miércoles, 15 de mayo de 2013

El lado oscuro de la luna

Y en aquello se basaba mi juventud. En paisajes de atardeceres desde mi ventana, alta y perdida en un barrio alejado de la mano de Dios, y una escalofriante y perfecta música sonando en mis altavoces. Siempre era aquella puesta de sol tras los edificios de la ciudad, aquel cielo que de lo alto a lo bajo era azul marino, azul, celeste y después se fundía con el naranja del horizonte , ese perfecto naranja que ninguna cámara de fotos lograba pintar bien. El celeste se fundía con aquel horizonte como de oro candente pintado, volviéndose una borrón que yo describiría como incoloro o como gris contaminado. Recuerdo que había siempre nubes. Siempre. Nuvols. Las clasificaba en dos tipos: unas que eran como sumergir un pedazo de algodón en una marmita de oro derretido y sacarlo, dejarlo enfriar, y enfocarlo con una linterna. Eran deslumbrantes, de algún modo sabías que el sol, aunque no lo vieses, te era reflejado por aquellas mensajeras de luz. Era maravilloso, nubes con luz propia. También recuerdo que había unas que eran como muy oscuras, eran las grises, las que interceptaban mi conexión con el espacio infinito, las que interferían entre el firmamento eterno y yo, aquellas que por el contraste eran perfectas siluetas. Las nubes, fuesen del color o del tipo que fuesen, eran siempre preciosas. Y eso me encantaba, pues siempre había de ellas en mis atardeceres. Así era como se ponían a gusto mis pupilas, con estos paisajes oscureciendo tras el marco de mi ventana, atravesados verticalmente por la franja de metal que separaba las dos planchas de vidrio de mi ventana. Después estaba aquella música. Bendita música... Pink Floyd se llamaban. Fueron de lo bueno lo mejor, y de lo mejor lo más grande. Roger, Nick, Richard y David. Genios todos ellos. Estaban llenos de un ritmo magistral. Por las tardes negaba a mis tímpanos cualquier cosa que no fuesen aquellos ritmos entre rockeros y psicodélicos. Era algo espectacular. De un modo o de otro, o con ritmos lentos y de gloria o con guitarras y vibratos que se me clavaban en la piel. Recuerda el mejor orgasmo que hallas sentido nunca, enciérralo en tu mente y llévalo a tus tímpanos. Toma los gemidos de sumo placer y conviértelos en acordes, partituras, tablaturas, letras y coros y tendréis eso. De este modo se ocupaban mis oídos dejando de lado el mundo. Recuerdo que leí en las revistas musicales que eran los líderes y cabezas del rock que llamaban "progresivo". Recuerdo que con un tema de esta banda fue cuando por primera vez se me erizó la piel escuchando música. Mi hermano una vez me regaló un long play de ellos. Acabaron convirtiéndose en droga para mi. No es que dependiese de ellos, pero si alguien me hubiese privado de volver a escucharlos para el resto de mi vida, ya podía tener a mano un escudo. Esta era la forma en la que mis oídos se  volvían sordos a todo lo demás que no fuesen unos vibratos o unas guitarras un tanto distorsionadas o a una voz peculiar y unos ritmos increíbles  Escondo en mi memoria también el recuerdo de escribir en los papeles del cajón de mi escritorio algunos pasajes que se me ocurrían  pero nunca tuve fuerza, ni ánimo, ni perseverancia para escribir un libro o una novela. Pero me gustaba pasar las tardes encerrado en mi habitáculo escribiendo, mientras el sol huía a esconderse tras los edificios y las guitarras de mis altavoces jugaban a erupcionarme los poros de la piel. Pasaba horas y horas en mi habitación dejando el tiempo consumirse. De vez en cuando (una vez o dos por tarde) mi padre abría la puerta y entraba para preguntarme por qué no salía, qué escribía, qué era aquello que escuchaba o que tal me había ido el día. Manteníamos conversaciones por contrato familiar, conversaciones superficiales que ni a él le importaban preguntar ni a mi me interesaban contestar. ¿Qué tal? Meh.. ¿Qué escuchas? Pink Floyd, papá... ¿Estás escribiendo? Ahá ¿Y para que escribes?¿Es para el colegio? No ¿Para una chica? Que no ¿Para qué? No sé ¿Por qué no sales? ¡Yo que sé, papá! Y supongo que en aquello se basaba mi juventud, en no saber. En no saber nada, ni por qué. Simplemente en dilatar las pupilas observando el firmamento que ardía mientras el sol por ley de gravedad caía devorando los edificios de mi ciudad. En cosquillear mis orejas con los ritmos y las guitarras de Pink Floyd y con hacerme la mano doler a base de escribir textos inútiles pero que a mi me llenaban las tardes, para doblar los folios y guardarlos en el cajón de mi mesita del escritorio. Imagino que no sabía nada. Y tampoco es que me importase demasiado saberlo. Mientras pudiese mirar el atardecer, pensar en ti, escuchar mi grupo y sonreír ¿Qué más querría yo?

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