sábado, 13 de septiembre de 2014

Roberto

Las dunas del desierto sudaban. El calor hacía danzar el horizonte en el que se vislumbraba cansado el desierto naranja que se acostaba a kilómetros de distancia. La fina arena se levantaba y se retorcía con el viento. Pasaban ciertas tormentas de arena, y de pronto nubes naranjas enneblecían como de polvo la vista. Bocanadas de ceniza del desierto se retorcían a la altura de mis hombros, y entonces tan solo se distinguían las diferentes siluetas que se alcanzaban a vislumbrar tímidamente. Las dunas. El sol. El horizonte. Todos se volvían de pronto diminutas sombras que iban creciendo y menguando según mis pies resbalaban por las colinas de arena. Entre la humareda y la arena arreciante comencé a distinguir un cuerpo que se sostenía sobre sus piernas, impávido, temerario, entre las quebradas de las caladas de arena que el desierto hacía bailar. Comenzó a deambular una voz rota a su alrededor, una voz cansada, desgañitada; una voz de labios cortados. El dueño de la sombra mascullaba en sus fauces un enigma y empecé a comprender aquello que su voz esbozaba en el la humareda crepuscular que envolvía su delgado y rígido cuerpo. Me da vértigo el punto muerto y la marcha atrás, vivir en los atascos, los frenos automáticos y el olor a gasoil. Me angustia el cruce de miradas, la doble dirección de las palabras y el obsceno guiñar de los semáforos. Me arruinan las prisas y las faltas de estilo, el paso obligatorio, las tardes de domingo y hasta la línea recta. Me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera. Me cansa tanto tráfico y tanto sinsentido, parado frente al mar mientras que el mundo. Allí seguía pululando el ulular de las palabras de aquella sombra gris que brotó en aquella nube de color de las mandarina, en medio del desierto, como una rana que sueña con salir de un salto de su charca. Allí permanecía: calmo, tranquilo, sereno. Ocultando sus dudas y su miedos, sus nervios, sus vértigos. Se mantenía perfecta y esbelta su sombra. Entre bocanadas de retorcida arena que a la altura de mis sienes tapaba mis ojos y me dejaba ver.





*(Contiene fragmentos extraídos de Ideario de Francisco M. Ortega Palomares)

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