Y entre
cada letra que pronuncié, escribí idéntica cantidad, a pesar de que tu corta y
profunda vista no la alcanzase a leer. Entre cada sueño que soñé, hubo un
temblor de despertar y en cada tiritar del frío que por la rendija de mi
ventana se escabullía aparecía un
jilguero susurrando un cante en el alma de mi oreja. Entre cada tacto y cada apretar, se
resquebrajaba mi aliento en un suspiro y un jadeo que por la catarata de un
cuello cosquilleaba. Entre cada aleteo de un vuelo hay un giro de cabeza que
atestigua cada instante en el que el sol cae y la luna se alza, las nubes
oscurecen y brillan las estrellas. Entre cada colmillo desgarrador, entre cada
helada cúspide fluye un tibio tinto arroyo que ahoga el alma en un sollozo
sordo. No ha de haber una ausencia si jamás hubo presencia. Donde no hubo
calor, no ha de sentirse el hálito que congela. Si hubo un papiro para ser
escrito, no podrá permanecer intacto. Quizás no solo sepa la mano tocar y el
ojo ver. Quizás el que ansíe más allá, deba enseñar al olfato a saborear y al
gusto, escuchar.
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