Su
mirada vacía atravesaba los barrotes que encerraban las ventanas. Las nubes
grises al fondo del paisaje vestían las ramas de los árboles desnudos.
Mientras, la voz débil y plana explicaba gramática y demás cosas de poco
interés. Él observaba a una mujer que asomaba por la terraza para tender el
trapo de la cocina, el mantel de la mesa, las medias de vestir y la camisa
blanca. Unos prestaban atención a la pizarra, otros escondían entre sus libros
y mochilas el rostro caído que contaba los minutos para despedirlos. De pronto
un pequeño gorrión posó sus frágiles patas sobre las ramas del árbol que crecía
en el patio de la escuela entre planchas de cemento y hormigón. El pajarillo
volteó su pico de aquí a allá en lo que tardó el muchacho en despertar. El joven
no perdió demasiado tiempo en darse cuenta que la voz de la profesora seguía
siendo igual de lenta y plomiza, se recolocó el pelo sin mucha precisión y
volvió a atravesar los cristales de las ventanas observando esta vez el color
de los ladrillos que formaban los edificios ¿Cuántos ladrillos harían falta
para construir una casa? ¿Y un edificio? No sabía muy bien si aquella ingente
cantidad le daba vértigo o le daba completamente igual. Un camión de refrescos
giró entonces por la calle que podía divisarse desde el aula. El conductor soltó
las manos del volante y, levantando el hombro derecho, dejó intuir al muchacho
que había puesto el freno de mano. Se quitó la boina, la dejó en el asiento
del copiloto, suspirando se frotó los ojos y bajó de aquel gran vehículo. El
diminuto gorrión seguía danzando casi neurótico sobre las húmedas ramas
marrones del árbol. Su canto apenas podía diferenciarse del ruido de las
conversaciones que a escondidas se mantenían dentro del aula, o incluso de
otros pájaros que cantaban cerca de aquel árbol, apoyados en las vallas que
encerraban el patio tal vez. La maestra tropezó con el entarimado sobre el que
se encontraba su mesa y su silla. Al torpe estruendo le siguió un silencio
sepulcral. Y a este le siguió un trino rápido, veloz y agudo. El joven,
repentinamente, giró la cabeza con la misma energía que los saltitos del
gorrioncillo. De pronto divisó aquel cuerpo pardo y redondo. Observó el árbol
gastado por la lluvia y por el tiempo. Miró detenidamente sin reparar mucho en
los detalles las ramas, las ramitas oscuras y allí estaba él; sonriente,
hablando versos, recitando poesía.
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