Correr, correr, correr y correr..... Correr bajo aquellas enormes copas verdes era una sensación tan mágica. Sentía que me faltaba rostro para que cupiese mi verdadera sonrisa. Un riachuelo de unos 10 metros, 15 tal vez, dividía aquella hermosa y verde explanada, cubierta de césped verde y vivaz. A los bordes de este arroyito se hallaban unos bordillos de dos metro de ancho, de piedra lisa y pulida, donde intrépidos paseantes como ella y como yo, gustábamos de colgar nuestros pies descalzos y de vez en cuando romper la calma de alguna con la puntita de nuestro pies. Correr, correr y seguir corriendo.... La explanada alfombrada de hierba corría a más de 2 kilómetros de longitud y a sus bordes, a unos 50 metros de anchura, aproximadamente, hacían cola las espesas masas de arboles, sanos y fuertes, de una copa espesa. De una copa similar a la que se puede ver en los folios de los niños pequeños, formadas por un grupo de círculos, unos mas grandes, otros mas pequeños, pero todos parte de una única y hermosa copa. Una tras otra, tras los más de dos kilómetros de extensión. A lo largo del ratejo que allí pasamos no paré de preguntarme por qué motivo eramos las personas privadas del placer de entrar en ese maravilloso lugar, por qué razón solo los que estábamos dispuestos a cometer una ilegalidad gozábamos de estar ahí. A continuación, agradecía que fuese así, y encontrarme allí solo, acompañado por ella. Vivir a la deriva, y pensar que todo marcha bien. Dame la mano, y a correr. Correr, correr, correr y correr.... y tropezar y revolcarme por el suelo , y revolcarme con ella, y reír, a carcajada limpia. Y tumbados en el suelo, con nuestras manos todavía entrelazadas, ver la verde copa que el árbol sobre nosotros cernía y de fondo un cielo gris y pálido que hacia brillar más fuerte el verde del césped que acariciaba mi nuca, que acariciaba sus pies, y el verde que cubría nuestros cuerpos. Sentí de pronto, una lágrima, en mi pecho, y otra, y otra más. Diminutas lagrimas del cielo que no cesaban de caer. Gotitas que parecen no caer, pero que empapan. Mi rostro mojado y su melena también. Y reir, y sonreír, y volver a sentir el rostro demasiado chico para abarcar semejante sonrisa, y semejante anchura en el pecho, y respirar profundamente y olerla a ella. Y mirarla, y apretar su mano...
Corre, correr, correr y correr... pero correr sentado. Tirado en una alfombra verde y bajo un techo gris, riendo frente a una melena empapada, frente a una respingada preciosa, a una finura que enloquece. Pararme, correr, contar hasta diez, y dejar de correr, dar la vuelta mirarla correr, contar hasta cinco y abrazar, bajo la lluvia. Y reír, reír, reír y reír.... Que todo marcha bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario