Suelo nadar contracorriente entre la hierba y dejarme peinar las manos por el fuego. Las mañanas se vuelven de un tono oscuro y cuando sale el sol brillan las montañas como pilas de azúcar. De mis botas desanudadas crece un racimo de uvas tintas y bajo ellas gotea un riachuelo de letras y de trazos que acarician mis pies desnudos que cuelgan del somier. Las nubes escampan y el cielo brilla convirtiéndose en cristal llovido. Apago la luz cuando amanezco y suena el despertador cuando me acuesto. A menudo suelo escribir tras los felpudos citas de sabios hombres que no temieron a la historia y vienen a besarme entonces los guepardos. Bebo de las piedras y camino sobre el agua. Los guantes me enfrían las manos, o quizás son mis manos que congelan el espacio que me rodea. De pronto veo princesas en Beirut, Tai-pei, Milán, La Habana y en Dublín. El viento sopla fuerte contra mi pecho y mi popa arranca como abordado por gusanos. Las galeras permanecen calientes. Las frutas, todas, se vuelven negras, mas no pierden su sabor. Sigo teniendo sed. Y el otoño destiñe su marrón en sombras de verdes y en luces de añil. Las espadas besan y los muros se abren. Entre los ladrillos escurre el murmullo de la arena traída por el viento del desierto. Las sábanas blancas cubren las laderas de los prados al amanecer y el rocío y la sonrisa abrazan mi piel desnuda a la noche. Los peces vuelan por el cielo y las aves nadan bajo tierra. Y cuando llueve y las hojas del calendario caen sobre el paisaje gris, salgo y corro sobre adoquines en chancletas en busca de un koala, entre los cristales llorados por las estrellas y el colorido vergel de la tormenta.Y es que en el fondo merece la pena
estar loco.
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