martes, 11 de junio de 2013
¡Oh! Me encontré una...
Yo no quería esto. No. ¿O si? Yo no quería historias. No quería un narrador, o si. Pero no quería personajes, ni tramas enrevesadas, ni un argumento, no quería si quiera razones. No quería un tiempo, o un espacio, un marco determinado. Yo no quería que se pudiesen contestar a las preguntas de dónde, cómo, cuándo quién. No. No lo quería. Solo quería poder contestar el qué. Una sonrisa, una lágrima, un llanto, un puño de furia. Yo quería una hoja escrita y escrita y escrita diciéndolo todo, y no diciendo nada. Lleno de palabras y más palabras, y frases, y oraciones, y más palabras que no concretasen nada. Quería hojas imprecisas, inesperadas, repentinas, que al llegar al final y a la hora de descartarlas supiésemos exactamente que quise decir. No, no quise decir nada. Que sentí. Y el por qué, y el cómo, el qué, cuando y dónde pueden arder pasivamente en el alfeizar de mi fría y desnuda ventana. Nunca quise pensar el nombre de un personaje, es difícil, innecesario y mal interpretable. Yo solo quería palabras y emociones. Sin conexión lógica. O con ella. No lo sé. Imagino que será que tal vez el mejor medio de llegar a algo, a veces, es justo el contrario, aunque no lo hagamos a fuerza de voluntad, aunque lo haga la vida porque se le antoja, o tal vez tenga una explicación científica, pero hay cosas que prefiero omitirlas en la ciencia y darles mi propia explicación. A veces el camino más bello y el más apropiado es el que seguimos cuando el viento vital nos vuela el mapa y lo recogemos dado la vuelta sin percibirlo, y cambiamos el norte por el sur, el este por el oeste, lo conocido por lo que aún queda por conocer, sin darnos cuenta. Porque claro que es cómodo sentarse bajo la sombra del cerezo en medio del camino, y es bello también, pero quien sabe si al fondo del camino habrá más. O si fuera del camino habrá un césped verdaceo donde brote mágicamente la gota de rocío, donde se revuelque el viento y un cielo celeste por el que sobrevuelen las nubes algodonosas y los cirros. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe por qué hay árboles con una "s" dibujada? ¿Quién sabe por qué se escalan los árboles y por qué se discute cual subir? ¿Quién sabe por qué llueve un domingo noche e irradia el sol despertando llamaradas al amanecer de lunes? ¿Quién sabe donde queda la línea de la perfección? ¿Quién sabe? Yo vivo de preguntar. ¿Quién sabe si las sonrisas son una contracción muscular o un impulso de vida?
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