lunes, 16 de octubre de 2017
En línea
Debemos parecer realmente estúpidos. Me encanta la noche, y todo lo que esconde. Todo lo que esconde porque es el momento en el que más claras vemos las cosas. La gente debe estar durmiendo. Las farolas tiemblan de frío sin nadie bajo ellas que baile, sin nadie bajo ellas que se bese por primera vez. La ciudad escruta un silencio inasible, aunque nunca duerme. Cada uno en su casa, asomado a la ventana, a un espejo interior. Mirándonos el alma a través del cristal, sin atrevernos a pronunciar nuestro nombre. Sin agallas para dar las buenas noches. La noche opta por el silencio. La oscuridad. La oscuridad en la que el alma, por tenue que sea, irradia. El silencio en el que el hartazgo, por leve que sea, grita. En cada cama hay un sueño ocurriendo dentro de la cabeza de todos aquellos que a la pocas horas abarrotan las calles. ¿Pero tú? Tú no. Y yo tampoco. Tú lo sabes, si. Y yo también. Porque te veo. Tú también me ves. Nos vemos trapecistas sobre la línea. Mientras todos los demás callan, porque los muertos no hablan. Y nosotros, aunque vivos como nunca, decidimos morir. O por lo menos no tenemos los cojones de alzar la vista y saludar. De escribir. Tú y yo no estamos dormidos, pero es como si prefiriésemos hibernar con los ojos abiertos, en vigilia. Envueltos en el humo de la noche. En el vaho del silencio que nos prestan los dormidos. Aunque estemos más despiertos que la luna y un portal. Ya sé que tu me ves. Asomado a la ventana tomando el fresco, penetrado, con la mirada bajo las nubes. Yo te veo igual. Y así me ves. Así nos vemos. Insomnes ante el cristal. Sobre una silla, contra la pared, mirando el techo, pisando el suelo, acostados en el piso. Debemos parecer realmente estúpidos.
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