Se
recostó en la butaca del salón desde la cual observaba la lluvia golpear contra
la ventana. Acarició sin permiso el cuello de quien se apoyaba sobre su regazo,
de la dueña de aquellos ojos llenos de amaneceres soñados en una cama frente al
mar. Observó su pelo del color de las nubes de la noche, sus cabellos del negro
de sus pupilas. Penetró de una mirada sus ojos cubiertos de sus párpados
pesados. Levantó la cabeza que se apretaba contra su tripa y la apoyo
suavemente sobre el terciopelo del asiento de la butaca marrón, y antecedido de
un paso sobre el parqué que crujía bajo sus pies, abrió la ventana, como su
pecho, de par en par y volvió a su posición anterior, bajo el rostro de su
dueña. Las gotas arreciaron contra sus rostros y sus cuerpos. Comenzaron a
convertirse en cristal las lagrimas del cielo y a desnudar sus cuerpos apoyados
y abrazados entre si, el uno sobre el otro; el uno bajo el otro, sin una
película de ninguna clase de tejido que evitase el contacto de sus pieles y sus
olores. La lluvia les vistió del mismo vestido que lucieron al enamorarse. De
pronto, ambos, se sorprendieron desnudos en un beso como un vendaval, una
tormenta fuerte como el latir de sus corazones al mirarse.
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