martes, 28 de mayo de 2013
Alergia
Como un folio en un escritorio, blanco como alma en pena. Mimetizado con las nubes y con el limbo camuflado es su abrigo y su linaje, como un copo de nieve que en el viento frío baila y merodea. Suave es Nietzsche como el aceite corporal, o como el tacto de un amante. Suave como la arena fina volando entre los dedos en la mar, como la seda y como el agua. Merodea Nietzsche por los rincones de mi cuarto y cuando menos me lo espero bajo mi escritorio o sobre la cama rescata del vacío una mirada, ni de pena ni de calma, ni de angustia ni de rabia, una mirada vacía que me rasga las pupilas en busca de un mimo de una mano que acaricie su nuca, en busca de una caricia cotidiana previa a un ronroneo. Merodeador en mi pasillo es Nieztsche que la vista me alegra, como un fantasma, un ánima, hace acto de presencia en mi hogar con su estancia y con su mirada ausente, con sus pasos lentos, detenidos y atentos. Nietzsche es diminuto, son dos meses de vida que a penas cinco kilos llega a pesar, como una piedra en el acantilado de la costa se siente Nietzsche en la casa y es tranquilo y apacible en su ínfima diminutez. Siempre dispuesto a un juego, al tacto y la cosquilla, siempre calmo y preparado para estallar, si se le concede el gusto. Me lo encuentro entre mis libros jugueteando, observando páginas de crítica y argumentación, con cara de inocencia mi enfado suprimiendo y volviendo en calma y ternura el cansancio de una jornada agotadora. En toda ocasión Nietzsche reserva en su bello un espacio despeinado aclamando unos dedos que lo acaricien al peinar, y se distraiga alguien de su rutina para tan bello ser y tan perfecta criatura con detenimiento observar. Nietzsche es un sueño en mi suelo, es un gato singular. Existen hombres despiadados de índole animal, y existen animales que, en su puesto, son presas del amar. Depredador del tacto es Nietzsche en mi regazo apoyado, contrapuesto al atardecer, al aura nocturna que por mi ventana invade, y Nietzsche, blanco y puro, un haz de contraste deja. Nieztsche es suave como el agua y la seda. Como un copo, blanco Nietzsche es. Y como un copo se derrite en mis brazos, se funde y se vuelve realidad, con un estornudo vuela en polvo Nietzsche. Nietzsche, pelaje, gato y animal.
sábado, 25 de mayo de 2013
Granos de café
Esta
mañana mientras me sentaba en el banquito de piedra de mi jardín, mientras
escuchaba una canción que dice algo así como “No sé qué más hacer”, esta mañana
me encontré un papel como mágico que caía desde lo alto del edificio a cuyos
pies me rendía para disfrutar un ratito de tranquilidad y con mi música. Busqué
con urgencia removiendo en el bolsillo de mi pantalón un lápiz con el que
rellenar el papel nacido del cielo y decidí empezar a dibujar. Primero dibujé
un muñequito, no muy elaborado, no muy realista, gracioso y bonito pero que a
ojos de una compleja cabeza infantil resulta ser una persona. Después dibujé
otro. Los dos eran bonitos, pero porque los dibuje juntos. Y bajo sus pies
dibujé una nube redondita y algodonosa, blanca y limpia. También les dibujé una
sonrisa en la cara a los monigotes, por supuesto, y también les dibuje una
nariz, son personas. Uno tenía la nariz grande y ruda, el que era un poquito
más alto, y el otro tenía una naricita que me encanta. Los dos tenían el pelo
corto. ¿Ojos? Como no iba a dibujarle ojos, te he dicho ya que son personas. De
pronto se miraron, y sus sonrisas se hicieron más grandes. ¿Qué no me crees?
Pues chincha, yo te digo que lo vi, y yo estaba allí, en ese jardincito, en ese
banco de piedra cuando ocurrió. Se miraron y de pronto la nube salió del papel,
y ellos encima de ella, por supuesto. Empezaron a revolotear con la nube por el
aire del jardín. ¡Menos mal que no lo vio ningún vecino…! Quién sabe lo que
habrían pensado… Subieron alto, alto, alto. El sol me obligaba a cerrar los
ojos, pero yo los veía, eh, tirados y agarrados a la nube. De pronto, se
acercaron a mi otra vez, bajando lentamente, con cuidado de no caerse. Y cuando
bajaban me di cuenta que el mágico papel ya no estaba en blanco. El travieso lápiz
lo había dibujado todo. ¡Qué yo estaba allí, jo, que lo vi! Bueno. No lo vi,
pero ¿Quién si no iba a haberlo pintado? Fue el lápiz solo, le vi esconderse
después de la travesura. Había pintado la hoja llena de olas y de agua, con una
isla en el medio de la cual florecían unas pocas palmeras y cocoteros. Era una
isla bonita, pero parecía desierta, aunque debajo de una palmera había un
pirata con una pata de palo y un parche en el ojo y un garfio por mano en su
brazo derecho, y, y, y un cofre grande encima de su panza. El pirata parecía
triste, y eso no me gustaba mucho, la verdad. Pero se alegró mucho cuando vio a
mis muñequitos volver a la hoja. Se levantó, frotó el cofre, y se meció su gran
y sucia barba negra y sonrió muy mucho mirando hacia arriba esperando que
alguien bajase de ella. Mi monigote, el de la nariz grande y el que era un
poquito de nada más alto, le dijo al de la naricita que se quedase en la nube,
y saltó al agua y llegó nadando a la orilla de la playa donde el pirata que
ahora sonreía, y me gustaba más, le
esperaba con un abrazo. El pirata le enseñó orgulloso su cofre. Le dijo que
había sido un motín de una lucha contra un dragón… o contra Japón, o contra un
jamón, no lo sé. Es que los dibujos hablan muy bajito y cuesta escucharles…
Pero le dijo que era un motín, y le enseñó todas las brillantes monedas de oro
que había dentro. ¡Eran muchísimas! Y el pirata se reía orgulloso haciendo
botar su panza. Mi monigote le miró y le dijo que él también tenía un motín y
el pirata le pidió que se lo enseñase. Mi monigote sonrió muy mucho y señaló a
la nube donde mi otro monigote, el de la naricita que me encanta, estaba
sentado viendo todo lo que pasaba en la isla. Le dijo que ella es un motín.
Entonces el pirata se tiró a la arena a reírse y a patalear de la risa y mi
monigote saltó muy alto y se volvió a sentar en la nube y le dio un besito al
dibujito de la nariz chiquita, y la nube volvió a salirse del dibujo, y mis
monigotes otra vez surcaron los vientos del jardín. El pirata se puso otra vez
triste y miró hacia un lado y hacia el otro, viendo que estaba otra vez solo…
No me gustaba verle triste, no me gusta ver triste a nadie. ¡Entonces me acordé
del travieso lápiz! Y le saqué de su escondite debajo del banquito de piedra y
le susurré con las palabras mágicas si podía dibujarle al pirata regordo una
sirena linda y hermosa. El lápiz me miró y yo le sonreí y le volví a decir las
palabras mágicas y salió corriendo al papel y de pronto apareció nadando entre
las olas una sirenita rubia y linda. Al pirata le cambió la cara, y los ojos se
le volvieron corazones que se salían de sus órbitas. El lápiz y yo nos
revolcábamos por el banquito riéndonos del pirata y la sirena que se besaban y
besaban. Mientras, la nube llevaba de paseo a mis adorables dibujos por el jardín.
Yo los miraba sonriendo y viendo lo felices que eran los dos. Pero otra vez el
lápiz… Le tuve que castigar pensando en una esquina del banco, como hace mamá
cuando hago algo mal, aunque el ya había vuelto a pintar todo el papel. Esta
vez había dibujado un dragón grande grandísimo que estaba protegiendo una torre
en lo alto de un monte, una torre muy alta, tan alta que casi tocaba el cielo.
La torre tenía ventanas con barrotes, pero no tenía techo, pero nadie podía
escaparse porque las paredes eran muy altas. Y el dragón escupía fuego, mucho
fuego. Por la boca. Era un dragón feo y
malo, pero había un caballero con armadura y un escudo y una espada contra el
que peleaba, aunque el caballero no era muy fuerte… Pero él solo quería ver si
había alguien en la torre y salvarle. Entonces la nube entró otra vez en el
dibujo y tiró al monigote de la nariz linda dentro de la torre… Al otro lo tiró
frente al dragón, que le escupió fuego en el culo y le quemó el culo. Yo me reía,
aunque en realidad no me hizo gracia… La nube había sido mala, así que la
agarre y la puse en la esquina con el lápiz, y agarré el lápiz fuerte y le dibuje al monigote que tenía el culo
negro una armadura muy bonita y
elegante, pero también era fuerte, muy fuerte. Le dibujé también una espada
larga y gorda y que cortaba mucho, no te creas. Y después le puse un escudo que
hacía el fuego rebotar. Y entre el caballero y el monigote mataron al dragón,
le comieron la cabeza y lo asaron con su propio fuego para comérselo, y
mientras el caballero que el travieso lápiz había dibujado se comía las patas
del dragón, yo le dibujaba a mi monigote una escalera muy alta para que pudiese
salvar al otro monigote, el de la nariz que me encanta. Y le dio otro beso. Yo
me tapé los ojos. ¡Un beso!... aunque separé un poco los dedos… A una niña como
yo los besos nos dan asco… pero no sé por qué el de mis monigotes me resultaba
agradable… Pero por si acaso… Imagina que me hubiese visto un vecino… Entonces
le dije al lápiz que borrase todo lo de alrededor del monte. Nada de praderas,
que dibujase un mar rodeando el monte con mucho agua. Ah, y que no se olvidase
de dibujarles a mis monigotes un muellecito con una barquita y dos remos, y si
podía pintar un atardecer también se lo agradecería. Le dije las palabras mágicas,
como mamá siempre me dice que pida las cosas, y me hizo caso con una sonrisa. ¡Si,
si! ¡Él lápiz sonreía! Y en esa barquita se subieron los dos monigotes que había
dibujado en el papel que había caído del cielo. Justo sonó la alarma de mi
reloj y que tenía para indicarme la hora de subir a merendar a casa. Volví a
mirar el dibujo y delante de un gran sol que se iba a dormir detrás del mar había
una barquita con remos en la que estaban sentados mis dos monigotes, todo sombreado
porque estaban como a contra luz, en la parte de abajo a la derecha del papel.
Lo doblé y subí a casa para merendar. A lo mejor se lo regalo a alguien, o quizás
lo llevo a la guardería para enseñárselo a la seño, o a lo mejor solo lo cuelgo
en mi cuarto, en el estante de los libros. Quien sabe.
“Mi
sonrisa al verte es lo más bello que me has dado.”
jueves, 23 de mayo de 2013
Historia de toallas e imperdibles
Abrazarle a la vida. Apretarla junto a mi pecho y observar sus pequeñas botas en la esquina. Tomarla la mano y recostarnos, quien sabe. Achicharrarse, dejar que el sol achicharre a la vida, dejar que pase lo que pasa. Oler la vida. Olerla, tocarla, mirarla, oirla y degustarla. ¿Qué es la vida? ¿Qué es una sonrisa? ¿Qué es el miedo? Coger el miedo y meterlo en una cajita de aluminio. Sonreir, vivir, reir, oir los gritos de pequeños niños salvajes vociferando entre los columpios y el tobogán. Sin verlos. Degustar el sabor de la felicidad, con los ojos cerrados. Tocar la belleza y su figura sin olerla. Dejar que el silencio se forme y ocurra, que se cree vacío en la atmósfera redonda. Que ocurra. Sentir el te quiero tornado en sordera. Tener impregnado tu olor en mi mente. Tu, vida. Bendita vida... Verte enmarcada en un marco de antaño, pequeña vida. Vernos naufragando remando en una barquita dibujada frente a un sol naranja que pretende, estático, ocultarse bajo el mar de pintura. Vida que me conduces a un callejón de hojas nublado y me besas nariz y frente. Vida, que me conocías antes de encontrarte, de ser tuyo, si quiera antes de yo verte. Vida tras cada rezo, tras quien me ama, tras cada texto, tras todos y cada uno de mis versos. Vida que me soplas y me empujas sobre el escenario y entre bambalinas quisiera encontrarte. Vida que hay en cada rato con cada amigo, con cada hermano, en cada madre e hija, con cada encuentro y con cada despedida. Vida que busco la forma, las palabras, la sonrisa, el modo en que darte las gracias pero nunca encuentro aquellas con las que abarcar todo lo que me has dado. Abrazarte,apretarte junto a mi pecho, pequeña vida que llegas a mi altura para mirarme y sellarme en la boca la huella de la tuya.
domingo, 19 de mayo de 2013
Cordelia
“Un tipo como yo no tiene cabida en
una ciudad como esta, pequeña Ellie,” Inhalo el frió vaho, pasa
rascando por mis conductos nasales. Su frente se apoya en la mía, la
mía en la suya. Se rozan nuestras narices, acaricio su labio con el
mio. Un beso, otro beso, otra vez su olor y su esencia, su gusto, su
tacto. Otra vez ella. “Los tipos como yo acabamos en prisión, eso
lo sabes. O sin cabeza, o en el fondo de un pantano” Le digo sin
ningún tipo de pena en mis palabras. “Te quiero, Ellie” Noto su
mano en mis costillas, me presiona, agarro su cintura. La pongo junto
a mi. Otra vez ella. “Pequeña Ellie...” Le suspiro. La única
persona que me ha tratado como una persona, la única persona que me
dio algo de cariño. Noto como una gota de sangre cae por el costado
de mi cara. Ellie mira mi rostro, mi horrendo y monstruoso rostro
cicatrizado con heridas y con sangre. Mi rostro feo por el que tanto
me han despreciado. “Vendrán a por mi, lo sabes.” No son más
que pequeños gemidos que no llegan a transformarse en palabras y
sudor frío lo que sale de Ellie. Un beso, otro beso. Una caricia en
mi áspero cuello, mis caricias en el suave suyo. Se me eriza la
piel, se vuelve árida y tersa. El suelo comienza a crujir. La
madera moribunda empieza a crujir. Comienzan a subir los escalones,
comienza a hacer sonido sordo el paso de hombres pesados por los
peldaños de caracol. Ella no los ha escuchado. La tomo la mano. De
forma elegante dan otro paso, suben otro peldaño. Tomo su boca con
la mía. Le coloco el flequillo como a mi me gusta, de derecha a
izquierda. Tapándole un ojo, su hermoso ojo. Otra vez ella y sus
pupilas, y su amor, el amor que me ha dado. “Ellie, ya vienen,
huye, escóndete. No merece la pena morir por mi.” le digo en
susurros a su oído. Yo por ella doy hasta el cielo. “Acabaré
reducido en cenizas.” Insisto sin ningún miedo en mi mente. Suben
otro peldaño, y otro. Respiro fuerte. Oxigeno mi sangre y mis
pulmones. Doy media vuelta y encaro la puerta. Nuestras manos se
aprietan. Yo no pienso dejarla a ella. Saco la pistola que tengo
entre mi pantalón y mi abdomen, empuño la otra que tengo sujeta en
mi cinturón. Ellie me coge de la cintura. Sé lo que tengo que
hacer. Se que esos bastardos están detrás de la puerta, se que
tienen acorazado, se que tienen más balas que yo, cuatro
ametralladoras automáticas, dos fusiles de asalto, tres escopetas de
dispersión y cada uno una pistola a la espalda. Un total de veintiún
armas, suficiente para acribillar a dos personas en una habitación
cuadrada de no más de cinco metros cuadrados. Pero les faltan un par
de cosas. Coraje, honor, honestidad. Amor. Todas esas mierdas que
hemos visto en los libros, en las películas. Todas esas mierdas que
nos han enseñado desde la familia y la religión. Pero cuando tienes
a siete malditos diablos detrás de tu puerta, siete jodidos
mercenarios venidos del infierno preparándose para hacer añicos la
madera de la puerta para acribillarte a balazos, y tú solo tienes
dos pistolas semiautomáticas y tienes detrás de ti a la única
persona que te ha hecho sentir persona, joder, persona en este
infierno, entonces esas mierdas, ese amor, esa honestidad, ese honor,
esa lealtad, esa lealtad que no debes a nadie, entonces eso se vuelve
certeza y doce balas son más que suficiente para acabar con siete,
aunque sean siete Satanás, aunque sean siete arcángeles malditos.
Rompen la puerta como he previsto. Se inunda la habitación. Sangre,
más sangre. Recibo un tiro en el costado, recibo otro en la oreja.
Mis dedos... mis dedos parecen no haber sentido el dolor en la vida.
Reaccionan. Un gatillazo. Otro gatillazo. Tres disparos, cuatro,
cinco, seis, te quedan la mitad. Descarto una pistola. Cuatro cuerpos
al suelo salpicando. Empiezo a deslizar. Un tiro en la pierna.
Empiezo a agacharme poco a poco, siempre con el torso erguido,
siempre cubriéndola a ella. Entre mi saliva y mi sangre en mi boca
salen palabras de... “Gracias” Siento como ella aprieta mi
cintura, como se intenta esconder pavorida, y como yo intento
ensanchar mi cuerpo para protegerla. Mi gabardina de cuero negro
reluce roja. El suelo se ha convertido en un mercadillo de sangre.
Empuño la otra pistola, mi último hálito de vida. Un disparo. Dos
disparos. Solo quedan dos tipos. Vivos. Cuatro balas, dos tipos,
armaduras, dos ametralladoras automáticas. Yo ya he muerto. Acabo de
sentir como el acero perfora mi costilla, como empieza mi corazón a
bombear sangre fuera de las arterías y las venas. No será la muerte
lo que me haga abandonarte, Ellie. Cojo su mano con la mía vestida
en sangre, me pongo de perfil al marco de la puerta donde se hallan
los dos hijos de las llamas, le doy un beso. Otro beso. Otra vez
Ellie, otra vez ella, otra vez... No me hace falta si quiera mirarles
para sentirles estando mis labios arropando los suyos, su nariz
protegida por la mía, mi brazo extendido. Uno. Dos. Tres. Cuatro
disparos. Tres tipos al suelo.
miércoles, 15 de mayo de 2013
El lado oscuro de la luna
Y en aquello se basaba mi juventud. En paisajes de atardeceres desde mi ventana, alta y perdida en un barrio alejado de la mano de Dios, y una escalofriante y perfecta música sonando en mis altavoces. Siempre era aquella puesta de sol tras los edificios de la ciudad, aquel cielo que de lo alto a lo bajo era azul marino, azul, celeste y después se fundía con el naranja del horizonte , ese perfecto naranja que ninguna cámara de fotos lograba pintar bien. El celeste se fundía con aquel horizonte como de oro candente pintado, volviéndose una borrón que yo describiría como incoloro o como gris contaminado. Recuerdo que había siempre nubes. Siempre. Nuvols. Las clasificaba en dos tipos: unas que eran como sumergir un pedazo de algodón en una marmita de oro derretido y sacarlo, dejarlo enfriar, y enfocarlo con una linterna. Eran deslumbrantes, de algún modo sabías que el sol, aunque no lo vieses, te era reflejado por aquellas mensajeras de luz. Era maravilloso, nubes con luz propia. También recuerdo que había unas que eran como muy oscuras, eran las grises, las que interceptaban mi conexión con el espacio infinito, las que interferían entre el firmamento eterno y yo, aquellas que por el contraste eran perfectas siluetas. Las nubes, fuesen del color o del tipo que fuesen, eran siempre preciosas. Y eso me encantaba, pues siempre había de ellas en mis atardeceres. Así era como se ponían a gusto mis pupilas, con estos paisajes oscureciendo tras el marco de mi ventana, atravesados verticalmente por la franja de metal que separaba las dos planchas de vidrio de mi ventana. Después estaba aquella música. Bendita música... Pink Floyd se llamaban. Fueron de lo bueno lo mejor, y de lo mejor lo más grande. Roger, Nick, Richard y David. Genios todos ellos. Estaban llenos de un ritmo magistral. Por las tardes negaba a mis tímpanos cualquier cosa que no fuesen aquellos ritmos entre rockeros y psicodélicos. Era algo espectacular. De un modo o de otro, o con ritmos lentos y de gloria o con guitarras y vibratos que se me clavaban en la piel. Recuerda el mejor orgasmo que hallas sentido nunca, enciérralo en tu mente y llévalo a tus tímpanos. Toma los gemidos de sumo placer y conviértelos en acordes, partituras, tablaturas, letras y coros y tendréis eso. De este modo se ocupaban mis oídos dejando de lado el mundo. Recuerdo que leí en las revistas musicales que eran los líderes y cabezas del rock que llamaban "progresivo". Recuerdo que con un tema de esta banda fue cuando por primera vez se me erizó la piel escuchando música. Mi hermano una vez me regaló un long play de ellos. Acabaron convirtiéndose en droga para mi. No es que dependiese de ellos, pero si alguien me hubiese privado de volver a escucharlos para el resto de mi vida, ya podía tener a mano un escudo. Esta era la forma en la que mis oídos se volvían sordos a todo lo demás que no fuesen unos vibratos o unas guitarras un tanto distorsionadas o a una voz peculiar y unos ritmos increíbles Escondo en mi memoria también el recuerdo de escribir en los papeles del cajón de mi escritorio algunos pasajes que se me ocurrían pero nunca tuve fuerza, ni ánimo, ni perseverancia para escribir un libro o una novela. Pero me gustaba pasar las tardes encerrado en mi habitáculo escribiendo, mientras el sol huía a esconderse tras los edificios y las guitarras de mis altavoces jugaban a erupcionarme los poros de la piel. Pasaba horas y horas en mi habitación dejando el tiempo consumirse. De vez en cuando (una vez o dos por tarde) mi padre abría la puerta y entraba para preguntarme por qué no salía, qué escribía, qué era aquello que escuchaba o que tal me había ido el día. Manteníamos conversaciones por contrato familiar, conversaciones superficiales que ni a él le importaban preguntar ni a mi me interesaban contestar. ¿Qué tal? Meh.. ¿Qué escuchas? Pink Floyd, papá... ¿Estás escribiendo? Ahá ¿Y para que escribes?¿Es para el colegio? No ¿Para una chica? Que no ¿Para qué? No sé ¿Por qué no sales? ¡Yo que sé, papá! Y supongo que en aquello se basaba mi juventud, en no saber. En no saber nada, ni por qué. Simplemente en dilatar las pupilas observando el firmamento que ardía mientras el sol por ley de gravedad caía devorando los edificios de mi ciudad. En cosquillear mis orejas con los ritmos y las guitarras de Pink Floyd y con hacerme la mano doler a base de escribir textos inútiles pero que a mi me llenaban las tardes, para doblar los folios y guardarlos en el cajón de mi mesita del escritorio. Imagino que no sabía nada. Y tampoco es que me importase demasiado saberlo. Mientras pudiese mirar el atardecer, pensar en ti, escuchar mi grupo y sonreír ¿Qué más querría yo?
lunes, 13 de mayo de 2013
Sucesos en la jornada de cuenta perdida
Aun sigo aquí a estas costas anclado. Ha pasado ya mucho tiempo desde mi llegada a este mi nuevo hogar, tanto casi ya que no tengo recuerdos de mi antiguo habitáculo, no recuerdo la vida sin las pisadas en la arena o los nados matutinos en la transparencia del océano. Las plantas ya me han visto crecer y me han admitido entre su rito de intentar tocar el cielo. Esta isla se ha vuelto mi nuevo hogar, y yo que era nada menos que un minucioso cosmopolita, ahora no soy nada más que un náufrago en una isla. Poco a poco he ido aprendiendo a conversar con las olas que a la orilla llegan y crean en la arena esa blanca espuma que mis heridas sana. Lo cierto es que nunca llego a comprender por qué la gente que en la ciudad vive acusa tanto el naufragio y la naturaleza salvaje y las islas, cuando en realidad esta isla merece de un náufrago que la respete y cuide, aunque no sé bien hasta que punto es digno el náufrago de esta isla. No sé hasta que limite soy merecedor de las llamas rojas y asalmonadas que el sol en el amanecer congela, y no sé de que manera merezco observar el atardecer tras la marea que a la noche se calma, subido a los peñascos de la costa. Apostaría el escaso resto de mi humilde vida por que quien tachó de fiera las desiertas islas, en realidad nunca una pisó. Y yo que, aunque en principio me pensé maldecido, a estas playas he sido dirigido, y han sido ellas quienes me han amparado, quienes me han dado cobijo y me han hecho humilde, y fuerte, y sencillo y me han enseñado a disfrutar de lo breve, y de lo alegre, y de cada despertar. Algunos me tacharán de loco, no lo dudo, pero en este tiempo, en este instante, que entre la naturaleza he pasado, y lo que aún me queda por pasar, he aprendido que el silencio tiene valor al igual que las palabras. He perdido ya el cálculo del tiempo que entre estas bahías he pasado, aunque en realidad no lo quiero calcular, y podrían ser muchos los años que han pasado desde que toqué con mis talones esta seca tierra, o podría un día haber pasado. Pero no es el tiempo lo que me importa, ni si quiera me importa como, ni los motivos por lo que ocurrió, simplemente me importa haber llegado. Haberme sentado bajo un grupo de palmeras y dormido en las frías noches sintiendo un manto que me cubre, sintiéndome protegido, cubierto, a gusto, bienvenido y bien acomodado. Y es que esta isla es tan bella, y me ha enseñado tantas cosas... No recuerdo bien a cuento de que anécdota pero me enseñé una vez lo importante que es vivir, sin preocuparse de lo ocurrido, solamente pensando el fruto que puede dar o que ha dado. Cuanto más solo me siento frente al mar, de pie, con la melena volada hacia atrás, más profundo y más arraigado me siento a esta abandonada isla a la que, sabe el universo por qué, he acabado viniendo a parar. ¿Y soy yo tan sumamente prepotente para rebatirle al universo su elección? No lo creí, diario mio. No creí que fuera yo quien pudiese decirle al universo que mi sitio no era este, si no que quizás debiera ser yo quien hiciese de este mi nuevo hogar. Y así lo hice. Y no me arrepiento apenas nada, y no pienso ya en la ciudad. Tan solo me arrimo cada tarde a los peñascos a ver como se funden el sol líquido y el llameante mar.
martes, 7 de mayo de 2013
Corona rota
Te odio... ¡Te odio! Eres culpable de esto. De esta mesa volada, de este nido de maldiciones,que quiera Dios que te partan. De este escritorio lleno de tus cartas sin firmas, lleno de tu olor y de mis sangrientas lágrimas. Lleno de cráteres del Prozac y de tus arañazos, de tus dentelladas, de tus malditos dientes y tu corrupta voz. Lleno de naipes ardiendo caídos de lo alto de una fortaleza. Lleno de mi cuerpo moribundo y lleno de mi alma vacía y muerta... ¡Muerta! Tú... Maldita seas... Tú, desgraciada alma esbelta como la verde copa de un árbol primaveral... Y mi alma ya ni puede moverse... bajo tu sombra. Miserable... ¡Miserable! ¡Huiré! Huiré donde ni siquiera un haz tras las nubes puedan atisbar mi rostro. Donde mi sonrisa quede sepultada bajo el dolor, tras el daño, tras la muerte. ¿Qué importa que muera el cuerpo si ya está muerta el alma? ¿¡Qué importa?! Huiré donde se me ahogue la esperanza y cuando alcance aquella desolación, cuando mi nombre y mi aspecto, cuando mi memoria y mi ser no sean ya. Cuando alcance ese lugar seguiré huyendo. De tus pupilas y tu sonrisa. Huiré donde no despierte nunca, donde no alcancen la tinta y las palabras a describir. A donde no pueda llegar nada, allí iré. Donde no pueda llegar nada. Donde no puedas llegar. Huiré tan lejos que ni los astros me verán, o tan cerca que su dorada ígnea piel se derrita con la mía Donde el viento no sople, allí iré, para que no pueda la brisa susurrarme tu nombre. Para que el fuego en mi mesa nunca cese. Para que la hoguera en mi escritorio no ceda ante la tormenta. Para que arda. ¡Qué arda! ¡Y que arda el mundo, se vuelva ceniza! Para que apabullado el reino me pida piedad, y entonces te arrepientas de haber arrastrado mi alma por tu camino de dagas. Para que me llamen Nerón y vean fundirse entre sus casas, sus recuerdos... Para que vean fundirse, entre todo lo que tuvieron, tu nombre. ¡Nerón! ¡Nerón!
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