viernes, 27 de junio de 2014
Donde quede alguna flor
No recuerdo la cena, no recuerdo ni el planeta. Solo recuerdo que entonces, solo entonces te sentaste en el borde de mi cama, y ahora todo tu olor se burla de mí dando tumbos por mi cuarto. No recuerdo ni tu número, ni tu nombre; no me hace falta. Solo recuerdo que la noche te cubrió en su manto y tú, presa en su misterio, te fuiste, te dejaste ir. Solo recuerdo que ya no puedo volver a dormir, y que salgo a pasear por dentro de mi, y de pronto allí estás tú, acariciando mi interior. Ya no recuerdo cuál era la melodía que aquel instante retumbaba en las paredes de mi cuarto, pero recuerdo el timbre de tus palabras. Recuerdo a las sirenas envidiosas y al Ulises arrodillándose ante ti, ebrio, borracho, cegado de tu voz. Recuerdo tu juventud sobre mi somier, sobre donde debería dormir en lugar de pasar la noche en vela recordando tu olor inyectado como un dardo en mi sien. Te recuerdo desnuda y joven, hermosa y liviana, como el vaho y el marfil. No recuerdo ni los pasos, ni el trofeo. No recuerdo ni siquiera el color del mar, ni el gusto del monte al despertar, pues hace mucho que no duermo, hace mucho que te espero. Hace tanto ya de eso, que solo yazco aquí, acostado, envuelto en la noche y en tu etéreo candor, bajo tu imagen sombría y gris; mirando las nubes oscuras del crepúsculo y pensando, cuándo volverás...
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