jueves, 24 de enero de 2013

Dentelladas de tu rosa

El sol quería esconderse tras las borrascosas montañas. El anochecer estaba apunto de terminar, y la noche de comenzar. Los tonos de azules y negros se vislumbraban en el cielo. Los luceros que colgaban de la aurora manchaban de amarillas punzadas la marina noche.  La luna hacia un curioso "claro" en la penumbra de la noche. Aunque la noche ya empezase a penetrar en nuestros horarios, la luz que reflejaba el asteroide blanco pincelaba el césped del campo de blanco y gris. Allí permanecíamos sentados sobre dos arenosas piedras, ella a la derecha y yo a la izquierda. Giré mi rostro y balbuceé:
-Y bien... ¿Qué te parece?
-¿Dave, que quieres que me parezca? - Lo cierto es que su tono de voz tan solemne y profundo me hizo  pensar que había de prepararme para una circunstancia. Lo cierto, es que me equivocaba.- Dave... - Parecía que de un momento a otro iba a echarse a llorar. No a echarse, si no, que involuntariamente una de sus delicadas lagrimas remaría por sus mejillas, no de dolor... no de sufrimiento... de emoción, de alegría.- ¿Que quieres que te diga, Dave? La luna brilla para mi, de la misma que forma para ti... las hierbas se tiñen de blanco del mismo modo que para tus ojos, para los míos - me decía mientras estiraba su delgada y bella mano señalando los paramos de la montaña - Dave... es precioso. - Y no me equivocaba. Efectivamente, sus ojos comenzaron a pestañear a una velocidad vertiginosa. Y a dejar escapar unas gotas. Se me quedó mirando atónita. Sus ojos transmitían pureza en sus sentimientos. Nada más que verdades. Nada más que lo que ella quería decir, ella.... o su corazón. Yo la miré penetrantemente.

Y ella me saboreó. Inhaló el olor de mis mejillas. La noche dejó embelesarse en pétalos de rosa, comenzó a desteñir aquel blanco de reflejo lunar que hace unos minutos eran blanquecinos y grisáceos  Desteñían para hacerse púrpuras, rosas, magentas y escarlatas. El césped se volvía.... No sabía sinceramente. Jamás hubo tanta pasión, tanta fuerza en un cerrar de ojos. Algunos médicos aseguran que cerramos los ojos cuando besamos, porque intuitivamente volvemos a ese estado prenatal. Mis ojos estaban demasiado centrados en sentir el gusto de su pasión y el tacto de sus labios. La noche... la oscura noche dejó de ser oscura. Dejó de ser noche para convertirse en velada. La noche dejó de ser noche, para ser ella y yo. Yo y ella. Para ser pétalos de rosa ardientes, para ser hoguera aromada de vientos y de estelas. Para ser caricias y sonrisas, y miradas y salvajadas. Nos mirábamos de vez en cuando, pero... aquellos labios, aquella sonrisa era superior a mis fuerzas. La noche se había envalentonado a unirse a aquel juvenil jolgorio de individuos en medio de una placida oscura aurora. La noche había olvidado que significaba ser noche. La noche... volvió a ser hoguera en nuestras miradas...

            (Suena Thats enouugh for me, y el lector/espectador cierra los ojos)

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