Entre las butacas acolchadas en rojo terciopelo se hallaba mi cómplice, acomodada entre risas y diálogos. Y yo... bueno, yo merodeaba por el escenario mirándola y sonriendo. Nada más, desempeñaba mi tiempo sonriendo su sonrisa. Me miraba esperando que escapase por mis labios algunas de las palabras de un texto. El peso de mis pasos se hacía tangible en el leve crujir de la tarima, la gravedad de mi alegría se divisaba en mi sonrisa, y en sus pupilas... en las pupilas de mi cómplice se podía observar el motivo de aquello. El motivo de quemar una tarde encerrado en una sala, entre butacas y bambalinas. Era en esa iris marrón donde estallaba escondida la razón que no quería ser reconocida. Era en esos ojos, en esa nariz, en ese rostro. Era por ello por lo que dejaba de lado el mundo, por lo que hacía de mi universo una jungla, una pequeña gigante jungla. Era por esa cara, por esa sonrisa y esa... esa... era por esa.
-¿Qué por qué me subo a un escenario?- reí - Bueno... - y tras lo que para mi pareció un silencio de meditación bastante breve - Como sabes, la vida es... una simplicidad construida por pequeñas complejidades. Que la vida es mucho más simple de lo que pensamos, que hay que vivirla, no es nada nuevo para ti - volví a reír Pero.. como que a veces se pone una máscara de incomprensible se enfada . Y se cubre con su manto de complicidad y.. no sé. Claro que también es posible que esa máscara se la pongamos nosotros... No sé, en definitiva es interesante. Pues es por eso. Creo que... Suena creído y profesional ¿no? Pero, creo que solo soy capaz de quitarle la máscara que le pongo a la vida desde un escenario. Se ve todo tan... simple desde aquí. Como que la vida está un escalón más arriba que yo y que para desnudarla y volverla llana, hacerla... simple, como tú y como yo, como que para verle el rostro de verdad, necesito subir al escenario. Si no, no llego.
-Ya... si te entiendo. O sea, no subiéndome a un escenario pero... si, vamos. Es que no se como decírtelo - sonreí - Pero si.
La miré. Continué caminando y me senté al lado de la boca del escenario, justo en frente de ella, con una fila de butacas entre nosotros. Fue un encuentro de intenciones. Cruzaron mis deseos y sus ganas. Se realizó un místico silencio que mutiló al oído. El ruido del silencio ensordeció. Como un sicario, solo quedó en pie la vista. Quedó clavada en sus colmillos, en esa sonrisa desprotegida. En esos ojos que me susurraban: venga... habla.... Forcejearon mis ganas de besar y mi inseguridad. Mi ansia de sangrar y mi entrega. Quedó en pie solo su mirada en la mía mi mirada en la suya. Tras un tiroteo de silencio, solo quedaron nuestras sonrisas.
Comencé a balbucear mientras me ponía en pie y caminaba por los pasillos laterales del aforo.
-Tras cada paso venía otro... y otro... y otro... y después, quizás, un charco. A lo mejor después otro, quien sabe. Bajo la lluvia todo se volvía somnoliento, todo se encontraba entre la delgada linea de lo absurdo y lo certero. Todo era tan simple, tan fácil Correr.. bajo la lluvia. Un charco, después otro, y otro y un estruendo de carcajadas. El ritmo de mi zapateo combinaba con el de las gotas. Con la humedad y con el agua, con el viento que rodea, sin dilación, se acercaba mi sonrisa. Correr cuesta abajo de su mano. Y mañana ya veríamos, pero ahora.. ahora solo coexistían la alegría y su sonrisa. La fuerza con la que duramente caían las gotas del firmamento sobre mi rostro no eran tan si quiera semejables con un ínfima porción del bienestar que una de sus sonrisas podía proporcionarme. Mirarnos, empaparnos de nosotros, de sonrisas, de gotas, de miradas disparadas de una diana a otra. Rodearnos como el viento. Humedecer, empaparse, revolcarse en el tiempo y en la vida. Correr sobre la vida, saltando en sus charcos, salpicando cada sonrisa y cada carcajada, cada respiración acelerada. Cada latir apresurado y cada silencio que se ansía romper. Salpicar la vida de nosotros, de miradas ígneas y sonrisas devastadoras. De sus ojos, de su sonrisa. De esa situación, de esa personita y de esa... esa... de esa. Y por esa.
Podíamos hacer dos cosas: O bien admitir nuestra ridiculez, reconocernos diminutos ante la radical realidad. Y disfrutarlo. O nada. Y disfrutarlo.
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