lunes, 13 de enero de 2014

En estos días



Escribí un diario de la ausencia. Plasmé sobre el papel cada idea, cada sensación, cada estímulo que recibí. Maté el tedio y la desidia a base de tinta y de letras. Subí lo más atrás de cualquier autobús sin un lugar al que llegar con un cuaderno en lo más hondo de la mochila que a mis espaldas cargaba. Morían las flores. Interrumpí mi sueño, tuve encuentros con frases, con apenas cuatro o seis palabras, que me obligaron a saltar de mi litera en el más palpitante corazón de la noche para escribir un diario de la ausencia. Conté los días, pasaron las horas, una detrás de otra, y seguirán pasando, y no serán más que números que determinen cuantos números resten o ya hayan sido consumidos. Decidí retratar con sílabas y oraciones el rostro bello de lo ausente. Me asomé desnudo y diáfano a un balcón a contemplar la noche que cubre la cabeza de todas las criaturas que reposan en letargo mientras yo, ausente, tan esclavo como verdugo y torturado de la ausencia, apuñalo el papel haciendo brotar de sus heridas y sus cicatrices la sangrienta tinta que adornan las hojas de su alma. Escribí un diario de la ausencia en el que hubo días tan abrazados por la vida y otros en los que la nada, nada fue. Escribí algo que me hizo comprender que lo indescriptible en ocasiones no puede describirse, no por su deslumbrante belleza, sino por su terrible ausencia, porque de lo que no hay, no puede describirse. Pero yo soy así, más tonto y más ingenuo que nadie. Casi tanto, que escribí un diario de la ausencia.

martes, 7 de enero de 2014

Después de todo

Durante mucho tiempo los científicos más prestigiosos de las ciudades de la ciencia buscaron lo que ellos denominaban la anti-materia. Yo, en mi pequeña honestidad de reconocerme ignorante y no muy especializado en la ciencia, escucharía atento las conversaciones que en el salón de mi casa de disputarían entre mi padre y otros reconocidos doctores investigadores. Escucharía que aquel elemento no identificado del que tanto se preocupaba la comunidad científica sería capaz de producir suficiente energía como para mantener todas las luces del país prendidas en apenas cuestión de minutos, y eso que no todas las personas de este país tenían un techo del que colgar una lamparita. Durante muchas cenas y comidas y orejas puestas en conversaciones en el autobús para ir a la universidad oiría grandes elogios de este, digamos, ser. No solo suponía un gran ahorro energético, sino que además el descubrimiento de la anti-materia significaría un cambio desmesurado en el mundo. Sería algo así como el fuego prehistórico de nuestra era. A través de la boca de grandes físicos llegaría a mis tímpanos que este valioso hallazgo simplificaría y demostraría inmensidad de teorías físicas cuánticas que darían pie a una comprensión impoluta e indiscutible del universo. A mí me parecía, cuanto menos, graciosa la idea de querer encontrar algo que no era, es decir, la anti-materia, tal como mi lenguaje me explicaba. Por lo menos literalmente no tenía mucho sentido dentro de mi cabeza querer encontrar, ver, percibir, llámenlo de la forma que quieran, algo que repele cualquier cosa, como concepción literal de la palabra anti-materia. De todos modos, en mi cabeza, yo seguiría maquinando. Y tras mucho tiempo pensando, frenaría y pensaría: ¿Qué... es la anti-materia? ¿Qué se supone que estamos buscando? ¿Algo cuyas consecuencias de hallazgo son inimaginables? ¿Quizás un ser cuyas cualidades no perteneciesen al mundo lógico-racional? Tal vez, pensaría, algo que nadie pueda explicarse jamás. Algo que al entrar en contacto con la materia reaccione de forma tal que sea imprevisible y sorprendente en cada paso y cada acción y reacción. Algo que nunca sea como los seres humanos pensaríamos que es. Algo que destruya esquemas. Algo que agarre los esquemas, las normas dadas, las pauta y las aplaste y las arrolle, que haga de ello... algo. Algo que nadie jamás se imaginaría que podría hacer. Algo sorprendente a cada diminuto detalle irrelevantemente importante. Y entonces, tras mi pequeña tormenta de concepciones, definiciones e ideas, miraría hacia mi estante. Vería allí las caracolas cogidas en la costa de las islas con un mensajito dentro, vería mi goma de borrar con una ballena dibujada, una vela medio derretida, un barquito de papel, un papel escrito... Y entonces me reiría bien fuerte para mi mismo y pensaría la cantidad de tiempo que han estado perdiendo los científicos.

viernes, 3 de enero de 2014

Tye-melane

Puedo mostrar en esta penumbra mi pecho descubierto sin camisa y de un tajo florecer con la pluma y con la tinta los cielos de mi cama. Puedo arrastrarme con los lobos en esta noche y, meciendo sus pelajes, acariciar la guitarra y el arpa brindándole un canto a la luna. Puedo subirme al muro junto al mar y gritarle a la vida que las olas no me asustan, que soy fiero y aquí me hallo en el borde de la tierra, sin miedo, sin vértigo, con el pecho lleno de aire y la chaqueta bien abrochada. Puedo correr bajo la lluvia con la camiseta blanca empapada susurrándole las mil maneras de invocar tu nombre a las flores maquilladas con sus pétalos perfumados del rocío matinal. En esta noche puedo colgar desnudo de un balcón y morir gimiéndole a la noche que su oscuridad no me desola, que soy fuerte como el hierro, como el pacto entre hermanos, una mirada perdida entre sabanas que no saben volar, un mordisco que despunta el alma, una coraza que desmiente tantas balas. Puedo ahorcarme de las nubes negras de la ciudad y rasgarle con mi voz a la noche que su frío no me punza, que los huesos no me quiebran ni me hielan el coraje. Que aunque me mate, no me quita la vida. Que las flores que planté brotan más fuertes, más brillantes, es más revolucionario su color a pesar del velo oscuro que ella tiende bajo el guiñar de las estrellas. Puedo plantar los versos más perfectos y acompañarlos de caricias que sobre un edredón sean sueños y promesas. Puedo en esta noche bailar un tango a merced de las sonrisas. Pero no lo haré.