domingo, 20 de enero de 2013

Un haz en tu ciudad

Así que empuñó su estilográfica y comenzó a escribir, con los pelos despeinados y la cara todavía somnolienta. Arrancó una hoja del cuaderno y la puso enfrente de sí, la giró unos escasos ángulos a la derecha, después a la izquierda y comenzó a caminar por paseos de tinta. Franz se preguntaba el por qué de aquello. ¿Que la había conducido a soñar aquello? Era curioso que justamente la noche anterior, en casa de Mel, habían estado hablando de sueños, R.EM., deja vu´s , sueños que se repite, pesadillas... Franz comenzó a escribir... El mundo se le apagaba al rededor, claro que aún no había asomado el sol por las azoteas, pero todo se le hacia mas oscuro, y bajo la luz de su flexo todo tomaba vida y ansias de ser.

Hubo una vez, no muy lejos de aquí un pequeño ruiseñor que se acercaba cada final de madrugada a visitar a los claveles que de algunos metropolitanos balcones colgaban. Cuando iba a acariciarlos y a juguetear con los claveles, solía asomar una rubia mujer, cuya biografía el ruiseñor desconocía, que sonreía al tomar al pequeño ruiseñor entre sus brazos. La mujer solía aparecerse en bata un par de minutos antes de que los primeros rasguños del amanecer pudiesen percibirse, y como era costumbre, cogía al ruiseñor entre sus delgadas manos y juntos observaban el firmamento que poco a poco iba tiñéndose de el amarillo de los pistilos. La mujer iba acrecentando su sonrisa con el paso del amanecer, al igual que el ruiseñor el batir de sus alas. Era un cuadro digno de representación y fotografía. El ruiseñor asistía mañana si, y mañana también, a ese mágico encuentro. Pero hubo el día en que el ruiseñor se demoró un poco, pues no siempre es fácil para los animales hallar la hora exacta a la que ejecutar sus acciones, y al revolotear hacia el claveleado balcón, sintió una punzada en el corazón. Observó aquel maravilloso cuadro en el cual una preciosa mujer rubia sostenía un ruiseñor entre sus manos escondidos estos entre claveles. El sol comenzaba a brillar tímido tras las cosmopolitas estructuras de los edificios. Lo cierto, pensó el ruiseñor, es que era un cuadro digno de ser pintado, o escrito, o fotografiado, o representado de la forma que fuere. Lo cierto es que era bellisimo, no obstante, el ruiseñor lloró. Pues a quien, entre sus manos, sostenía la rubia mujer no era a él, si no a otro ruiseñor. La mujer sonreía, de la misma forma que lo había hecho amaneceres anteriores. El ruiseñor revoloteo hacía su nido, esta vez, con un rasguño entre sus alas.

Franz firmó al pie del folio en el que había plasmado su sueño y, retirando la silla, se levantó. Apagó la luz del flexo y recorrió la ínfima distancia hasta la ventana del fondo de su habitación. Se le encrespó el rubio vello de su piel al sentir el frío en su pecho al abrir la ventana. Sacó una cerilla del cajón que se hallaba bajo el alfeizar y la prendió. Cubriéndola con la mano, comenzó a convertir en cenizas una de las esquinas del folio, pero el viento que soplaba logró hacer de aquello poco más que un intento fallido. Franz tiro la cerilla y arrugó el papel transformándolo en una bolita, que volvió a chamuscar. Una bola de fuego ardía en su ventana. La incineración de un tenebroso sueño jamás había creado un cuadro tan bello. Una radiante esfera ardía en el letargo cosmopolita. Franz, una vez acabada la quema, soplo las cenizas, y creó una gris corriente en el aire de su vecindario. Cerró la ventana, escaló a la litera, se acurrucó entre las sabanas e intento otra vez, soñar. Quizás con halcones, o buitres. Águilas o cóndores.

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