viernes, 29 de agosto de 2014
Como labios
La escultura, la música, la arquitectura, la pintura... aquello en lo que la gente pensaba al escuchar la palabra arte. A veces me culpaba de no saber pintar. Siempre creí que tenía una gran capacidad creativa, un talento para inventar vida, para crear. Crear. Sonaba tan ambicioso. Tan avaro. Pero lo cierto es que no, yo no era uno de ellos. Yo no era capaz de transformar la pasión en un cuadro, no podía tampoco convertir mis sentimientos en una partitura, y eso que cogí varios instrumentos entre mis brazos con la ambición de dominarlos. Pero no voy a engañar a nadie, y menos a mi mismo; yo no valía para eso. Un violín, un contrabajo, la trompeta, la guitarra, percusión... Ninguno. Las notas huían de mi asustadas. La técnica, el movimiento casi etéreo de las manos, la respiración, el ritmo, la velocidad. Ni siquiera escapaba, pues lo que nunca se retuvo no puede escaparse. Sentía rabia. Decepción. Casi odio. Aquella bomba de relojería, dentro, dentro de mi cabeza. Dentro de la de todas las personas, una bomba activada pero sin detonante. Era terrible. Absolutamente terrible.Tenía grandes proyectos dentro de mí, guardaba grandes historias, escenas perfectas, preciosas, devastadoras. Pero lo que no tenía era lo demás. Solo existen eso. Ideas. No era capaz de convertirlas en arte, en el peldaño más alto de la jodida escalera de la creación. En lo únicamente propio del hombre. Me había construido una corona de ceniza. Te la había construido, Vince, pero no eras más que eso: ceniza. La escultura, la pintura, incluso la música. Todo el arte se encuentra en la naturaleza. Todo lo que vemos alrededor de nosotros, todo lo que no hemos contaminado con nuestra decepcionante egolatría, todo es fundamento del arte. Los cuadros. La pintura. Atardeceres, amaneceres, bosques, cuerpos desnudos, animales, retratos, paisajes, lagos,montañas. Todo lo que está en los cuadros, todo lo que esconden las pinacotecas, está ahí fuera. El equilibrio de los colores, las formas, el balance de los contrastes: todo esta ahí. En la naturaleza. ¿La escultura? Árboles retorcidos, montañas impávidas y erguidas sobre las llanuras, plantas, la estructura de los animales, la proporción áurea del hombre. Cada gota del arte del cincel está ahí fuera. Fuera del hombre. Fuera de lo que atribuimos como nuestro, fuera de lo que nos dimos el gusto de concedernos como regalo propio. Las proporciones, el equilibrio del espacio, las alturas, las texturas... Nada que no pueda observarse en lo salvaje. La música. Preguntadle a una madre cual fue la melodía que mas rápido hizo palpitar su humanidad. Si no os contesta el llanto de mi hijo al nacer, no es una madre verdadera. Los pájaros cantan, las tormentas tronan, cantan los gallos y hasta la lluvia golpea maderas y hojas, si no es esa la música mas delicada. Y yo, estúpido, tú, no eres capaz ni siquiera de copiarlo, de imitarlo, de hacerle un simple calco. Sin embargo, aunque el hombre siempre se atribuyo el arte y la razón como elemento distinguidor de las demás especies, aunque decidió embarcar en ese engaño, sí que había algo que era propio de él. Vince, entre su decepción, su angustia amarga, su odio propio y su desprecio fatal, cayó en la cuenta de que sus sensaciones y su ira estaban siendo conducidas de modo inmediato, de modo involuntario, mediante la más pura esencia del hombre. Durante su flagelación, Vince, comprendió lo muy equivocado que estaba, lo terriblemente errado que se encontraba. Pues el arte propio del hombre, el único, era el responsable de que su emoción estuviese creando simultáneamente una canción, la mas dulce melodía; un cuadro, plasmado inmóvil todo su ser. Había descubierto cuál era en verdad la forma mas pura, la forma mas bella,el arma más letal con el que defender su humanidad, la humanidad de todos. Defender el peldaño más alto de la escalera de la creación. ¿Vince? ¿Estás bien? Vince... eh, toma. Es tuya. La palabra te pertenece.
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