jueves, 3 de enero de 2013

Las 4 cuerdas de tu noche

Aplausos, aplausos y más aplausos. Carroña. No me conmociona, no me sienta bien que alguien me diga: "Es fantástica."; "Tienes unas ideas muy particulares y atrevidas" y tener que contestarles con un "Vaya, gracias ¿De veras lo piensas?" mientras luzco una sonrisa. No, eso es cartón mojado. Y no es que no sea una persona simpática, ni que sea un amargado o haya perdido la luz de mi vida. Al revés, es que la vida hay que vivirla con pasión. Y para nada me refiero a que lo bonito no pueda conllevar pasión, si no más bien, que la pasión conduce siempre belleza. Cuando de verdad me siento orgulloso, me siento... me siento idílico, es cuando alguien me clava los ojos como observando una sorpresa recién desvelada, como cuando acaba de ser entregado un regalo que ansiaba: "Fred... ese texto, ese texto es mi vida" o cuando le pregunto a alguien que qué le dice mi texto, y me contesta medio enojado y medio maravillado, como con una sonrisa que no acaba de combinar con un ceño tan fuertemente fruncido: "No se decirte bien. Quiero decir - apresuradamente- no sabría ponerle palabras, pero se perfectamente lo que quieres decir, Fred, en serio"

Es en esas caras que se pierden entre el público. Las bocas entreabiertas que poco a poco van perdiendo el brillo que la saliva les propina, que van agrietándose y poniéndose marchitas. Los dientes que pisan labios inferiores, incisivos que sajan los labios, esos labios que juegan a escaparse por los lados de los colmillos que los ancla. Esas bocas que juegan insinuando nerviosismo, a acariciar verso y anverso de sus labios con los dientes. Las manos que lenta y suavemente azotan la cara, la barbilla, la boca y que son picadas por los picaros dientes. Los ojos que se clavan en el rostro, en el gesto, en la acción de los actores, los parpados que se ciñen y enfocan. Las pestañas que forcejean entre ellas y pretenden obstaculizar la vista. Las escasas lágrimas que he visto. Los oídos que se esfuerzan en silenciar el ambiente y se empeñan en hacer resonar los diálogos. Eso... Es ahí donde me siento orgulloso, es ahí cuando comprendo la magia de las palabras. No necesito grandilocuencias, ni majestades que me mencionen. Simplemente un rostro, el que sea, que me diga: "te entiendo". No escribo para complacer a las revistas, para ocupar a críticos y puristas. Escribo porque tengo un motor que me pide coger un papel. Escribo por dejar acta de lo que pasa en mi mente. Por dejar un mapa del recorrido de mis huellas. Porque sé que no soy el único que ha dominado el mundo sin ser rey, ni el único que sintió una despedida en una estación de tren. No es que escribir sin pasión me resulte difícil, es que no lo quiero. Y si no, pregúntenme ustedes, más bien cuestiónenselo a ustedes mismos, por qué motivos pudo uno empezar a escribir sin haber nadie dispuesto a escucharlo. Quizás nunca tuve pensado llevar al escenario mis textos, quizás ni pensé en escribir, quizás ni la ciencia lo permitiese, pero quizás haya dos cosas que no entienden de planificaciones ni de ciencia. Quizás sean la vida y la pasión. Ay... fogata y pasión: mi vida. Razón de vivir la vida....

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