jueves, 10 de enero de 2013
Adiós tiempo eterno
Ella se marchaba bajo el verdaceo techo que crecía de los pinos. La lluvia caía en forma de rocío bajo la bóveda de aquella arboleda y sus cabellos iban oscureciéndose, el rojo iba volviéndose negro, y la alegría y el nerviosismo se teñía de melancolía y frustración. Él observaba las huellas que aquellos pequeñitos pies iban marcando en el sendero. Él se hallaba de pie en medio de aquel caminito cubierto de punzantes pinos y arreciante lluvia. Estaba de pie, pero sus rodillas temblaba. Era como si hubiese caído derrotado sobre el arenoso camino y se le hubiesen magullado. Ella caminaba, y se alejaba, iba perdiendo nitidez y figura a lo largo del recorrido. Quizás correr detrás de ella, y tal vez tropezar. Sacar un ultimo resquicio de grandeza, una ultima punzada de orgullo y coraje. O simplemente quedarse donde uno se hallaba, con la derrota agarrando del cuello y la melancolía en la espalda. Los grilletes del olvido presionaban sus tobillos. Una fuerza tiraba al suelo, pero el se erguía de pie. Por orgullo, por convencimiento. Por no dejarse vencer. Por ser realista y luchar contra lo imposible. Porque... quién sabe si ella volvería a oír su respiración. Los días van y vienen... Quién sabe si volvería a soñar esos labios finos y esa nariz respingada. Quien sabía, de veras, si volvería a observar esas iris marrones. ¿Quién?¿Alguien podía volver a jurarle la vida? Y pensar... pensar que es lo que sería de toda esa tinta derrochada en su deseo, todas esas palabras formuladas y conjugadas a la merced de su sonrisa. Que sería de todos los momentos de ilusión. Esa metamorfosis del nerviosismo a la frustración, ese maquiavelico proceso. Esa máscara que tanto ama la vida ponerse, esas ganas de dejar de ser simple y efímera para creerse compleja. ¿Por qué motivos? ¿Por qué? ¿Y porqué ahí? Debajo de los altos pinos de aquel bosquecillo que de marrón y verde se teñía. Bajo aquel techo de ramas y filosas hojas que apenas dejaban pasar los haces del sol, aquel techo entrelazado que llenaba el sendero de un misterioso aire grisáceo que parecía estar al acecho siempre. Imagino que la vida saca una sonrisa en la tajo más profundo y un tajo en la sonrisa más honda.
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