No sé,
pensé. Casi me explotó la cabeza. Pensé que tal vez fuese allí donde mejor se
estaba. Donde a nadie le importase como estuviese. Allí, balanceándome sobre el
columpio amarillo donde podría estar ahorcado sin cambiar un mísero renglón de
lo que para las personas pasa a esta hora. Tal vez donde mejor estaba era donde
más próximo a la muerte estaba, sin tocarla. Donde iría habiendo dicho que iba
a hacer cualquier otra cosa menos ir a aquel antro. En ese lugar en el que me
escondía cuando las personas suponían que estaba en las butacas frente a un
escenario o sentado en un taburete frente a tambores y platillos. Pensé que, a
lo mejor, el mejor lugar era aquel en el que uno muere viviendo. Aquel lugar en
el que se pierde la identidad, donde uno es lo que nunca fue, lo que nunca dejó
de ser. Donde las cadenas que amarran el columpio amarillo bien podrían abrazar
mi cuello pasando desapercibido. Muchas veces me pregunto qué pasaría si un
adolescente se ahorcase en un columpio de un parque escondido en la gran capital. Ni si quiera
saldría en las noticias. Tal vez un chisme nuevo para un par de vecinas. ¿Qué
pasaría si alguien se matase estando muerto? ¿Qué ocurre, me pregunto, en aquel
instante en el que pueblas la mente de nadie? Tal vez el mejor lugar era aquel
en el que volvemos a ser lo que siempre fuimos, lo que nunca dejaremos de ser.
Polvo
Aire
Haz
Nada
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