Puedo
mostrar en esta penumbra mi pecho descubierto sin camisa y de un tajo florecer
con la pluma y con la tinta los cielos de mi cama. Puedo arrastrarme con los
lobos en esta noche y, meciendo sus pelajes, acariciar la guitarra y el arpa brindándole
un canto a la luna. Puedo subirme al muro junto al mar y gritarle a la vida que
las olas no me asustan, que soy fiero y aquí me hallo en el borde de la tierra,
sin miedo, sin vértigo, con el pecho lleno de aire y la chaqueta bien abrochada.
Puedo correr bajo la lluvia con la camiseta blanca empapada susurrándole las
mil maneras de invocar tu nombre a las flores maquilladas con sus pétalos
perfumados del rocío matinal. En esta noche puedo colgar desnudo de un balcón y
morir gimiéndole a la noche que su oscuridad no me desola, que soy fuerte como
el hierro, como el pacto entre hermanos, una mirada perdida entre sabanas que
no saben volar, un mordisco que despunta el alma, una coraza que desmiente
tantas balas. Puedo ahorcarme de las nubes negras de la ciudad y rasgarle con
mi voz a la noche que su frío no me punza, que los huesos no me quiebran ni me
hielan el coraje. Que aunque me mate, no me quita la vida. Que las flores que planté
brotan más fuertes, más brillantes, es más revolucionario su color a pesar del
velo oscuro que ella tiende bajo el guiñar de las estrellas. Puedo plantar los
versos más perfectos y acompañarlos de caricias que sobre un edredón sean sueños
y promesas. Puedo en esta noche bailar un tango a merced de las sonrisas. Pero
no lo har é.
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