miércoles, 21 de noviembre de 2012

15

-Hola. ¡Hoy vengo a daros las buenas noches!- Respiró hondo y estalló en carcajadas. Allí se encontraba él, omnipotente, supremo. A sus 15 años no necesitaba otra cosa que un concierto de petardos, un mechero, algo más de pólvora sin comprimir y el techo de una gasolinera. Lucía sus habituales zapatillas blancas que con el tiempo, el desgaste y el correteo por las calles se habían vuelto grises. Sus vaqueros negros, gastados y con algunos agujeros a la altura del tobillo Su jersey gris y el gorro negro de lana, luciendo en la cabeza.

         La fuerza con la que sopla el viento en febrero, el ruido de un trueno en una noche callada y estrellada, la presión del agua contra las paredes de un embalse, el corte de un hachazo en un arbolillo quedan muy por detrás del deseo adolescente. Esas ganas de... correr a la deriva, golpear una piedra contra un cristal y reír  fumar un cigarro y vigilar, hacer el amor y besar. A Robert solo le hacían falta un par de espectáculos de fuego. Y una chica por supuesto.
 

Caminaba por las ruidosas tejas de aluminio que hacían de techo en la gasolinera de la esquina que daba a la autopista. Desperdigaba lentamente la pólvora por los bordes del techo y cada 3 pasos dejaba la mecha de un petardo tocando la pólvora, para después disfrutar de su concierto. 1,2,3...... Era como un cosquilleo a cámara lenta. El sonido de la pólvora cayendo por los bordes de metal del techo. Era como rascar larga y lentamente la superficie te una darbuka. Y correr haciendo ruido del fin al inicio, y prender son su manchado zippo la cola de pólvora. Correr. Y besar los labios de ella y explotar los oídos con un concierto de pólvora, luz y cariño. Besos. Y truenos. Y roce. Bramido. Y cuerpo, y piel, humedad y deseo. Y estruendo. y brillos. La fuerza de un relámpago se queda atrás...


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