*(Contiene fragmentos extraídos de Ideario de Francisco M. Ortega Palomares)
sábado, 13 de septiembre de 2014
Roberto
Las dunas del desierto sudaban. El calor hacía danzar el horizonte en el que se vislumbraba cansado el desierto naranja que se acostaba a kilómetros de distancia. La fina arena se levantaba y se retorcía con el viento. Pasaban ciertas tormentas de arena, y de pronto nubes naranjas enneblecían como de polvo la vista. Bocanadas de ceniza del desierto se retorcían a la altura de mis hombros, y entonces tan solo se distinguían las diferentes siluetas que se alcanzaban a vislumbrar tímidamente. Las dunas. El sol. El horizonte. Todos se volvían de pronto diminutas sombras que iban creciendo y menguando según mis pies resbalaban por las colinas de arena. Entre la humareda y la arena arreciante comencé a distinguir un cuerpo que se sostenía sobre sus piernas, impávido, temerario, entre las quebradas de las caladas de arena que el desierto hacía bailar. Comenzó a deambular una voz rota a su alrededor, una voz cansada, desgañitada; una voz de labios cortados. El dueño de la sombra mascullaba en sus fauces un enigma y empecé a comprender aquello que su voz esbozaba en el la humareda crepuscular que envolvía su delgado y rígido cuerpo. Me da vértigo el punto muerto y la marcha atrás, vivir en los atascos, los frenos automáticos y el olor a gasoil. Me angustia el cruce de miradas, la doble dirección de las palabras y el obsceno guiñar de los semáforos. Me arruinan las prisas y las faltas de estilo, el paso obligatorio, las tardes de domingo y hasta la línea recta. Me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera. Me cansa tanto tráfico y tanto sinsentido, parado frente al mar mientras que el mundo. Allí seguía pululando el ulular de las palabras de aquella sombra gris que brotó en aquella nube de color de las mandarina, en medio del desierto, como una rana que sueña con salir de un salto de su charca. Allí permanecía: calmo, tranquilo, sereno. Ocultando sus dudas y su miedos, sus nervios, sus vértigos. Se mantenía perfecta y esbelta su sombra. Entre bocanadas de retorcida arena que a la altura de mis sienes tapaba mis ojos y me dejaba ver.
viernes, 29 de agosto de 2014
Como labios
La escultura, la música, la arquitectura, la pintura... aquello en lo que la gente pensaba al escuchar la palabra arte. A veces me culpaba de no saber pintar. Siempre creí que tenía una gran capacidad creativa, un talento para inventar vida, para crear. Crear. Sonaba tan ambicioso. Tan avaro. Pero lo cierto es que no, yo no era uno de ellos. Yo no era capaz de transformar la pasión en un cuadro, no podía tampoco convertir mis sentimientos en una partitura, y eso que cogí varios instrumentos entre mis brazos con la ambición de dominarlos. Pero no voy a engañar a nadie, y menos a mi mismo; yo no valía para eso. Un violín, un contrabajo, la trompeta, la guitarra, percusión... Ninguno. Las notas huían de mi asustadas. La técnica, el movimiento casi etéreo de las manos, la respiración, el ritmo, la velocidad. Ni siquiera escapaba, pues lo que nunca se retuvo no puede escaparse. Sentía rabia. Decepción. Casi odio. Aquella bomba de relojería, dentro, dentro de mi cabeza. Dentro de la de todas las personas, una bomba activada pero sin detonante. Era terrible. Absolutamente terrible.Tenía grandes proyectos dentro de mí, guardaba grandes historias, escenas perfectas, preciosas, devastadoras. Pero lo que no tenía era lo demás. Solo existen eso. Ideas. No era capaz de convertirlas en arte, en el peldaño más alto de la jodida escalera de la creación. En lo únicamente propio del hombre. Me había construido una corona de ceniza. Te la había construido, Vince, pero no eras más que eso: ceniza. La escultura, la pintura, incluso la música. Todo el arte se encuentra en la naturaleza. Todo lo que vemos alrededor de nosotros, todo lo que no hemos contaminado con nuestra decepcionante egolatría, todo es fundamento del arte. Los cuadros. La pintura. Atardeceres, amaneceres, bosques, cuerpos desnudos, animales, retratos, paisajes, lagos,montañas. Todo lo que está en los cuadros, todo lo que esconden las pinacotecas, está ahí fuera. El equilibrio de los colores, las formas, el balance de los contrastes: todo esta ahí. En la naturaleza. ¿La escultura? Árboles retorcidos, montañas impávidas y erguidas sobre las llanuras, plantas, la estructura de los animales, la proporción áurea del hombre. Cada gota del arte del cincel está ahí fuera. Fuera del hombre. Fuera de lo que atribuimos como nuestro, fuera de lo que nos dimos el gusto de concedernos como regalo propio. Las proporciones, el equilibrio del espacio, las alturas, las texturas... Nada que no pueda observarse en lo salvaje. La música. Preguntadle a una madre cual fue la melodía que mas rápido hizo palpitar su humanidad. Si no os contesta el llanto de mi hijo al nacer, no es una madre verdadera. Los pájaros cantan, las tormentas tronan, cantan los gallos y hasta la lluvia golpea maderas y hojas, si no es esa la música mas delicada. Y yo, estúpido, tú, no eres capaz ni siquiera de copiarlo, de imitarlo, de hacerle un simple calco. Sin embargo, aunque el hombre siempre se atribuyo el arte y la razón como elemento distinguidor de las demás especies, aunque decidió embarcar en ese engaño, sí que había algo que era propio de él. Vince, entre su decepción, su angustia amarga, su odio propio y su desprecio fatal, cayó en la cuenta de que sus sensaciones y su ira estaban siendo conducidas de modo inmediato, de modo involuntario, mediante la más pura esencia del hombre. Durante su flagelación, Vince, comprendió lo muy equivocado que estaba, lo terriblemente errado que se encontraba. Pues el arte propio del hombre, el único, era el responsable de que su emoción estuviese creando simultáneamente una canción, la mas dulce melodía; un cuadro, plasmado inmóvil todo su ser. Había descubierto cuál era en verdad la forma mas pura, la forma mas bella,el arma más letal con el que defender su humanidad, la humanidad de todos. Defender el peldaño más alto de la escalera de la creación. ¿Vince? ¿Estás bien? Vince... eh, toma. Es tuya. La palabra te pertenece.
martes, 29 de julio de 2014
Para ti, humildad
Era un hombre taciturno; de mirada contradictoria. Lo cierto es que a Joaquín le molestó que hubiese en medio de aquel jardín un busto suyo a tamaño real. No porque su rostro fuese feo, de hecho siempre había recibido halagos por su rostro delgado y esbelto, y esa cabellera a la que tanto le costaba volverse cana. Sino mas bien por el tamaño un poco sobrepasado de su cabeza. Digamos que Joaquín era un poco cabezón, aunque no tenía nada que ver con que fuese cabezota, pues mas bien era de personalidad endeble y cedía sin importarle demasiado en aquellos asuntos que no le preocupaban demasiado. Aunque en realidad eran mas bien pocos. La cuestión es que aquel busto que lo inmortalizaba en medio del jardín que había a la retaguardia del hogar de su familia le molestó de una manera un tanto excepcional. A Joaquín nunca le gustó que le representasen. Detestaba a toda costa que le retratasen y le dijeran como era. De todos modos agarró el dado y lo lanzó. Subió a un barco, cruzó el mar e hizo lo que buenamente supo copiar. Y lo que no, lo inventó. Y nunca se lo echará en cara este servidor. Hacemos lo que podemos, y nunca es fácil. La lucha sigue, y a buen recaudo, pues aquí se queda tu estampa. Viaje bien, Joaquín, y al vuelo mire al cielo, y busque a su alrededor. A ver si dentro de usted mismo, va a ser que por casualidad, en lo mas hondo, me encuentro yo.
lunes, 21 de julio de 2014
Paso con paso
Es curioso ver como los niños cuando se conocen no se preguntan ni de que religión son, o cuanto cobran, o si son de tal o cual país. Es una información que les es prescindible porque los niños conocen la mas grande verdad que existe: que todos somos humanos. Que tenemos dos piernas, dos brazos, dos ojos y una boca para hablar y sonreír. Yo no creo que la gente que vive en Israel desee la muerte de la gente palestina. De hecho, no creo ni que les moleste que los palestinos vivan en la Franja de Gaza. Lo digo con el mismo convencimiento con el que digo que no creo que la gente de los Estados Unidos odia a Iraq, ni odió a Vietnam. De hecho, cada vez que lo pienso, creo que la gente que vive en Israel (por lo general) quiere que los palestinos tengan una casa en la que vivir, unas calles que pisar sin tener que mirar al cielo, ni escuchar atentamente si se acerca artillería, ni rezar a Allah por temor a que su vida llegue a fin a manos de una bomba. Al igual que muchos norteamericanos no quisieron la muerte de miles de vietnamitas, muchos ingleses no quisieron la invasión de la Malvinas, ni muchos rusos quisieron la ocupación de Afganistán, así como muchos alemanes no quisieron la muerte de millones de judíos, o como tampoco muchos estadounidenses quisieron la imposición de Pinochet en Chile, ni muchos españoles quisieran el encadenamiento de latinoamerica. Lo que quiero decir es que no hay que olvidar jamas que las banderas las cosimos las personas. Que tras cada país hay millones de personas que trabajan duro por tener algo de pan que llevar a sus hogares y repartir con alegría. Que tras cada guerra escondida en países, escudada tras el nombre de millones de personas que lo único que quieren es pasear por la calle sonriendo, hay en verdad los intereses de los dirigentes de estos paises. No hay que olvidar nuestra condición de humanos. No podemos olvidarnos que en cada país, sea el que sea, existen millones de personas que no quieren mas que caminar por la calle y ver el sol cuando amanece.
viernes, 4 de julio de 2014
Tequimü-rohk
Aquel día en que me hice mayor de edad, en el preciso momento que mis acciones comenzaron a ser condenables con años de prisión, me hallaba en un callejón oscuro de Riad compartiendo su suelo mal pavimentado con la muchacha que hace tiempo decidí que sería la dama de mis ojos. En realidad, con el trascurso del día anterior al siguiente nada había cambiado, a excepción del alcohol, las putas y algún que otro policía entrometido. Siempre aparece algún hijo de perra de esos cuando menos le esperan... La cuestión es que aquel gran día había llegado; el niño que pasaba a ser un león, el joven que había permanecido bajo las normas de Padre y bajo el cuidado de Madre, iba en este día a convertirse en un hombre. Fuerte. Sabio. Libre. Lo cierto es que no noté que mis músculos creciesen, o que mi cuerpo ensanchase y se hiciese mas alto; de hecho, cada vez la gente de Riad tenemos menos que comer por culpa de Abdullah y los suyos. En cuanto a la sabiduría... bueno, sí, sabia engañar a alguno de los pillos merodeadores de las calles de la capital. Pero mas allá de lo poco que había aprendido hace años en la escuela elemental, y alguna que otra charla interesante que mantuve con el Iman Mahut, no albergaba en mi un gran saber. No el suficiente, desde luego, como para llamarme "sabio". Y libre... bueno, creo que solo hace falta saber que hasta que no trabaje, las zapatillas va a seguir comprándomelas Padre... Observé las baldosas mal colocadas del escalón de aquella callejuela en la que me encontraba escondido con Erosh. Medité que en realidad, aunque todo el mundo, sobre todo las amigas de Madre y algún importante colega de Padre, todo parecía igual. Todo seguía su curso y rumbo preciso. Cada vez falta mas comida, y cada vez somos más. Todo seguía e trascurso que debe llevar, todo obedecía su sino. El planeta se iba a pique, y nosotros con él. Y yo permanecía en aquel escondite a la medianoche, como de costumbre. Y volvería a hacerlo, pues todo mantenía su ritmo, todo formaba cadencia. Por mil noches y una más.
viernes, 27 de junio de 2014
Donde quede alguna flor
No recuerdo la cena, no recuerdo ni el planeta. Solo recuerdo que entonces, solo entonces te sentaste en el borde de mi cama, y ahora todo tu olor se burla de mí dando tumbos por mi cuarto. No recuerdo ni tu número, ni tu nombre; no me hace falta. Solo recuerdo que la noche te cubrió en su manto y tú, presa en su misterio, te fuiste, te dejaste ir. Solo recuerdo que ya no puedo volver a dormir, y que salgo a pasear por dentro de mi, y de pronto allí estás tú, acariciando mi interior. Ya no recuerdo cuál era la melodía que aquel instante retumbaba en las paredes de mi cuarto, pero recuerdo el timbre de tus palabras. Recuerdo a las sirenas envidiosas y al Ulises arrodillándose ante ti, ebrio, borracho, cegado de tu voz. Recuerdo tu juventud sobre mi somier, sobre donde debería dormir en lugar de pasar la noche en vela recordando tu olor inyectado como un dardo en mi sien. Te recuerdo desnuda y joven, hermosa y liviana, como el vaho y el marfil. No recuerdo ni los pasos, ni el trofeo. No recuerdo ni siquiera el color del mar, ni el gusto del monte al despertar, pues hace mucho que no duermo, hace mucho que te espero. Hace tanto ya de eso, que solo yazco aquí, acostado, envuelto en la noche y en tu etéreo candor, bajo tu imagen sombría y gris; mirando las nubes oscuras del crepúsculo y pensando, cuándo volverás...
miércoles, 11 de junio de 2014
Por volver a ver...
Diviso a lo lejos un horizonte que mezcla los colores de la sangre y de la miel, pues solo la sangre es mas dulce que la miel. Miro a lo lejos y veo él ojo de oro fundirse en la masa azul y dorada que se ondula bajo el peldaño de tierra, y observo irse con el toda la lluvia y todo el malecón. El viento sigue golpeando y demoliendo todo lo que encuentra a su paso, como soplado por el astro de gigantes frente a mí hundido entre olas y mareas, entre lunas de plata que golpean mi pecho, entre pellizcos de cristal mascado por las pestañas. Observo como la tierra a mis pies comienza a brotar de un verde vivo cual criatura y cual silencio, pues solo el silencio vive el máximo más que las criaturas. Crecen de la tierra que antaño fue piedra abrasada tallos y ramas de florido vergel como colibrí sobre albatros, como ruiseñor bañado en báquico rubí fundido. Florece del viento una alegórica canción que atrae a mis pies el agua destruida de los puños embravecidos de la cantera de las sirenas. A poco me desequilibro, pues una centella atraviesa de pronto mi ser y un tronido ensordecedor retumba en mi interior. Miro hacia abajo y observo mi reflejo a millas de mi, miro el destino fatal de piratas ebrios que mas suerte no tuvieron a la hora de amarrar. Encuentro al borde del acantilado tímidas ninfas escondiéndose desnudas, transparentes, entre las curvas del espejo azul. Miro de pronto alto y observo el cuello de una botella reluciente colgada del techo y veo en su aurora oscura y nublada punzadas de las lanzas del rey Midas, de las saetas de la luz y de tu mirada lasciva y tu rostro vengativo. Pues tan solo tu mirada y tu rostro brillan mas que la propia luz, que las míseras estrellas.
sábado, 31 de mayo de 2014
Continuity
Últimamente no escribo. Me limito a asomarme a las barandillas de los puentes y enfadarme con las estrellas y gritarle a las nubes. Lo cierto es que me asomo insomne a deambular por las calles fúnebres de esta moribunda ciudad cuando muere el día y cuando muere la noche. Cuando el tiempo enfermizo no da mas de si y se hunde y entumece en su trono de varón, cuando nadie lo respeta. Me arrincono y me cohíbo a mirar el cielo negro y a añorar mi soledad, y a refugiarme en mi. Ya he dejado de ser tan yo que hasta la noche me atraviesa vacío con su lanza de silencio, porque mas callada que mi alma se han vuelto mis palabras. Ya no bordo, ya no hilo, ya no coso las palabras como solía hacer. O como alguna vez creí que hacia. Quizás no. Tal vez nunca lo hice. La noche me vacila y me marea, y el frío petrifica mis piernas y mi cabeza; estática, destruye las palabras, ya no crea, ya no genera, ya no da vida. Últimamente me limito a ver el humo bailar a lo alto de mi jardín y deambulando por el aire, danzando entre espectros de miseria y halos de la aurora eterna de la luna. Cuya aura no se apaga. Cuya voz siempre calma. Y, calma, asoma a la ventana y destruye mi somier. Caigo hondo, la tinta me arde en los ojos, derramada, y me ciega de su negro cristal. No. Tiéndeme la mano. Tiéndemela y no me dejes caer. No me dejes hundirme en este mar de naipes. De tréboles y picas.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Finale
El hueco detrás de las bambalinas es un lugar lleno de misterios.
Algunos hemos conocido el misterioso sonido de las bisagras de unas puertas abriéndose de par en par en una sala de teatro donde el neurótico silencio se arrastra butaca a butaca, rincón a rincón. Y de pronto cae un telón de ruido que lo aniquila, entre carcajadas y comentarios de un público que corre lento a ocupar su aterciopelado trono. Es un paisaje curioso: una cortina de honda negrura y de altiva dimensión que cubre las espaldas al escenario y tras ella deja dos pasillos de oscuridad agitado con complicidad y nervio. Cuando uno levanta la cabeza, y observa el techo invisible del que cuelga la tenebrosa lona, intenta recordar las frases adjudicadas a su papel, a su rol a su… Pero de pronto no. De pronto uno se descubre absorto en el pensamiento lejano de una novela por escribir, o un cuadro por pintar, una exposición por inaugurar. Y sin embargo está allí. Tras la tela perpetua está su ser, su cuerpo y su alma; aunque uno permanece tras las bambalinas. Nadie lo ve, nadie lo juzga. Nadie sabe su rostro. Llegará la hora festiva de degollar la línea divisoria entre el anonimato y la evasión, sin duda alguna llegará. Pero mientras, cabe la espera desnudo tras ese vestido de noche parda e innerte.
De pronto todos ocupan sus cómodas posturas entren las gradas y balcones, todos miran de acá para allá comentando con sus acompañantes Dios sabe qué. Un torbellino de voces arrasa la sala; un huracán tremebundo arranca de la faz de la tierra la calma; un tifón de molestas conversaciones acribillan el silencio. No. Detrás del escudo de pizarra, tras el acero negro todos seguimos invisibles, ocultos, rechazados. Suenan voces de un mundo al que uno ya no pertenece. Se oyen ruidos extraños, vociferaciones y berridos que trituran el silencio. No. De pronto todo cambia. De pronto la infinitud de lo etéreo se cierne sobre todo, lo ahoga. Pero la eterna capa negra sigue colgada. Entonces… Humo.
Algunos hemos conocido el misterioso sonido de las bisagras de unas puertas abriéndose de par en par en una sala de teatro donde el neurótico silencio se arrastra butaca a butaca, rincón a rincón. Y de pronto cae un telón de ruido que lo aniquila, entre carcajadas y comentarios de un público que corre lento a ocupar su aterciopelado trono. Es un paisaje curioso: una cortina de honda negrura y de altiva dimensión que cubre las espaldas al escenario y tras ella deja dos pasillos de oscuridad agitado con complicidad y nervio. Cuando uno levanta la cabeza, y observa el techo invisible del que cuelga la tenebrosa lona, intenta recordar las frases adjudicadas a su papel, a su rol a su… Pero de pronto no. De pronto uno se descubre absorto en el pensamiento lejano de una novela por escribir, o un cuadro por pintar, una exposición por inaugurar. Y sin embargo está allí. Tras la tela perpetua está su ser, su cuerpo y su alma; aunque uno permanece tras las bambalinas. Nadie lo ve, nadie lo juzga. Nadie sabe su rostro. Llegará la hora festiva de degollar la línea divisoria entre el anonimato y la evasión, sin duda alguna llegará. Pero mientras, cabe la espera desnudo tras ese vestido de noche parda e innerte.
De pronto todos ocupan sus cómodas posturas entren las gradas y balcones, todos miran de acá para allá comentando con sus acompañantes Dios sabe qué. Un torbellino de voces arrasa la sala; un huracán tremebundo arranca de la faz de la tierra la calma; un tifón de molestas conversaciones acribillan el silencio. No. Detrás del escudo de pizarra, tras el acero negro todos seguimos invisibles, ocultos, rechazados. Suenan voces de un mundo al que uno ya no pertenece. Se oyen ruidos extraños, vociferaciones y berridos que trituran el silencio. No. De pronto todo cambia. De pronto la infinitud de lo etéreo se cierne sobre todo, lo ahoga. Pero la eterna capa negra sigue colgada. Entonces… Humo.
viernes, 2 de mayo de 2014
Mingus
Naturalmente no nací siendo el mejor
músico de New Orleans. Muchos otros grandes genios había por aquel
entonces en la ciudad. Yo iba a tocar el saxo al club del viejo Lewis
cada sábado y algún día entre semana si la ocasión se presentaba.
Nos sacábamos nuestro beneficio, aunque la verdad es que no nos daba
para mucho, principalmente para la casa. No eran tiempos fáciles, y
para las familias negras, menos. El club se solía llenar, medio
llenar más bien, de espectadores blancos. Era curioso ver como
venían con sus trajes y sus vestidos, acostumbrados a ver ópera
supongo, al club del viejo Lewis. Las mesas se llenaban de puros y un
humo pesado rodaba por el techo. Nosotros jamás habríamos colgado
de nuestro cuello ni siquiera una pajarita. Al jazz puede jugarse
hasta desnudo. A menudo, después de tocar o en algún descansito
cuando White tocaba sus solos de piano, yo bajaba a la barra a que
Lewis me sirviese una copa con whisky sin hielo. Más de una vez se
me acercó un pálido que decía ser manager o contratante o algo
así, y me preguntaba que qué tenía pensado hacer con mi carrera
musical. Lo normal es que yo bebiese mi whisky de varios tragos, no
le mirase, dejase el vaso en la mesa, le estrechase la mano a Lewis y
volviese a coger el saxo, otra vez. Sin embargo alguno tuvo más
suerte y le miraba, guiñándole un ojo burlón, aunque no le dijese
nada. Y otros tenían la fortuna de que les contestase que seguiría
tocando aquí y allá, donde pudiese y me placiese. Mi madre siempre
me decía que tenía que aceptar esas ofertas, que estaba loco, que
si no quería terminar como ella y mi padre necesitaba estabilidad,
un salario fijo, más ingreso de ventas de discos y conciertos,
claro. Que solo así podría llegar a ser el número uno del jazz en
New Orleans. Y razón no le faltaba. Pero que equivocada que estaba,
mi pobre y vieja madre... El Orleans Daily nunca fue
muy bueno con sus críticas cuando entré a tocar por primera vez en
el viejo cuchitril, The Reader fue más simpático aunque
tampoco nos tildó de mucho. Jamás perdí el tiempo en leer uno de
esos. No me hacía falta. No necesitaba que nadie me dijese que el
sonido de mi saxo era inigualable. Todo eso empieza en mi cabeza,
todo eso empieza en forzarme a ser el monstruo de New Orleans. Yo
sabía desde la primera noche que mi música no era ni por asomo la
mejor del este. Pero si quería llegar a serlo, tenía que forzarme a
serlo. Duke me acusó de llevar una pose que no era la mía. Él
nunca entendió nada. Nunca comprendió que sería lo que quisiera
ser si me obligaba a serlo, aunque no estuviese en mi naturaleza. Mis
dedos nunca fueron los más rápidos de New Orleans, no hasta que yo
me dije que los tenía, aunque sabía que no era así. Mi saxo no fue
el más valioso, hasta que me subí al escenario y suspirando el humo
de mi tabaco exhalé un “soy el más grande de todos...”. No nací
siendo el mejor saxo de los Estados Unidos. Nadie nace siendo nada.
Hay que obligarse a ello. Y no caer en creer que te estás
traicionando actuando de una forma que no está en tu naturaleza,
Sino saber que estás cruzando la carretera hacia lo que quieres ser.
Estas forjando tu forma de ser, tu vida, aunque al principio sientas
que no eres tú. Pues ya se sabe, yo no fui el mejor saxo de New
Orleans desde mi nacimiento. Yo toqué como si lo fuese, aunque en mi
naturaleza no estaba serlo. Rompí los planes de mis padres, los de
la sociedad, los de mi naturaleza, los del universo. Pero ya nadie
olvidará quién es el monstruo de New Orleans. quien es John
Coltrane.
lunes, 7 de abril de 2014
Clavo
Como un grito de cristal, tras la lluvia, tras la noche. Como un barco de papel que vuela en desiertos tintos. Como un cuerpo desnudo tendido en el campo yermo que amanece entre el rocío y entre hocicos de carroñeros que más suerte no tendrán. Como un cuello degollado, como la sangre entre nuestras bocas. Como la sonrisa que me rasgas y que me rajas, y me cortas y me tallas, con tu silencio en mi piel.
sábado, 22 de marzo de 2014
Breathe my chest
-Woah,
she´s really cute, Franz.
-Yeah,
I know. Just like her mother.
Jack
bent his knees and looked at her right through her eyes, at her same
height.
-Haven´t
we´ve got right here the cutest girl in the planet? What´s her
name? If I may know...
-Samantha,
sir - She said while she mildly giggled.
-Don´t
call me sir, Samantha. I´m an old friend of your dad´s. We even
assisted the same kindergarten. You might not believe it, but once we
were also kids. - Said Jack with half a smile in his face. Franz, at
the back of the room, laughed half embarrassed half dreamy. - Well,
aren´t you really beautiful, Samantha?
-What´s
beautiful, sir... Jack! - She quickly corrected before Jack could
tell her again not to call him sir.
-Well...
do you mean it like "what sort of things are beautiful" or
"what does beautiful mean"?
-I
don´t know... Both I guess.
Franz
approached slowly from behind holding a glass of blended scotch in
his hand. He gave Jack a pat in the back with a smile in his face
and made a sign to tell him that he was going upstairs, but that
there was no hurry. So Franz stand up and went out.
-Beautiful
are the those kind of things that are worth contemplating. That stuff
that makes you smile only by watching it. I don´t know, like a
little bird jumping over the branches of a flowering tree.
-Oh,
just like a twilight at the beach?
-Yes,
exactly. Like a bunch of roses in a garden.
-And
what else? - She asked smiling with a certain nervousness in her
words.
-The
smile of people. Even people themselves. Books are also beautiful.
Paintings, sculptures, poems. Art! Flowers, nature, love, the sea,
mountains...
-What
is love?
-What?
-Yes,
you just said love. What does that mean? What´s love?
-Love
is... it is something really weird. It´s like falling asleep. You
don´t remember when you fell asleep last night, but you just did.
When was the moment when you stopped all your senses and you started
dreaming? Nobody knows. But the matter of fact is that you just did,
and you have been dreaming all night long. What´s falling asleep,
Samantha?
-I
don´t know... Forgetting what your surrounded by and flying away to
Neverland, I guess...
-Well
that’s something pretty much the same as love. I... I think it´s
like sleeping. I mean, you sleep for 8 hours through the night, and
when you open your eyes for waking up it´s just like if half a
second had pased since you lied down on your bed and flew away from
this world. Why love? Who knows. Why sleep? Know neither. The fact is
you some days just arrive home, with world on your back and you just
need to sleep. Forever. You need lying on a couch or on your bed or
in a chair, wherever. You just need sleep. And what happens while you
sleep?
-I..
don´t know, Jack.
-I
didn´t intended you to answer me. But that´s the thing. No one
knows what happens in your head or in the shiver of your body while
you sleep. You just... fall asleep, not wondering why, not wondering
how. Not even asking yourself: and what after? Just like...
contemplating a twilight.
-Oh,
so love is something beautiful.
-Yes,
it might be. Even though sometimes, while you´re watching the sun
going down and down and down until it drowns in the sea, your eyes
start to burn. Then nights are waiting for your flaming eyes. The
darkness of the night becomes insufferable. The shadow of the night
kills your soul.
Samantha
stared at Jack concerned. Jack was looking to the ground between his
knees. He suddenly looked up and find Samantha´s face a bit twisted
due to the recent discovery she had made. Jack stand up.
-So...
´Want to go outside to stare at the stars?
lunes, 3 de marzo de 2014
Mas no importa
Suelo nadar contracorriente entre la hierba y dejarme peinar las manos por el fuego. Las mañanas se vuelven de un tono oscuro y cuando sale el sol brillan las montañas como pilas de azúcar. De mis botas desanudadas crece un racimo de uvas tintas y bajo ellas gotea un riachuelo de letras y de trazos que acarician mis pies desnudos que cuelgan del somier. Las nubes escampan y el cielo brilla convirtiéndose en cristal llovido. Apago la luz cuando amanezco y suena el despertador cuando me acuesto. A menudo suelo escribir tras los felpudos citas de sabios hombres que no temieron a la historia y vienen a besarme entonces los guepardos. Bebo de las piedras y camino sobre el agua. Los guantes me enfrían las manos, o quizás son mis manos que congelan el espacio que me rodea. De pronto veo princesas en Beirut, Tai-pei, Milán, La Habana y en Dublín. El viento sopla fuerte contra mi pecho y mi popa arranca como abordado por gusanos. Las galeras permanecen calientes. Las frutas, todas, se vuelven negras, mas no pierden su sabor. Sigo teniendo sed. Y el otoño destiñe su marrón en sombras de verdes y en luces de añil. Las espadas besan y los muros se abren. Entre los ladrillos escurre el murmullo de la arena traída por el viento del desierto. Las sábanas blancas cubren las laderas de los prados al amanecer y el rocío y la sonrisa abrazan mi piel desnuda a la noche. Los peces vuelan por el cielo y las aves nadan bajo tierra. Y cuando llueve y las hojas del calendario caen sobre el paisaje gris, salgo y corro sobre adoquines en chancletas en busca de un koala, entre los cristales llorados por las estrellas y el colorido vergel de la tormenta.Y es que en el fondo merece la pena
estar loco.
estar loco.
miércoles, 26 de febrero de 2014
666
Mientras otros debatían la ofensividad de los centrocampistas de algún
equipo europeo, que yo, sinceramente, desconocía sin mucho
remordimiento, unos nos dedicábamos a discutir frente al mantel manchado
y el ceño fruncido que entre sus pupilas aguantaba el papiro numérico.
Los televisores de la ciudad inundaban los salones de las casas pobladas de inmobiliario sueco del verde artificial del césped
que a los pies de heroicos y legendarios jugadores de fútbol - si, no me
equivoco - que, sin lugar a dudas y con toda evidencia, eran grandes influencias en la humanidad. Las familias se apiñaban en los sillones ojipláticos frente a los marcos digitales que retransmitían uno de los acontecimientos más importantes de la década: un vulgar partido de fútbol. Ahora, con los ojos fijos en las baldosas de mi cocina, comprendí el fingido entusiasmo de un antiguo profesor por el club de fútbol de su ciudad natal, que años después resultó ser una artimaña bastante bien ideada, todo sea dicho, para ganarse nuestra simpatía e incluso nuestra amistad. El pan sobre la mesa se endurecía con la misma lentitud con la que se desgarran las hebras de una cuerda pita. El recorrido de las manecillas del reloj se congelaba y aunque, segundo tras otro, los minutos avanzasen, el tiempo no pasaba. Todo se volvía estático. A todos y a ninguno nos importaban las mismas cosas. Mi padre no dejaba de intentar establecer un diálogo socrático e irónico conmigo a cerca de mis sensaciones respecto a mi rendimiento académico. Pero yo, simulando a un imberbe nihilista, observaba la mancha de café del mantel que durante todo el día había vestido la mesa de mi cocina. De la cocina supuestamente nuestra. Había llegado el día fatal. Yo había pensado que esa fecha había aterrizado como un mazetazo callejero sobre nuestras cabezas el día en que decidimos - decidieron- vaciar los teatros y llenar los estadios. Pero no. Algo más absurdo y más cruel llamó entonces a nuestras puertas y todo - todo lo que a los que toman las "importantes" decisiones les importa - comenzó a girar entorno a los números.
sábado, 22 de febrero de 2014
La historia
Pero
imagino que toca seguir adelante. Con cara de lienzo. Y que a los demás les
importa entre poco y nada. Toca seguir adelante y dejar que te corrijan, te evalúen
y te puntúen perfectamente. Y que tus piernas parezcan fuertes, que no dejes de
trotar aunque por dentro estés hecho añicos. Dejar que pisoteen tus cristales,
que los transformen en arena; y seguir sumando cifras y números a tu ser. A tu
color, a tus lágrimas, a tu cuerpo gastado que no se mide en números, pero qué
sabrán ellos. Qué les importa. Que les perturba de tu peso que vaga por vagar.
Tú sigue. Sube y escala, y no mires abajo, no tengas vértigo. No mires jamás tu
vivo retrato, no sea que encuentres que entre las cifras, las etiquetas, las
exigencias cumplidas, un rostro que transmita tu alma deshecha. Tu ser
desgarrado y gélido; tu ser sumido en cenizas. Porque en el fondo tú no quieres
correr. No quieres trepar alto, no quieres seguir adelante. Grita. Tan solo
grita y que alguien frene el tiempo y entonces yo vendré a abrazarte, por detrás,
por donde no puedas verme, por donde no puedas más que oler mi tacto y tocar mi
voz. Vendré cuando estés tendido sobre el suelo como un tronco talado por el
tiempo y la tormenta. Solo entonces, cuando seas tú, iré. Puedes correr, puedes
seguir adelante y cumplir las expectativas vanas. Pero no volverás a oler mi
respiración. Porque te pedirán que corras, aún cuando tus tobillos se magullen
y regurgiten sangre, sigas y no cese tu galope. Que sumes y sigas, que no
frenes. Y querrán hundir tu rostro en ciénagas de burla y desamparo. Y lo harán.
Te encontrarás solo, en un aula oscura y vacía, bajo la bóveda gris, quemando lágrimas
en tus mejillas, lágrimas que no les importarán; lágrimas que para ellos nunca
existieron. Y que nunca existirán. Y entonces, cuando te comprendas solo en lo diáfano, vendré
yo. A gritar contigo y desconchar paredes. A guardar tus lágrimas en mi piel, y
a frenar que tus nudillos agrietados embistan la pared. Entonces vendré yo para
que te encuentres más solo que nadie, más vulnerable que todos. Para que te
entiendas solo, como eres. Solo y bello. Y ahí estaré a tu lado, para que
apuñales tus pupilas en tu vivo retrato. Como el aire, sola.
jueves, 6 de febrero de 2014
Contrahechos
Su
mirada vacía atravesaba los barrotes que encerraban las ventanas. Las nubes
grises al fondo del paisaje vestían las ramas de los árboles desnudos.
Mientras, la voz débil y plana explicaba gramática y demás cosas de poco
interés. Él observaba a una mujer que asomaba por la terraza para tender el
trapo de la cocina, el mantel de la mesa, las medias de vestir y la camisa
blanca. Unos prestaban atención a la pizarra, otros escondían entre sus libros
y mochilas el rostro caído que contaba los minutos para despedirlos. De pronto
un pequeño gorrión posó sus frágiles patas sobre las ramas del árbol que crecía
en el patio de la escuela entre planchas de cemento y hormigón. El pajarillo
volteó su pico de aquí a allá en lo que tardó el muchacho en despertar. El joven
no perdió demasiado tiempo en darse cuenta que la voz de la profesora seguía
siendo igual de lenta y plomiza, se recolocó el pelo sin mucha precisión y
volvió a atravesar los cristales de las ventanas observando esta vez el color
de los ladrillos que formaban los edificios ¿Cuántos ladrillos harían falta
para construir una casa? ¿Y un edificio? No sabía muy bien si aquella ingente
cantidad le daba vértigo o le daba completamente igual. Un camión de refrescos
giró entonces por la calle que podía divisarse desde el aula. El conductor soltó
las manos del volante y, levantando el hombro derecho, dejó intuir al muchacho
que había puesto el freno de mano. Se quitó la boina, la dejó en el asiento
del copiloto, suspirando se frotó los ojos y bajó de aquel gran vehículo. El
diminuto gorrión seguía danzando casi neurótico sobre las húmedas ramas
marrones del árbol. Su canto apenas podía diferenciarse del ruido de las
conversaciones que a escondidas se mantenían dentro del aula, o incluso de
otros pájaros que cantaban cerca de aquel árbol, apoyados en las vallas que
encerraban el patio tal vez. La maestra tropezó con el entarimado sobre el que
se encontraba su mesa y su silla. Al torpe estruendo le siguió un silencio
sepulcral. Y a este le siguió un trino rápido, veloz y agudo. El joven,
repentinamente, giró la cabeza con la misma energía que los saltitos del
gorrioncillo. De pronto divisó aquel cuerpo pardo y redondo. Observó el árbol
gastado por la lluvia y por el tiempo. Miró detenidamente sin reparar mucho en
los detalles las ramas, las ramitas oscuras y allí estaba él; sonriente,
hablando versos, recitando poesía.
lunes, 13 de enero de 2014
En estos días
Escribí
un diario de la ausencia. Plasmé sobre el papel cada idea, cada sensación, cada
estímulo que recibí. Maté el tedio y la desidia a base de tinta y de letras. Subí
lo más atrás de cualquier autobús sin un lugar al que llegar con un cuaderno en
lo más hondo de la mochila que a mis espaldas cargaba. Morían las flores.
Interrumpí mi sueño, tuve encuentros con frases, con apenas cuatro o seis
palabras, que me obligaron a saltar de mi litera en el más palpitante corazón
de la noche para escribir un diario de la ausencia. Conté los días, pasaron las
horas, una detrás de otra, y seguirán pasando, y no serán más que números que
determinen cuantos números resten o ya hayan sido consumidos. Decidí retratar
con sílabas y oraciones el rostro bello de lo ausente. Me asomé desnudo y diáfano
a un balcón a contemplar la noche que cubre la cabeza de todas las criaturas
que reposan en letargo mientras yo, ausente, tan esclavo como verdugo y
torturado de la ausencia, apuñalo el papel haciendo brotar de sus heridas y sus
cicatrices la sangrienta tinta que adornan las hojas de su alma. Escribí un
diario de la ausencia en el que hubo días tan abrazados por la vida y otros en
los que la nada, nada fue. Escribí algo que me hizo comprender que lo
indescriptible en ocasiones no puede describirse, no por su deslumbrante
belleza, sino por su terrible ausencia, porque de lo que no hay, no puede
describirse. Pero yo soy así, más tonto y más ingenuo que nadie. Casi tanto,
que escribí un diario de la ausencia.
martes, 7 de enero de 2014
Después de todo
Durante mucho tiempo los científicos más prestigiosos de las ciudades de la ciencia buscaron lo que ellos denominaban la anti-materia. Yo, en mi pequeña honestidad de reconocerme ignorante y no muy especializado en la ciencia, escucharía atento las conversaciones que en el salón de mi casa de disputarían entre mi padre y otros reconocidos doctores investigadores. Escucharía que aquel elemento no identificado del que tanto se preocupaba la comunidad científica sería capaz de producir suficiente energía como para mantener todas las luces del país prendidas en apenas cuestión de minutos, y eso que no todas las personas de este país tenían un techo del que colgar una lamparita. Durante muchas cenas y comidas y orejas puestas en conversaciones en el autobús para ir a la universidad oiría grandes elogios de este, digamos, ser. No solo suponía un gran ahorro energético, sino que además el descubrimiento de la anti-materia significaría un cambio desmesurado en el mundo. Sería algo así como el fuego prehistórico de nuestra era. A través de la boca de grandes físicos llegaría a mis tímpanos que este valioso hallazgo simplificaría y demostraría inmensidad de teorías físicas cuánticas que darían pie a una comprensión impoluta e indiscutible del universo. A mí me parecía, cuanto menos, graciosa la idea de querer encontrar algo que no era, es decir, la anti-materia, tal como mi lenguaje me explicaba. Por lo menos literalmente no tenía mucho sentido dentro de mi cabeza querer encontrar, ver, percibir, llámenlo de la forma que quieran, algo que repele cualquier cosa, como concepción literal de la palabra anti-materia. De todos modos, en mi cabeza, yo seguiría maquinando. Y tras mucho tiempo pensando, frenaría y pensaría: ¿Qué... es la anti-materia? ¿Qué se supone que estamos buscando? ¿Algo cuyas consecuencias de hallazgo son inimaginables? ¿Quizás un ser cuyas cualidades no perteneciesen al mundo lógico-racional? Tal vez, pensaría, algo que nadie pueda explicarse jamás. Algo que al entrar en contacto con la materia reaccione de forma tal que sea imprevisible y sorprendente en cada paso y cada acción y reacción. Algo que nunca sea como los seres humanos pensaríamos que es. Algo que destruya esquemas. Algo que agarre los esquemas, las normas dadas, las pauta y las aplaste y las arrolle, que haga de ello... algo. Algo que nadie jamás se imaginaría que podría hacer. Algo sorprendente a cada diminuto detalle irrelevantemente importante. Y entonces, tras mi pequeña tormenta de concepciones, definiciones e ideas, miraría hacia mi estante. Vería allí las caracolas cogidas en la costa de las islas con un mensajito dentro, vería mi goma de borrar con una ballena dibujada, una vela medio derretida, un barquito de papel, un papel escrito... Y entonces me reiría bien fuerte para mi mismo y pensaría la cantidad de tiempo que han estado perdiendo los científicos.
viernes, 3 de enero de 2014
Tye-melane
Puedo
mostrar en esta penumbra mi pecho descubierto sin camisa y de un tajo florecer
con la pluma y con la tinta los cielos de mi cama. Puedo arrastrarme con los
lobos en esta noche y, meciendo sus pelajes, acariciar la guitarra y el arpa brindándole
un canto a la luna. Puedo subirme al muro junto al mar y gritarle a la vida que
las olas no me asustan, que soy fiero y aquí me hallo en el borde de la tierra,
sin miedo, sin vértigo, con el pecho lleno de aire y la chaqueta bien abrochada.
Puedo correr bajo la lluvia con la camiseta blanca empapada susurrándole las
mil maneras de invocar tu nombre a las flores maquilladas con sus pétalos
perfumados del rocío matinal. En esta noche puedo colgar desnudo de un balcón y
morir gimiéndole a la noche que su oscuridad no me desola, que soy fuerte como
el hierro, como el pacto entre hermanos, una mirada perdida entre sabanas que
no saben volar, un mordisco que despunta el alma, una coraza que desmiente
tantas balas. Puedo ahorcarme de las nubes negras de la ciudad y rasgarle con
mi voz a la noche que su frío no me punza, que los huesos no me quiebran ni me
hielan el coraje. Que aunque me mate, no me quita la vida. Que las flores que planté
brotan más fuertes, más brillantes, es más revolucionario su color a pesar del
velo oscuro que ella tiende bajo el guiñar de las estrellas. Puedo plantar los
versos más perfectos y acompañarlos de caricias que sobre un edredón sean sueños
y promesas. Puedo en esta noche bailar un tango a merced de las sonrisas. Pero
no lo har é.
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