Estaba sentado en medio de una calle muy grande de cuatro carriles, dos a cada lado, y en medio un paso peatonal con muchos arboles, las hojas del otoño recién lloradas, esparcidas y alfombrando el suelo verdemente húmedo. Y a los lados del parque, un poco en pendiente, un césped manchado de hojas rojas y naranjas. Y en medio de ese festival de colores un cuerpo que sostenía en la diestra un lápiz y en la siniestra un papel. Los coches pasaban frente a mi, los autobuses, los ciclistas, los trabajadores y los estudiantes. Uno se siente raro quieto, sentado en medio de tanto movimiento. Era una carcajada mental. Todas las cabezas de la ciudad aturdidas de objetivos, prisas, ordenes... y uno se sienta entre las hojas a escribir. Era como un coma siendo consciente. Solo estaba yo, el jazz, el papel y las ganas de escribir. Ni el estudio, ni los objetivos por cumplir, ni ella. Bueno, ella siempre estaba, pero ahora no podía confundirme. Tenia el lápiz por espada, y papel por escudo. Pero no me hacían falta. Uno de vez en cuando es libre, tiene que escucharse, y olvidar el resto. ¿Su sonrisa? Efectivamente, preciosa. Como palpar la libertad.
Sepan los nacidos,
y los que van a nacer,
que nacimos para vencer,
y no para ser vencidos
No hay comentarios:
Publicar un comentario