domingo, 13 de enero de 2013

Como una gota de Rocío

Debían rondar las horas en derredor de las 6 o de las 7 de la mañana, apenas se comenzaba a vislumbrar algún haz violeta o morado tras las colinas. Mark observaba estupefacto el paisaje mientras deshilachaba de reflexiones su cabeza. El paisaje, lo cierto, es que era digno de admirar. Aún era temprano en la mañana, o tarde en la noche, pero Mark había pasado la noche en vela, por lo que no le costaba esperar un par de horas más por ver el amanecer que en tantas otras ocasiones le había maravillado, además, se hallaba demasiado ocupado con sus pensamientos. Cada vez más, comenzaban a asomarse tímidos rayitos de luz tras las voluptuosas colinas. Rayos naranjas, o del dorado de la miel, algunos se vestían de violeta y otros se centraban en brillar amarillos. Las colinas lucían sus habituales hierbas verdes, algunas con sus amarillentas flores y otras simplemente se peinaban de rubios rastros del sol. Mark observaba las escasas estrellas que restaban en el cielo y que en cuestión de minutos dejarían paso al aura del día.  Dentro de su cabeza maquinaba, o aquello pretendía, el porque de ciertas cosas. Pensaba en los cambios que da la vida, como una conversación, una persona, quizás solo una situación, te hacía plantear nuevas cosas que hasta el día no lo habías hecho, o quizás le habías restado importancia. O las personas, monigotes de madera, amasijos de carne y tendones, esas personas que quizás para la historia no son nada, quizás para la humanidad no serían un icono, pero que para otras personas son un ejemplo a seguir, o simplemente alguien con quien hablar, aliviar las penas y ensanchar las sonrisas. Mark sonreía y agradecía la existencia de ciertas personas. No sabía muy bien por qué habían aparecido en su vida, sabía perfectamente como, pero ¿por qué? Eso era una duda que se le asemejaba imposible. Mark alzó la cabeza y agradeció primero al cielo la existencia de esas personas, después dio gracias a Dios, un Dios cuya existencia no tenía del todo por cierta, pero pensó que si de veras existía, merecía la pena agradecer. Quizás al destino, se planteó, y de igual manera se lo agradeció. Al bajar la cabeza vio como las colinas comenzaban a cubrirse misteriosamente de un manto de espejo que reflejaba los, cada vez más, dorados rayos de luz solar. ¡Como gotas de Rocío! pensó Mark. Se maravillaba de pensar como las personas aparecían en las vidas ajenas como las gotas de Rocío en el campo y las colinas, sin motivo aparente, simplemente brotaban para hacer de aquel maravilloso paisaje un cuadro de relajada alegría. Las personas aparecían, unas se quedaban, otras se iban, unas deseándolo y otras porque tocaba. Las personas aparecían para hacer de la vida un cuadro de sonrisas y golpes, de lágrimas y furia, de esperanzas y emociones. Como gotas de Rocío que brotan del amanecer. Frágiles y preciosas. Mark se levantó y cerró los párpados. Inhaló el aire fresco de la mañana y expulsó por la boca el denso bao. Se agachó sin abrir los ojos y al apoyar una rodilla sobre el césped  situó las dos palmas de sus manos a los costados, las cuales fueron humedeciéndose a causa del Rocío. Por último Mark sonrió y agradeció al Rocío.

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