“Un tipo como yo no tiene cabida en
una ciudad como esta, pequeña Ellie,” Inhalo el frió vaho, pasa
rascando por mis conductos nasales. Su frente se apoya en la mía, la
mía en la suya. Se rozan nuestras narices, acaricio su labio con el
mio. Un beso, otro beso, otra vez su olor y su esencia, su gusto, su
tacto. Otra vez ella. “Los tipos como yo acabamos en prisión, eso
lo sabes. O sin cabeza, o en el fondo de un pantano” Le digo sin
ningún tipo de pena en mis palabras. “Te quiero, Ellie” Noto su
mano en mis costillas, me presiona, agarro su cintura. La pongo junto
a mi. Otra vez ella. “Pequeña Ellie...” Le suspiro. La única
persona que me ha tratado como una persona, la única persona que me
dio algo de cariño. Noto como una gota de sangre cae por el costado
de mi cara. Ellie mira mi rostro, mi horrendo y monstruoso rostro
cicatrizado con heridas y con sangre. Mi rostro feo por el que tanto
me han despreciado. “Vendrán a por mi, lo sabes.” No son más
que pequeños gemidos que no llegan a transformarse en palabras y
sudor frío lo que sale de Ellie. Un beso, otro beso. Una caricia en
mi áspero cuello, mis caricias en el suave suyo. Se me eriza la
piel, se vuelve árida y tersa. El suelo comienza a crujir. La
madera moribunda empieza a crujir. Comienzan a subir los escalones,
comienza a hacer sonido sordo el paso de hombres pesados por los
peldaños de caracol. Ella no los ha escuchado. La tomo la mano. De
forma elegante dan otro paso, suben otro peldaño. Tomo su boca con
la mía. Le coloco el flequillo como a mi me gusta, de derecha a
izquierda. Tapándole un ojo, su hermoso ojo. Otra vez ella y sus
pupilas, y su amor, el amor que me ha dado. “Ellie, ya vienen,
huye, escóndete. No merece la pena morir por mi.” le digo en
susurros a su oído. Yo por ella doy hasta el cielo. “Acabaré
reducido en cenizas.” Insisto sin ningún miedo en mi mente. Suben
otro peldaño, y otro. Respiro fuerte. Oxigeno mi sangre y mis
pulmones. Doy media vuelta y encaro la puerta. Nuestras manos se
aprietan. Yo no pienso dejarla a ella. Saco la pistola que tengo
entre mi pantalón y mi abdomen, empuño la otra que tengo sujeta en
mi cinturón. Ellie me coge de la cintura. Sé lo que tengo que
hacer. Se que esos bastardos están detrás de la puerta, se que
tienen acorazado, se que tienen más balas que yo, cuatro
ametralladoras automáticas, dos fusiles de asalto, tres escopetas de
dispersión y cada uno una pistola a la espalda. Un total de veintiún
armas, suficiente para acribillar a dos personas en una habitación
cuadrada de no más de cinco metros cuadrados. Pero les faltan un par
de cosas. Coraje, honor, honestidad. Amor. Todas esas mierdas que
hemos visto en los libros, en las películas. Todas esas mierdas que
nos han enseñado desde la familia y la religión. Pero cuando tienes
a siete malditos diablos detrás de tu puerta, siete jodidos
mercenarios venidos del infierno preparándose para hacer añicos la
madera de la puerta para acribillarte a balazos, y tú solo tienes
dos pistolas semiautomáticas y tienes detrás de ti a la única
persona que te ha hecho sentir persona, joder, persona en este
infierno, entonces esas mierdas, ese amor, esa honestidad, ese honor,
esa lealtad, esa lealtad que no debes a nadie, entonces eso se vuelve
certeza y doce balas son más que suficiente para acabar con siete,
aunque sean siete Satanás, aunque sean siete arcángeles malditos.
Rompen la puerta como he previsto. Se inunda la habitación. Sangre,
más sangre. Recibo un tiro en el costado, recibo otro en la oreja.
Mis dedos... mis dedos parecen no haber sentido el dolor en la vida.
Reaccionan. Un gatillazo. Otro gatillazo. Tres disparos, cuatro,
cinco, seis, te quedan la mitad. Descarto una pistola. Cuatro cuerpos
al suelo salpicando. Empiezo a deslizar. Un tiro en la pierna.
Empiezo a agacharme poco a poco, siempre con el torso erguido,
siempre cubriéndola a ella. Entre mi saliva y mi sangre en mi boca
salen palabras de... “Gracias” Siento como ella aprieta mi
cintura, como se intenta esconder pavorida, y como yo intento
ensanchar mi cuerpo para protegerla. Mi gabardina de cuero negro
reluce roja. El suelo se ha convertido en un mercadillo de sangre.
Empuño la otra pistola, mi último hálito de vida. Un disparo. Dos
disparos. Solo quedan dos tipos. Vivos. Cuatro balas, dos tipos,
armaduras, dos ametralladoras automáticas. Yo ya he muerto. Acabo de
sentir como el acero perfora mi costilla, como empieza mi corazón a
bombear sangre fuera de las arterías y las venas. No será la muerte
lo que me haga abandonarte, Ellie. Cojo su mano con la mía vestida
en sangre, me pongo de perfil al marco de la puerta donde se hallan
los dos hijos de las llamas, le doy un beso. Otro beso. Otra vez
Ellie, otra vez ella, otra vez... No me hace falta si quiera mirarles
para sentirles estando mis labios arropando los suyos, su nariz
protegida por la mía, mi brazo extendido. Uno. Dos. Tres. Cuatro
disparos. Tres tipos al suelo.
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