Escribí
un diario de la ausencia. Plasmé sobre el papel cada idea, cada sensación, cada
estímulo que recibí. Maté el tedio y la desidia a base de tinta y de letras. Subí
lo más atrás de cualquier autobús sin un lugar al que llegar con un cuaderno en
lo más hondo de la mochila que a mis espaldas cargaba. Morían las flores.
Interrumpí mi sueño, tuve encuentros con frases, con apenas cuatro o seis
palabras, que me obligaron a saltar de mi litera en el más palpitante corazón
de la noche para escribir un diario de la ausencia. Conté los días, pasaron las
horas, una detrás de otra, y seguirán pasando, y no serán más que números que
determinen cuantos números resten o ya hayan sido consumidos. Decidí retratar
con sílabas y oraciones el rostro bello de lo ausente. Me asomé desnudo y diáfano
a un balcón a contemplar la noche que cubre la cabeza de todas las criaturas
que reposan en letargo mientras yo, ausente, tan esclavo como verdugo y
torturado de la ausencia, apuñalo el papel haciendo brotar de sus heridas y sus
cicatrices la sangrienta tinta que adornan las hojas de su alma. Escribí un
diario de la ausencia en el que hubo días tan abrazados por la vida y otros en
los que la nada, nada fue. Escribí algo que me hizo comprender que lo
indescriptible en ocasiones no puede describirse, no por su deslumbrante
belleza, sino por su terrible ausencia, porque de lo que no hay, no puede
describirse. Pero yo soy así, más tonto y más ingenuo que nadie. Casi tanto,
que escribí un diario de la ausencia.
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