sábado, 25 de mayo de 2013

Granos de café

Esta mañana mientras me sentaba en el banquito de piedra de mi jardín, mientras escuchaba una canción que dice algo así como “No sé qué más hacer”, esta mañana me encontré un papel como mágico que caía desde lo alto del edificio a cuyos pies me rendía para disfrutar un ratito de tranquilidad y con mi música. Busqué con urgencia removiendo en el bolsillo de mi pantalón un lápiz con el que rellenar el papel nacido del cielo y decidí empezar a dibujar. Primero dibujé un muñequito, no muy elaborado, no muy realista, gracioso y bonito pero que a ojos de una compleja cabeza infantil resulta ser una persona. Después dibujé otro. Los dos eran bonitos, pero porque los dibuje juntos. Y bajo sus pies dibujé una nube redondita y algodonosa, blanca y limpia. También les dibujé una sonrisa en la cara a los monigotes, por supuesto, y también les dibuje una nariz, son personas. Uno tenía la nariz grande y ruda, el que era un poquito más alto, y el otro tenía una naricita que me encanta. Los dos tenían el pelo corto. ¿Ojos? Como no iba a dibujarle ojos, te he dicho ya que son personas. De pronto se miraron, y sus sonrisas se hicieron más grandes. ¿Qué no me crees? Pues chincha, yo te digo que lo vi, y yo estaba allí, en ese jardincito, en ese banco de piedra cuando ocurrió. Se miraron y de pronto la nube salió del papel, y ellos encima de ella, por supuesto. Empezaron a revolotear con la nube por el aire del jardín. ¡Menos mal que no lo vio ningún vecino…! Quién sabe lo que habrían pensado… Subieron alto, alto, alto. El sol me obligaba a cerrar los ojos, pero yo los veía, eh, tirados y agarrados a la nube. De pronto, se acercaron a mi otra vez, bajando lentamente, con cuidado de no caerse. Y cuando bajaban me di cuenta que el mágico papel ya no estaba en blanco. El travieso lápiz lo había dibujado todo. ¡Qué yo estaba allí, jo, que lo vi! Bueno. No lo vi, pero ¿Quién si no iba a haberlo pintado? Fue el lápiz solo, le vi esconderse después de la travesura. Había pintado la hoja llena de olas y de agua, con una isla en el medio de la cual florecían unas pocas palmeras y cocoteros. Era una isla bonita, pero parecía desierta, aunque debajo de una palmera había un pirata con una pata de palo y un parche en el ojo y un garfio por mano en su brazo derecho, y, y, y un cofre grande encima de su panza. El pirata parecía triste, y eso no me gustaba mucho, la verdad. Pero se alegró mucho cuando vio a mis muñequitos volver a la hoja. Se levantó, frotó el cofre, y se meció su gran y sucia barba negra y sonrió muy mucho mirando hacia arriba esperando que alguien bajase de ella. Mi monigote, el de la nariz grande y el que era un poquito de nada más alto, le dijo al de la naricita que se quedase en la nube, y saltó al agua y llegó nadando a la orilla de la playa donde el pirata que ahora sonreía, y me gustaba más,  le esperaba con un abrazo. El pirata le enseñó orgulloso su cofre. Le dijo que había sido un motín de una lucha contra un dragón… o contra Japón, o contra un jamón, no lo sé. Es que los dibujos hablan muy bajito y cuesta escucharles… Pero le dijo que era un motín, y le enseñó todas las brillantes monedas de oro que había dentro. ¡Eran muchísimas! Y el pirata se reía orgulloso haciendo botar su panza. Mi monigote le miró y le dijo que él también tenía un motín y el pirata le pidió que se lo enseñase. Mi monigote sonrió muy mucho y señaló a la nube donde mi otro monigote, el de la naricita que me encanta, estaba sentado viendo todo lo que pasaba en la isla. Le dijo que ella es un motín. Entonces el pirata se tiró a la arena a reírse y a patalear de la risa y mi monigote saltó muy alto y se volvió a sentar en la nube y le dio un besito al dibujito de la nariz chiquita, y la nube volvió a salirse del dibujo, y mis monigotes otra vez surcaron los vientos del jardín. El pirata se puso otra vez triste y miró hacia un lado y hacia el otro, viendo que estaba otra vez solo… No me gustaba verle triste, no me gusta ver triste a nadie. ¡Entonces me acordé del travieso lápiz! Y le saqué de su escondite debajo del banquito de piedra y le susurré con las palabras mágicas si podía dibujarle al pirata regordo una sirena linda y hermosa. El lápiz me miró y yo le sonreí y le volví a decir las palabras mágicas y salió corriendo al papel y de pronto apareció nadando entre las olas una sirenita rubia y linda. Al pirata le cambió la cara, y los ojos se le volvieron corazones que se salían de sus órbitas. El lápiz y yo nos revolcábamos por el banquito riéndonos del pirata y la sirena que se besaban y besaban. Mientras, la nube llevaba de paseo a mis adorables dibujos por el jardín. Yo los miraba sonriendo y viendo lo felices que eran los dos. Pero otra vez el lápiz… Le tuve que castigar pensando en una esquina del banco, como hace mamá cuando hago algo mal, aunque el ya había vuelto a pintar todo el papel. Esta vez había dibujado un dragón grande grandísimo que estaba protegiendo una torre en lo alto de un monte, una torre muy alta, tan alta que casi tocaba el cielo. La torre tenía ventanas con barrotes, pero no tenía techo, pero nadie podía escaparse porque las paredes eran muy altas. Y el dragón escupía fuego, mucho fuego.  Por la boca. Era un dragón feo y malo, pero había un caballero con armadura y un escudo y una espada contra el que peleaba, aunque el caballero no era muy fuerte… Pero él solo quería ver si había alguien en la torre y salvarle. Entonces la nube entró otra vez en el dibujo y tiró al monigote de la nariz linda dentro de la torre… Al otro lo tiró frente al dragón, que le escupió fuego en el culo y le quemó el culo. Yo me reía, aunque en realidad no me hizo gracia… La nube había sido mala, así que la agarre y la puse en la esquina con el lápiz, y agarré el lápiz fuerte y  le dibuje al monigote que tenía el culo negro  una armadura muy bonita y elegante, pero también era fuerte, muy fuerte. Le dibujé también una espada larga y gorda y que cortaba mucho, no te creas. Y después le puse un escudo que hacía el fuego rebotar. Y entre el caballero y el monigote mataron al dragón, le comieron la cabeza y lo asaron con su propio fuego para comérselo, y mientras el caballero que el travieso lápiz había dibujado se comía las patas del dragón, yo le dibujaba a mi monigote una escalera muy alta para que pudiese salvar al otro monigote, el de la nariz que me encanta. Y le dio otro beso. Yo me tapé los ojos. ¡Un beso!... aunque separé un poco los dedos… A una niña como yo los besos nos dan asco… pero no sé por qué el de mis monigotes me resultaba agradable… Pero por si acaso… Imagina que me hubiese visto un vecino… Entonces le dije al lápiz que borrase todo lo de alrededor del monte. Nada de praderas, que dibujase un mar rodeando el monte con mucho agua. Ah, y que no se olvidase de dibujarles a mis monigotes un muellecito con una barquita y dos remos, y si podía pintar un atardecer también se lo agradecería. Le dije las palabras mágicas, como mamá siempre me dice que pida las cosas, y me hizo caso con una sonrisa. ¡Si, si! ¡Él lápiz sonreía! Y en esa barquita se subieron los dos monigotes que había dibujado en el papel que había caído del cielo. Justo sonó la alarma de mi reloj y que tenía para indicarme la hora de subir a merendar a casa. Volví a mirar el dibujo y delante de un gran sol que se iba a dormir detrás del mar había una barquita con remos en la que estaban sentados mis dos monigotes, todo sombreado porque estaban como a contra luz, en la parte de abajo a la derecha del papel. Lo doblé y subí a casa para merendar. A lo mejor se lo regalo a alguien, o quizás lo llevo a la guardería para enseñárselo a la seño, o a lo mejor solo lo cuelgo en mi cuarto, en el estante de los libros. Quien sabe.



“Mi sonrisa al verte es lo más bello que me has dado.”

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