lunes, 13 de mayo de 2013
Sucesos en la jornada de cuenta perdida
Aun sigo aquí a estas costas anclado. Ha pasado ya mucho tiempo desde mi llegada a este mi nuevo hogar, tanto casi ya que no tengo recuerdos de mi antiguo habitáculo, no recuerdo la vida sin las pisadas en la arena o los nados matutinos en la transparencia del océano. Las plantas ya me han visto crecer y me han admitido entre su rito de intentar tocar el cielo. Esta isla se ha vuelto mi nuevo hogar, y yo que era nada menos que un minucioso cosmopolita, ahora no soy nada más que un náufrago en una isla. Poco a poco he ido aprendiendo a conversar con las olas que a la orilla llegan y crean en la arena esa blanca espuma que mis heridas sana. Lo cierto es que nunca llego a comprender por qué la gente que en la ciudad vive acusa tanto el naufragio y la naturaleza salvaje y las islas, cuando en realidad esta isla merece de un náufrago que la respete y cuide, aunque no sé bien hasta que punto es digno el náufrago de esta isla. No sé hasta que limite soy merecedor de las llamas rojas y asalmonadas que el sol en el amanecer congela, y no sé de que manera merezco observar el atardecer tras la marea que a la noche se calma, subido a los peñascos de la costa. Apostaría el escaso resto de mi humilde vida por que quien tachó de fiera las desiertas islas, en realidad nunca una pisó. Y yo que, aunque en principio me pensé maldecido, a estas playas he sido dirigido, y han sido ellas quienes me han amparado, quienes me han dado cobijo y me han hecho humilde, y fuerte, y sencillo y me han enseñado a disfrutar de lo breve, y de lo alegre, y de cada despertar. Algunos me tacharán de loco, no lo dudo, pero en este tiempo, en este instante, que entre la naturaleza he pasado, y lo que aún me queda por pasar, he aprendido que el silencio tiene valor al igual que las palabras. He perdido ya el cálculo del tiempo que entre estas bahías he pasado, aunque en realidad no lo quiero calcular, y podrían ser muchos los años que han pasado desde que toqué con mis talones esta seca tierra, o podría un día haber pasado. Pero no es el tiempo lo que me importa, ni si quiera me importa como, ni los motivos por lo que ocurrió, simplemente me importa haber llegado. Haberme sentado bajo un grupo de palmeras y dormido en las frías noches sintiendo un manto que me cubre, sintiéndome protegido, cubierto, a gusto, bienvenido y bien acomodado. Y es que esta isla es tan bella, y me ha enseñado tantas cosas... No recuerdo bien a cuento de que anécdota pero me enseñé una vez lo importante que es vivir, sin preocuparse de lo ocurrido, solamente pensando el fruto que puede dar o que ha dado. Cuanto más solo me siento frente al mar, de pie, con la melena volada hacia atrás, más profundo y más arraigado me siento a esta abandonada isla a la que, sabe el universo por qué, he acabado viniendo a parar. ¿Y soy yo tan sumamente prepotente para rebatirle al universo su elección? No lo creí, diario mio. No creí que fuera yo quien pudiese decirle al universo que mi sitio no era este, si no que quizás debiera ser yo quien hiciese de este mi nuevo hogar. Y así lo hice. Y no me arrepiento apenas nada, y no pienso ya en la ciudad. Tan solo me arrimo cada tarde a los peñascos a ver como se funden el sol líquido y el llameante mar.
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