lunes, 13 de enero de 2014

En estos días



Escribí un diario de la ausencia. Plasmé sobre el papel cada idea, cada sensación, cada estímulo que recibí. Maté el tedio y la desidia a base de tinta y de letras. Subí lo más atrás de cualquier autobús sin un lugar al que llegar con un cuaderno en lo más hondo de la mochila que a mis espaldas cargaba. Morían las flores. Interrumpí mi sueño, tuve encuentros con frases, con apenas cuatro o seis palabras, que me obligaron a saltar de mi litera en el más palpitante corazón de la noche para escribir un diario de la ausencia. Conté los días, pasaron las horas, una detrás de otra, y seguirán pasando, y no serán más que números que determinen cuantos números resten o ya hayan sido consumidos. Decidí retratar con sílabas y oraciones el rostro bello de lo ausente. Me asomé desnudo y diáfano a un balcón a contemplar la noche que cubre la cabeza de todas las criaturas que reposan en letargo mientras yo, ausente, tan esclavo como verdugo y torturado de la ausencia, apuñalo el papel haciendo brotar de sus heridas y sus cicatrices la sangrienta tinta que adornan las hojas de su alma. Escribí un diario de la ausencia en el que hubo días tan abrazados por la vida y otros en los que la nada, nada fue. Escribí algo que me hizo comprender que lo indescriptible en ocasiones no puede describirse, no por su deslumbrante belleza, sino por su terrible ausencia, porque de lo que no hay, no puede describirse. Pero yo soy así, más tonto y más ingenuo que nadie. Casi tanto, que escribí un diario de la ausencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario