lunes, 9 de abril de 2018

Bienvenidos a la Biblioteca

Al final en esta vida caótica de la que uno mismo es motor y nervio, es fundamental mantener en el centro el amor. El ajeno y el propio. El dado y el recibido. Al final en esta vida de hechos frenéticos, de movimientos pausados y caricias aceleradas en el que nos movemos buscando a tientas entre el gozo y la virtud, somos nosotros también.
En este mundo que se mueve a velocidades vertiginosas y que pereciera que le dice a uno que no se quede parado, es crucial quedarse quieto, de pie, en el medio. Y observar cómo todo pasa, y todo queda. Observar como todo gira y se acelera en esa habitación dorada.
Me temo, así os lo cuento, que es la forma más real de ubicarse en la realidad. En verdad, es imprescindible no dejarse llevar por la inercia del mundo y las corrientes prestablecidas, y volver a tomar consciencia de un Dios que habita en uno mismo.
En esta imagen, así como os la describo, veo a mi alrededor todos los hechos, todos los rostros, todas las escenas y los comentarios que orbitan a una velocidad incontrolable. Y no me corresponde a mi controlarlos, ni sentirme ajeno a ellos. Pero lo que sí me corresponde es alumbrar con claridad para poder ver más allá. Y ante el temor -ya os conozco- que muchos me diréis que tenéis, o la falta de fuerzas para ser capaz de atravesar con la mirada ese muro de veloces mundanidades, os digo que comencéis por miraros a vosotros mismos. Que os paréis en medio del torbellino cotidiano de vuestra historia, y os miréis en las pupilas. Porque lo que encontraréis al otro lado, será exactamente eso.
Hay que estar alertas, hay que estar atentos, para tener presentes que es lo que realmente importa.

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