sábado, 22 de septiembre de 2012
El rojo de tu amapola
Como la cuerda de un arco. Como la flecha que atraviesa el cráneo. Yo que todo daría por ella, derruido mandando mis plegarias al viento y deseando conocer el sabor de su saliva, y el calor de su cintura y el misterio de su mirada. Es cierto, como ella me había dicho, nunca habíamos tenido una gran confianza ni un gran sentimiento más allá, pero... la quería. Y yo... ¿Que había hecho para merecer estar en su altar? No... no había hecho ningún esfuerzo para que el me idolatrase, solo había mostrado una sonrisa y sido amable... Y su sonrisa me mataba. Me desgarraba el rostro, me sajaba el pecho vivo, me estrujaba el corazón y manchaba de rojo mi pensamiento. Del rojo del que se tiñen los campos de la montaña y pincela las habitaciones prestadas de París. Del rojo que pintaba en sus labios, y no del que más tarde querría estallar en cualquier rincón. No del rojo que sangra en el tajo profundo, si no del que bañaba las copas de lambrusco en una noche agitada. Y su sonrisa, la sonrisa de ella, me hacia brotar... Me hacia... Y en cambio era un chico agradable, simpático con cierta sabiduría, sonriente, un tanto atractivo, pero ¿quien soy yo para romper su alegría? ¿Quién soy yo para derrurile, empujarlo al vació y observar como cae? Y después observar desde arriba como el intentaría trepar hasta volver arriba, arañado por el viento, arrugado por el tiempo, hasta llegar arriba y mirarme como me miraba antes de ser arrojado. Me dijiste que siempre dijese la verdad, aunque duela... Y nunca le dije, que a todo hay que darle alas, aunque ni si quiera tenga piernas. Y ella me miraba tristona. Y yo la observaba molido, como acribillado, ese rostro que tantas sonrisas me habia prometido, tantas sonrisas me habia dado, tantas sonrisas habia mostrado, ahora me clavaba unas comisuras cerradas, mirando al suelo. Y aunque ella no crea que sea así... quiero pintarte una sonrisa con el rojo de mis labios... Y aunque ni yo ni el, solo el tiempo, tal vez el destino, solo sepa que pasará, si promete hilar una sonrisa en mis rasgos, daría alas al sueño... Y yo correré debajo de su sonrisa, la sonrisa de ella por si esas alas fallan, volver a empujarlas y que jamás se borre el rojo de las alas. El rojo que pincela mi sonrisa en tu cara.
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A veces, la vida es un perpetuo descencuentro... O no. Hermoso post ;)
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