Naturalmente no nací siendo el mejor
músico de New Orleans. Muchos otros grandes genios había por aquel
entonces en la ciudad. Yo iba a tocar el saxo al club del viejo Lewis
cada sábado y algún día entre semana si la ocasión se presentaba.
Nos sacábamos nuestro beneficio, aunque la verdad es que no nos daba
para mucho, principalmente para la casa. No eran tiempos fáciles, y
para las familias negras, menos. El club se solía llenar, medio
llenar más bien, de espectadores blancos. Era curioso ver como
venían con sus trajes y sus vestidos, acostumbrados a ver ópera
supongo, al club del viejo Lewis. Las mesas se llenaban de puros y un
humo pesado rodaba por el techo. Nosotros jamás habríamos colgado
de nuestro cuello ni siquiera una pajarita. Al jazz puede jugarse
hasta desnudo. A menudo, después de tocar o en algún descansito
cuando White tocaba sus solos de piano, yo bajaba a la barra a que
Lewis me sirviese una copa con whisky sin hielo. Más de una vez se
me acercó un pálido que decía ser manager o contratante o algo
así, y me preguntaba que qué tenía pensado hacer con mi carrera
musical. Lo normal es que yo bebiese mi whisky de varios tragos, no
le mirase, dejase el vaso en la mesa, le estrechase la mano a Lewis y
volviese a coger el saxo, otra vez. Sin embargo alguno tuvo más
suerte y le miraba, guiñándole un ojo burlón, aunque no le dijese
nada. Y otros tenían la fortuna de que les contestase que seguiría
tocando aquí y allá, donde pudiese y me placiese. Mi madre siempre
me decía que tenía que aceptar esas ofertas, que estaba loco, que
si no quería terminar como ella y mi padre necesitaba estabilidad,
un salario fijo, más ingreso de ventas de discos y conciertos,
claro. Que solo así podría llegar a ser el número uno del jazz en
New Orleans. Y razón no le faltaba. Pero que equivocada que estaba,
mi pobre y vieja madre... El Orleans Daily nunca fue
muy bueno con sus críticas cuando entré a tocar por primera vez en
el viejo cuchitril, The Reader fue más simpático aunque
tampoco nos tildó de mucho. Jamás perdí el tiempo en leer uno de
esos. No me hacía falta. No necesitaba que nadie me dijese que el
sonido de mi saxo era inigualable. Todo eso empieza en mi cabeza,
todo eso empieza en forzarme a ser el monstruo de New Orleans. Yo
sabía desde la primera noche que mi música no era ni por asomo la
mejor del este. Pero si quería llegar a serlo, tenía que forzarme a
serlo. Duke me acusó de llevar una pose que no era la mía. Él
nunca entendió nada. Nunca comprendió que sería lo que quisiera
ser si me obligaba a serlo, aunque no estuviese en mi naturaleza. Mis
dedos nunca fueron los más rápidos de New Orleans, no hasta que yo
me dije que los tenía, aunque sabía que no era así. Mi saxo no fue
el más valioso, hasta que me subí al escenario y suspirando el humo
de mi tabaco exhalé un “soy el más grande de todos...”. No nací
siendo el mejor saxo de los Estados Unidos. Nadie nace siendo nada.
Hay que obligarse a ello. Y no caer en creer que te estás
traicionando actuando de una forma que no está en tu naturaleza,
Sino saber que estás cruzando la carretera hacia lo que quieres ser.
Estas forjando tu forma de ser, tu vida, aunque al principio sientas
que no eres tú. Pues ya se sabe, yo no fui el mejor saxo de New
Orleans desde mi nacimiento. Yo toqué como si lo fuese, aunque en mi
naturaleza no estaba serlo. Rompí los planes de mis padres, los de
la sociedad, los de mi naturaleza, los del universo. Pero ya nadie
olvidará quién es el monstruo de New Orleans. quien es John
Coltrane.
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