jueves, 6 de febrero de 2014

Contrahechos



Su mirada vacía atravesaba los barrotes que encerraban las ventanas. Las nubes grises al fondo del paisaje vestían las ramas de los árboles desnudos. Mientras, la voz débil y plana explicaba gramática y demás cosas de poco interés. Él observaba a una mujer que asomaba por la terraza para tender el trapo de la cocina, el mantel de la mesa, las medias de vestir y la camisa blanca. Unos prestaban atención a la pizarra, otros escondían entre sus libros y mochilas el rostro caído que contaba los minutos para despedirlos. De pronto un pequeño gorrión posó sus frágiles patas sobre las ramas del árbol que crecía en el patio de la escuela entre planchas de cemento y hormigón. El pajarillo volteó su pico de aquí a allá en lo que tardó el muchacho en despertar. El joven no perdió demasiado tiempo en darse cuenta que la voz de la profesora seguía siendo igual de lenta y plomiza, se recolocó el pelo sin mucha precisión y volvió a atravesar los cristales de las ventanas observando esta vez el color de los ladrillos que formaban los edificios ¿Cuántos ladrillos harían falta para construir una casa? ¿Y un edificio? No sabía muy bien si aquella ingente cantidad le daba vértigo o le daba completamente igual. Un camión de refrescos giró entonces por la calle que podía divisarse desde el aula. El conductor soltó las manos del volante y, levantando el hombro derecho, dejó intuir al muchacho que había puesto el freno de mano. Se quitó la boina, la dejó en el asiento del copiloto, suspirando se frotó los ojos y bajó de aquel gran vehículo. El diminuto gorrión seguía danzando casi neurótico sobre las húmedas ramas marrones del árbol. Su canto apenas podía diferenciarse del ruido de las conversaciones que a escondidas se mantenían dentro del aula, o incluso de otros pájaros que cantaban cerca de aquel árbol, apoyados en las vallas que encerraban el patio tal vez. La maestra tropezó con el entarimado sobre el que se encontraba su mesa y su silla. Al torpe estruendo le siguió un silencio sepulcral. Y a este le siguió un trino rápido, veloz y agudo. El joven, repentinamente, giró la cabeza con la misma energía que los saltitos del gorrioncillo. De pronto divisó aquel cuerpo pardo y redondo. Observó el árbol gastado por la lluvia y por el tiempo. Miró detenidamente sin reparar mucho en los detalles las ramas, las ramitas oscuras y allí estaba él; sonriente, hablando versos, recitando poesía.

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