viernes, 2 de mayo de 2014

Mingus

Naturalmente no nací siendo el mejor músico de New Orleans. Muchos otros grandes genios había por aquel entonces en la ciudad. Yo iba a tocar el saxo al club del viejo Lewis cada sábado y algún día entre semana si la ocasión se presentaba. Nos sacábamos nuestro beneficio, aunque la verdad es que no nos daba para mucho, principalmente para la casa. No eran tiempos fáciles, y para las familias negras, menos. El club se solía llenar, medio llenar más bien, de espectadores blancos. Era curioso ver como venían con sus trajes y sus vestidos, acostumbrados a ver ópera supongo, al club del viejo Lewis. Las mesas se llenaban de puros y un humo pesado rodaba por el techo. Nosotros jamás habríamos colgado de nuestro cuello ni siquiera una pajarita. Al jazz puede jugarse hasta desnudo. A menudo, después de tocar o en algún descansito cuando White tocaba sus solos de piano, yo bajaba a la barra a que Lewis me sirviese una copa con whisky sin hielo. Más de una vez se me acercó un pálido que decía ser manager o contratante o algo así, y me preguntaba que qué tenía pensado hacer con mi carrera musical. Lo normal es que yo bebiese mi whisky de varios tragos, no le mirase, dejase el vaso en la mesa, le estrechase la mano a Lewis y volviese a coger el saxo, otra vez. Sin embargo alguno tuvo más suerte y le miraba, guiñándole un ojo burlón, aunque no le dijese nada. Y otros tenían la fortuna de que les contestase que seguiría tocando aquí y allá, donde pudiese y me placiese. Mi madre siempre me decía que tenía que aceptar esas ofertas, que estaba loco, que si no quería terminar como ella y mi padre necesitaba estabilidad, un salario fijo, más ingreso de ventas de discos y conciertos, claro. Que solo así podría llegar a ser el número uno del jazz en New Orleans. Y razón no le faltaba. Pero que equivocada que estaba, mi pobre y vieja madre... El Orleans Daily nunca fue muy bueno con sus críticas cuando entré a tocar por primera vez en el viejo cuchitril, The Reader fue más simpático aunque tampoco nos tildó de mucho. Jamás perdí el tiempo en leer uno de esos. No me hacía falta. No necesitaba que nadie me dijese que el sonido de mi saxo era inigualable. Todo eso empieza en mi cabeza, todo eso empieza en forzarme a ser el monstruo de New Orleans. Yo sabía desde la primera noche que mi música no era ni por asomo la mejor del este. Pero si quería llegar a serlo, tenía que forzarme a serlo. Duke me acusó de llevar una pose que no era la mía. Él nunca entendió nada. Nunca comprendió que sería lo que quisiera ser si me obligaba a serlo, aunque no estuviese en mi naturaleza. Mis dedos nunca fueron los más rápidos de New Orleans, no hasta que yo me dije que los tenía, aunque sabía que no era así. Mi saxo no fue el más valioso, hasta que me subí al escenario y suspirando el humo de mi tabaco exhalé un “soy el más grande de todos...”. No nací siendo el mejor saxo de los Estados Unidos. Nadie nace siendo nada. Hay que obligarse a ello. Y no caer en creer que te estás traicionando actuando de una forma que no está en tu naturaleza, Sino saber que estás cruzando la carretera hacia lo que quieres ser. Estas forjando tu forma de ser, tu vida, aunque al principio sientas que no eres tú. Pues ya se sabe, yo no fui el mejor saxo de New Orleans desde mi nacimiento. Yo toqué como si lo fuese, aunque en mi naturaleza no estaba serlo. Rompí los planes de mis padres, los de la sociedad, los de mi naturaleza, los del universo. Pero ya nadie olvidará quién es el monstruo de New Orleans. quien es John Coltrane.

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