jueves, 28 de noviembre de 2013
Entrañas
Como un gnomo helado frente a la hoguera que soplaba chispas, y polvo, y cenizas, y potencia para reducir el mundo a una canica de cartón. Desnudo en medio de la pradera escarchada, a ras de piel frente a ese fuego aislado bajo la alfombra negra. Patada en la noche y codazo en la cara. Bastardo de la tormenta más abrumadora y el fuego más fatuo y más abrasador. Salvaje de las nubes que a galope y piñón golpea. Gigante de la miseria. Rufián de las ruinas. Alarido en medio de canchal de piedras quebradas. Golpe, y salto, y grito, y arte. Y bandido de las estrellas, perseguido del sol, huido de la luna. Cuchillo escondido. Siseo en la niebla, susurro tenebroso, escalofrío en lo oscuro, dentellada en lo intangible. Tajo espontáneo. Soplo de fuego y llama gritada. Costura de hilo candente y de aguja invisible. Remache en el ojo de vino tinto y de carne cruda. ¿Y yo para que quiero ropa que me tape, que me finja abrigar, si yo nací desnudo frente al soplo del frío? Si yo nací piel en pecho gritando al hielo que sople más fuerte. Grité, gritó, mentí, mintió. Hijo del fuego. Nació en mis manos frías el aliento del rayo, el canto abrasador, el soplo derretido. Y yo, ¿qué más quiero? si tengo en mi boca, junto a mi, en mi entraña, el beso del fuego violento. Quiero degollarme en lo alto de la montaña si llega el día en que se acerquen las nubes y de un soplo me enfríen el alma, me apaguen el fuego. Si llega el día en que el hielo me grite, me sople, me tire, mis manos congele.
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