé a lo largo de su pasillo hasta llegar a la habitación. Allí estaba su escritorio, pegado a las tres ventanas enormes que daban vista a mi edificio. Allí estaban el incalculable numero de papeles y de bolígrafos encima de su despacho, el flexo blanco de alambres cobrizos.
 
      Me encontraba en cueros asomado a la ventana de mi cuarto. Un... ¿24?¿25? de diciembre, eso si. Desde allí podía ver un paisaje bastante urbano de la capital. Más allá de lo que pudiese ver, me limité a observar la zona que rodeaba el edificio: los ancianos sentados en la terraza con sus alegres charlas y sus vasos posados en las mesas; el barbudo mecánico que salía de la trastienda de la gasolinera; los niños pateando la pelota plateada en el callejón que daba al parque; y lo que más me llamó la atención: la mirada perdida de un vecino de enfrente. Debía ser el 6, o 7, piso del edificio blanco de enfrente. Un hombre de mediana estatura de pelo canoso y expresión de saber que estaba y había estado aprovechando su vida. Estaba manteniendo una conversación por teléfono mientras ordenaba patosamente los caóticos papeles y archivos de su despacho. Mientras, miraba el firmamento desde aquel gran panel de cristal que formaban las 3 ventanas. Y yo me preguntaba ¿Que se verá desde aquella ventana? Jamás había visto a ese hombre, no  sabía ni su nombre, ni su edad, ni su situación laboral, ni su relación familiar. Simplemente me atrapó su forma de divagar por el horizonte que formaba mi edificio y lo que detrás de este había. Pensaba que mi horizonte eran la gasolinera, el bar, el parque el callejón, y el fondo de la capital. Pero pensar que yo en cueros asomado a mi ventana de mi cuarto; yo; mi ventana; mi edificio, eran formadores de un horizonte que yo desconocía producía en mi una sensación de curiosidad. Una sensación de ganas de ver desde otro angulo el punto desde el que yo veía. Verme viendo. Recíproco, reflexivo e impersonal. Verme viendo....

Verme viendo. Clavar mis pupilas en mis pupilas clavadas en otras.