lunes, 15 de octubre de 2012

Ekor-bolin 12:50 Nº: 1997

12:48. Estación Ekor-bolin. 2 minutos para el arranque. 15 vagones. Rojo escarlata. Número 1997. Un aspecto precioso. Perecía que mi viaje iba a ser tranquilo. Apostaría que no muy largo, aunque tampoco breve. Posiblemente dentro hubiese alguna cafetería, en el 4º vagón posiblemente. Decidí sentarme en aquellos bancos de áspera piedra, esperando a que saliese alguien de la locomotora, posiblemente con una chistera por cubre-cabezas, y gritase: "¡Todos dentro!" Posiblemente prolongando esta ultima palabra.

         Cualquiera que pudiese leer mi mente habría afirmado, confirmado y asegurado que mi estado era nervioso. Y se equivocarían. Al conocer su error pensarían que se trata de un agente de la Gestapo, de la KGB o de la CIA. Pero volverían a errar. Soy S.P. Abinal, una persona rara. Soy un analítico por experiencia. Observador nato. ¿Curioso? ¿Chismoso? No lo creo, simplemente observador.


      Sonó a los dos minutos, conforme al horario, el grito de un hombre con chistera que salia de la locomotora gritando la frase que yo esperaba que dijese, alargando la ultima palabra. Tal como yo lo esperaba. Avancé los 3 metros que me separaban del vagón y entré en aquel tren con destino Risindel. El suelo de moqueta acababa de ser limpiado, y los asientos de cuero brillaban como gotas de roció. Entre cada dos asientos, puestos mirándose el uno al otro, había una pequeña mesa que los intercedía. Decidí sentarme en un asiento en dirección opuesta al sentido del tren, pero mirando la puerta por donde entran los pasajeros. Es una pequeña y peculiar afición mía. La mesa de madera que separaba mi ubicación y el asiento de cuero de enfrente estaba recién limpiada, pues todavía quedaban un par de rastros de agua que estaban en lenta y constante desaparición. Conforme entraban pasajero, mi mirada se levantaba hasta topar con el ala de mi sombrero para observarles y analizarles. Solo mi mirada se movía, ni mis cejas, ni mi cara, ni mi ceño, si quiera mis parpados se movían. Primero una familia bien, puesto que la madre vestía zapatitos de charol, vestido negro de seda y un sombrero de ala ancha, negro también; el hijo prendía unos náuticos y los calcetines hasta un palmo por encima de su tobillo, unos pantalones cortos de vaquero y una camisa de cuadros azules y blancos. El padre, un hombre de aproximadamente un metro noventa, vestía una americana gris, con unos pantalones del mismo tejido y color, unos zapatos italianos, ya que eran de punta cuadrada y podían verse los colores blanco verde y rojo en el herrete de cordón. El padre posaba su mano derecha sobre el hombro de su mujer y con la otra aguantaba un puro del cual desprendía las cenizas azotándolo con su indice adornado con una sortija dorada. Familia de bienes. A continuación entró al tren el rostro que durante infinitas semanas había estando ansiando ver. Su perfil... Era su perfil. El pelo rojizo le caía por el hombro derecho impidiendo ver sus ojos. Sonreía con una sonrisa que más bien parecía una risa sorda: Sus finos labios pintados de carmín separados pero ocultando la dentadura inferior y brillante la de arriba. Sus pómulos se alzaban y  su respingadita nariz asomaba de entre su rostro cubierto de melena. Su jersey de rayas azules y blancas cubría en diagonal hasta una de sus rodillas y una de las mangas se la había recogido hasta el codo. Sus vaqueros negros finalizaban en sus zapatillas negras también.  Giró, se detuvo, parpadeo. Cerro la boca y me miró con una mirada neutra. Una mirada neutra que tras su pincelada sonrisa parecía arder en rabia. Quería hacerme creer que estaba enojada, desconcertada, rabiosa. Esperaba que cambiase mi postura mostrando incomodidad o apartando mi mirada; Por favor,ni que no la conociera. Y volvió a sonreír. Avanzó uno, dos, tres pasos. Se puso frente a mi, en el asiento de cuero de enfrente, sin sentarse todavía. Apoyó sus manos sobre la estrecha mesita de madera ya seca, y acerco su rostro al mio. Yo seguía con los codos apoyados sobre la mesa, mis manos juntas y mi barbilla elevada y apoyada sobre estas. Podía sentir el calor que el cuerpo humano desprende dada la escasa distancia a la que había ubicado su rostro del mio. Estábamos frente a frente. Clavándonos el deseo, la mirada a través de mis traslucidas gafas. Nuestras narices parecían rozarse. Frente a frente. Nariz al tacto de nariz.... Labio con labio.

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