martes, 17 de septiembre de 2013
Katherine
Y aunque sé que la primera vez que encuentres uno no me lo dirás, te lo guardarás para ti, te sentarás al borde de tu mullida cama a leerlo y a releerlo en busca de cualquier cosa que creas que pueda no ser de mi aprobación, sabiendo que en realidad no existe, porque no hay nada que yo haya de aprobar. Y en caso de que me lo digas, me lo dirás tímida, mirando al cielo y sonriendo. Por supuesto no lo llevarás encima si decides revelarme que lo encontraste, y no será hasta que yo te insista mucho cuando me lo des. Y en realidad, aunque te diría que sí, no me termina de importar. No mientras lo leas, y lo releas, y no en busca de mi aprobación si no en busca del pensamiento que un día dejaste plasmado en ese fino y quizás arrugado pedazo de papel. Ese pensamiento que un día vio la necesidad de salir por tu suave mano apoyado en un lápiz o en una estilográfica. Y en realidad no me importa, porque sé que tarde o temprano, cuando hayas exprimido ese pensamiento, con el que quizás hoy no no estés de acuerdo o tal vez sí, y veas que eso fuiste tú. Y entonces oiré brotar de tus labios esas palabras mientras tus pupilas se deleitan con tu escritura y mis oídos se deleitan con tu voz y tus palabras, con tu pensamiento.
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