En la cafetería del paso entre Connecticut y el estado de New York, mientras tomaba el café de parar en la ruta y observaba las montañas nevadas que protegían el páramo, me di cuenta que hay personas que son, bastante bastante, cómo el café. Son ese tipo de personas, que como el café, emanan calor. Esas personas que como el café, hacen a uno ponerse excitado y energético, personas que cuando uno recién se levanta y las ve, ya le dan ganas de hacer cosas. Muchas personas necesitamos del café para realizar nuestro día y nuestra ruta, y termina siendo bueno tomar un poco cada día. Y curiosamente existen esas personas de las que necesitamos tener o charlar o conocer o disfrutar una porcioncita de ellos casi diariamente. Esas personas, que como el café molido, huelen bien. Las personas que de vez en cuando, te hacen sentir un poco nervioso, y como con el café, te dan calores y escalofríos. Sin embargo, descubrí que me gustan las personas casi tanto como me gusta el café porque me gustan más las personas. Porque hay algunas personas que tienen algo mágico, como el buen café. Y es que no importa si hay días en los que esté demasiado suave u otros en los que esté demasiado fuerte, porque lo cierto es que siempre está bastante, bastante, sabroso.
sábado, 30 de noviembre de 2013
jueves, 28 de noviembre de 2013
Entrañas
Como un gnomo helado frente a la hoguera que soplaba chispas, y polvo, y cenizas, y potencia para reducir el mundo a una canica de cartón. Desnudo en medio de la pradera escarchada, a ras de piel frente a ese fuego aislado bajo la alfombra negra. Patada en la noche y codazo en la cara. Bastardo de la tormenta más abrumadora y el fuego más fatuo y más abrasador. Salvaje de las nubes que a galope y piñón golpea. Gigante de la miseria. Rufián de las ruinas. Alarido en medio de canchal de piedras quebradas. Golpe, y salto, y grito, y arte. Y bandido de las estrellas, perseguido del sol, huido de la luna. Cuchillo escondido. Siseo en la niebla, susurro tenebroso, escalofrío en lo oscuro, dentellada en lo intangible. Tajo espontáneo. Soplo de fuego y llama gritada. Costura de hilo candente y de aguja invisible. Remache en el ojo de vino tinto y de carne cruda. ¿Y yo para que quiero ropa que me tape, que me finja abrigar, si yo nací desnudo frente al soplo del frío? Si yo nací piel en pecho gritando al hielo que sople más fuerte. Grité, gritó, mentí, mintió. Hijo del fuego. Nació en mis manos frías el aliento del rayo, el canto abrasador, el soplo derretido. Y yo, ¿qué más quiero? si tengo en mi boca, junto a mi, en mi entraña, el beso del fuego violento. Quiero degollarme en lo alto de la montaña si llega el día en que se acerquen las nubes y de un soplo me enfríen el alma, me apaguen el fuego. Si llega el día en que el hielo me grite, me sople, me tire, mis manos congele.
martes, 19 de noviembre de 2013
Mitad del tríptico
Mira tu pared. ¿De qué color es? Bien. ¿Podría ser de otro color? ¿Entonces por qué no lo es? Tu pared es ahora mismo blanca y ahora mismo solo podría ser blanca porque, si no sería de otro color. Tal vez mañana sea de otro color y entonces no podrá ser de otro color. Pero eso no lo sabemos. Solo sabemos que es blanca y únicamente blanca y no de otro color, por ende no podría ser de otro color. Y si mañana ha de ser azul, lo será. Y dejará de ser blanca porque mañana debe ser azul, y no de otro color. Como solo podría ser. Será como haya de ser, cuando, con y donde haya de ser.
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