lunes, 8 de octubre de 2012

Die Theater

Era impresionante. Todo el mundo iba al teatro, se sentaba, comenzaba a susurrar, caía el oscuro, comenzaba la obra, y sus rostros no cambiaban durante la hora y media, a veces dos horas. Cualquier persona pensaría que se trataba del más malo escritor, director, guionista, pero ninguno de estos cualesquiera se pararía a pensar que cuando algo no nos gusta, no mantenemos el mismo aspecto, mostramos desapruebo, enfado, asco, aburrimiento... Pero él no. Él conseguí que durante dos horas los músculos de la cara de doscientas personas, en ocasiones trescientas, se paralizasen al completo. SI ya por si solo esto era digno de admirar, si no fuese porque todo espectador de mi maestro fuese testigo, no me creeríais  pero una vez terminada la obra, se encendían los focos y nadie hablaba. No obstante si que se levantaba un leve murmullo, leve, muy leve. Era como si en la sala se abriese de repente una ventana que lejanamente diese al mar, y se escuchase la mar de fondo... muy levemente. Pero no era hasta salir del edificio, del edificio del teatro cuando empezaba el verdadero misterio. Yo solía quedarme al lado de Max cuando finalizaban sus obras, nos sentábamos los dos en la boca del escenario con las piernas colgando y escuchábamos  ¡Era fascinante! Una vez no quedaba nadie en el teatro comenzaban a estallar, a quebrarse y a golpear las risas. Profundas carcajadas, golpes de aire. Los tonos más graves y los gritos más agudo podíamos escuchar. El apoyado sobre sus nudillos fruncía el ceño, cerraba los ojos y sonreía. ¡A mi me era inevitable reírme  No eran risas como las que se oían fuera, evidentemente, pero... No sé, era un risa. Sospecharía de la gran facultad de los actores. Seguro que era eso. No podía ser otra cosa, si no fuese porque hasta las menos leídas gacetas sabían que Max jamás contrataba dos veces al mismo actor. Me encantaba sentarme en el sofá de Max cuando el se disponía a escribir, y después me ofrecía una placentera lectura, y cuando de su boca salían sus cómicas y, en ocasiones, ácidas ocurrencias, yo reía. Y me preguntaba el por qué de aquello. Por qué yo me reía al escucharlas y dejaba de reír cuando cesaba. Por qué cuando estaba en el teatro y veía representadas de forma impresionante sus magníficos textos, mi cara no se movía, y cuando mis oídos dejaban de oírlo  comenzaba mi hilarante risa. Era sorprendente. No había otra palabra. Era... mágico. Recuerdo bien la vez en la que más a flor de piel tuve aquella sensación. Max estaba sentado sobre su silla frente a la mesa del salón, como era costumbre las tarde de los martes que llovía. Max dejó caer la estilográfica sobre la madera de la mesa, y me miró, como era costumbre, invitándome a  oír su lectura. Fue curioso, cualquier persona que hubiese leído ese texto habría pensado dos cosas. La primera que era extraño que Max hubiese escrito algo similar a una tragedia. Lo segundo que habría pensado era que yo me hallaba en estado febril. El texto indudablemente era una tragedia, pero mis carcajadas no podían parar de oírse  No me habría extrañado que Max me hubiese mirado y me hubiese callado, pero él me miró con una sonrisa dibujada en su rostro. El día del estreno, escasas semanas después de haberlo escrito, como era costumbre nos sentamos los dos en la boca del escenario al haber abandonado el público al completo el teatro, esperando oir la reacción. Pasó un minuto... dos... cuatro. Comencé a llorar. No se debía a la nula reacción del público. Era... como las obras anteriores. Mi respiración aceleraba, y se iba haciendo de plomo. Max seguía apoyado sobre sus nudillos. Mis rodillas brillaban de las lágrimas que sobre ellas había echado. El teatro permanecía en silencio. Se escuchaba ocasionadamente el frenar y el acelerar de los vehículos por las calles de al rededor  Seguía dejando caer las lagrimas por mi mejilla... Si hubiese tenido que juzgar por el ruido, habría puesto la mano sobre mi pecho apostando por que nadie había pasado por aquel teatro en muchas horas. No obstante todos se encontraban allí fuera. No se oía un murmullo, pero se notaba una presencia. Una, y otra, y otra lágrima más que caía. Miraba a Max entre lágrimas preguntándome que habia hecho con aquella hilarante "tragedia". Max me miró a mi esta vez. Jamás había visto entre lágrimas una sonrisa tan amplia. Jamás había visto a Max sonreír de esa manera. Giró su cabeza, que todavía permanecía apoyada sobre sus nudillos, y me miró. Puso su mano sobre mi hombro y con la otra quitó de una el agua que habia sobre mi rodilla izquierda. Era... mágico.

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