Si,
muñeca, me encantaría no ver tu rostro cada vez que
escucho Freedom de
Hendrix, pero se me da mal mentir, ya sabes, nunca he sabido callarme
la boca. Me encantaría decir que cada carcajada que ahogo en los
vasos sucios de cristal bañados de hielo fundido y de whisky
fundidor son de risa y de alegría, de vivir el momento, de pasarlo
bien en la barra del bar ¡Ojo! que no estoy diciendo que lo pase
mal. ¿Cómo voy a pasármelo mal en la barra yo? Pero no puedo. Pues
porque... ¡Yo que sé! Si supiese el motivo lo habría ahorcado hace
tiempo. El caso es que no. El caso es que cada filtro que pongo sobre
la papela, cada pedacito de crack que pongo junto al tabaco, cada
lamida que le paso al papel y cada peta que prenso, es a tu salud.
Junto a mi decadencia. Me muero por decirte que estoy bien, que todo
marcha de puta madre, que el grupo sigue en pie, que no tenerte
apenas me hace daño, que ya casi no le doy al polvo, y que he
conseguido curro. Pero ni quiero mentirte, ni quiero engañarme, ni
quiero dejar de fumar un cigarro más cada vez que el humo pasa por
estos labios que estaban destinados a ser tuyos, princesa. Te
mentiría si te dijese que ya no aporreo el vaso contra la barra, y
que no quiero volver a hacerlo tampoco, si te dijese que cada
golpecito que doy con el índice en la boquilla del piti no es por
ti, si no por hacer caer la ceniza. Pero sabes que no, que es por ti.
Y no te duele, ni te duelo. Y te la sudo. Y me la sudas. No. Ni de
coña. ¿Cómo ibas a sudármela, nena? Y yo recargo el depósito de
alcohol en la barra, y me lleno la boca de humo negro y sucio y
maloliente y áspero y mezquino que me rodea de ese aura trágico que
tanto parece llamarles la atención a los que llegan nuevos al
bareto. ¿Nunca habéis visto a un puteao desahogarse en la barra a
base de blues y de rock, mamonazos? Pues entonces, ¿que coño
miráis?¿Tengo neón en la cara?¡Aire! Pero siempre se alejan medio
riendo, y me han llegado a hacer ojitos algunas princesas, porque a
fin de cuentas es lo que vende, la historia moribunda. Nunca triunfó
el chico conoce a chica, chica conoce a chico, beso y felices para
siempre. No, pequeña, eso no vende ni en tu barrio de blanquitos
ricos. Lo que tiene éxito es el tío conoce a tía, tía conoce a
tío, ella se hace la interesante y mete coba, el tío le lame el
culo como un capullo, ella se ríe, pasa de su cara y adiós muy
buenas, el tío acaba esposado a la barra del bar, matando sus
neuronas una a una, con detalle y delicadeza, mientras entabla
amistad con el camarero. ¡Esa es la que vende! Si hubiese tenido una
cámara delante desde que te conocí ¡a la mierda el niñato de
Bogart!, pero no. Ni tengo una cámara delante, ni me importa una
mierda tenerla o no, ni si vende o no vende. Total, yo me prenso otro
(verde esta vez) y sigo aquí sentado haciendo de verdugo de la
sinapsis, mientras espero un poco de suerte, coincidencia y demás
mierdas en las que me niego a creer, pero que remedio.. Mientras
espero que aparezcan por la puerta de este antro de espectaculares
altavoces unos zapatitos de charol, una falda blanca, impecable e
impoluta cubriendo las piernas bajadas del cielo y la cadera de Eros.
Que aparezcan los labios rojos del deseo, muñeca, de ese deseo que
llevo haciendo náufrago en los charcos de whisky que dejo en la
barra tanto tiempo. Que aparezcas y que salte de la silla, me olvide
el petardo en el cenicero, coja la chupa, saque las llaves, te deje
en la boca la marca de mi identidad, te coja la mano, te monte en la
Davidson y te lleve al puto culo del mundo a hacerte mía toda la
noche, y que tu padre llame a los picoletos mandándolos hurgar por
todo el barrio, y tu estarás conmigo, coronándome eterno heredero
de tu placer, y siendo dueña del mio. Pero mientras... ¡Pete!
¡Ponme otro. Doble, y bien cargado!
viernes, 14 de junio de 2013
martes, 11 de junio de 2013
¡Oh! Me encontré una...
Yo no quería esto. No. ¿O si? Yo no quería historias. No quería un narrador, o si. Pero no quería personajes, ni tramas enrevesadas, ni un argumento, no quería si quiera razones. No quería un tiempo, o un espacio, un marco determinado. Yo no quería que se pudiesen contestar a las preguntas de dónde, cómo, cuándo quién. No. No lo quería. Solo quería poder contestar el qué. Una sonrisa, una lágrima, un llanto, un puño de furia. Yo quería una hoja escrita y escrita y escrita diciéndolo todo, y no diciendo nada. Lleno de palabras y más palabras, y frases, y oraciones, y más palabras que no concretasen nada. Quería hojas imprecisas, inesperadas, repentinas, que al llegar al final y a la hora de descartarlas supiésemos exactamente que quise decir. No, no quise decir nada. Que sentí. Y el por qué, y el cómo, el qué, cuando y dónde pueden arder pasivamente en el alfeizar de mi fría y desnuda ventana. Nunca quise pensar el nombre de un personaje, es difícil, innecesario y mal interpretable. Yo solo quería palabras y emociones. Sin conexión lógica. O con ella. No lo sé. Imagino que será que tal vez el mejor medio de llegar a algo, a veces, es justo el contrario, aunque no lo hagamos a fuerza de voluntad, aunque lo haga la vida porque se le antoja, o tal vez tenga una explicación científica, pero hay cosas que prefiero omitirlas en la ciencia y darles mi propia explicación. A veces el camino más bello y el más apropiado es el que seguimos cuando el viento vital nos vuela el mapa y lo recogemos dado la vuelta sin percibirlo, y cambiamos el norte por el sur, el este por el oeste, lo conocido por lo que aún queda por conocer, sin darnos cuenta. Porque claro que es cómodo sentarse bajo la sombra del cerezo en medio del camino, y es bello también, pero quien sabe si al fondo del camino habrá más. O si fuera del camino habrá un césped verdaceo donde brote mágicamente la gota de rocío, donde se revuelque el viento y un cielo celeste por el que sobrevuelen las nubes algodonosas y los cirros. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe por qué hay árboles con una "s" dibujada? ¿Quién sabe por qué se escalan los árboles y por qué se discute cual subir? ¿Quién sabe por qué llueve un domingo noche e irradia el sol despertando llamaradas al amanecer de lunes? ¿Quién sabe donde queda la línea de la perfección? ¿Quién sabe? Yo vivo de preguntar. ¿Quién sabe si las sonrisas son una contracción muscular o un impulso de vida?
domingo, 2 de junio de 2013
Vientos
Cierto matíz, cierto regalo, en la delgada pintura blanca curvilínea en el cielo noctámbulo tendida. El preciso brillo y luminosidad en la esbelta y perlada sonrisa del cielo, ni en exceso ni en déficit, el preciso, el exacto, el justo haz de luz para poder diferenciar las siluetas en la noche, sin atisbar con detalle, en las terrazas de la ciudad, en las azoteas urbanísticas o en los bancos de arboles asediados en los parques. Un destello lateral en el roto cuello de una botella de licor suspendida en el mar de las estrella que, apenas teniendo anchura, hace temblar y enflaquece la obscuridad de la noche. No es lo esbelto en el alma lo que pinta a las personas, más bien la sencillez en los trazos de la sonrisa y cada gesto simple
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