sábado, 8 de septiembre de 2012

Lo preciosa que estaba ella. Y la Luna tambien

Me encontraba allí, de pie apoyado contra aquella fría pared de ladrillos que lentamente iba apretando y punzando mi columna vertebral. Esperando. Esperando que ella llegase aquella criatura que solía reunirse conmigo a aquellas elevadas y muertas horas de la penumbra. Aquella criatura que creía conocer a pesar de haber mantenido contacto con ella en la oscuridad. Una oscuridad que no me dejaba conocer del todo aquella hermosa criatura, una oscuridad que no obstante me dejaba contemplar su belleza, la belleza que me dejaba atónito.
  ¿Me había abandonado? No... no entraba en mi abanico de posibilidades. Impaciente miraba la luna, contemplando su majestuosidad, pensando que aquella misma luna que en esos momentos lóbregos estaba siendo adorada en forma de aullidos por los indomables lobos, estaba siendo a la vez mirada por mi, reflejando toda mi ambición y mi deseo. Lo entendía. Y me dolía aún así, saber que por tal motivo o por el motivo cual, no estaba aquí compartiendo el momento conmigo, en estos momentos de oscuridad. Por ella, por aquella bellísima criatura, habría pasado el momento en el que la luz iba a reposar para brillar más fuerte al ciclo siguiente entero en vela con tal de ver su borrosa figura acercándose a mi. Pero sabiendo que por mucho permanecer e insistir, no iba a aparecer allí, no por lo menos hasta que la luz volviese a aparecer y volviese a retirarse a reposar.
 Decidí volver. Y apretando los puños caminaba a ritmo medio ligero mirando al cielo, observando lo preciosa que estaba la luna aquel ciclo oscuro, y lo realmente llamativa que era la estrella que a su lado permanecía. Fue instinto, golpear aquel tronco  macizo que sabia que evidentemente no iba a causarle daño con un golpe con mi puño, pero era la rabia la que actuaba por mi , la rabia de aquel momento. La rabia y el deseo y la necesidad de que ella no hubiese olvidado aquella estrella que el ciclo lóbrego anterior habíamos observado mientras yo acariciaba su liviana melena y ella arrugaba sus comisuras luciendo su dentadura, haciéndome feliz. Solo pedía eso.

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