jueves, 6 de septiembre de 2012

Su grito

Él... bueno, el era extravagante, raro, diferente, extraño me atrevería a decir. ¿Ella? Posiblemente para su espejo, el del ascensor, para los reflejos del cristal del escaparate de la tienda, era normal. De una estatura mediana, unos rasgos nada llamativos, labios finos, nariz respingada, pelo castaño. Pero a sus ojos... era diferente. No al resto. No a nadie. Era ella. ¿O tal vez era él? Ella. Conversación. Noche. Música. Pink Floyd Led Zeppelin Calle 13. Cine. Kubrick. Citas. Conversación. Sonrisa. Metro.
      Allí. Un metro un simple y vulgar metro. Ni una biblioteca, tampoco una terraza, ni si quiera un parque. Un sencillo metro era donde hace 11 meses aproximadamente lo mismo que otra vez volvía a pasar por su cabeza. Esa monotonía, esa dejadez, un chute de depresión a los ojos. Él podría haber descrito esa sensación de llevar la contraria al detalle como esnifar algún tipo de sustancia estimulante, y habría sido capaz de describir aquella sensación ante un medico y haberle hecho creer que se trataba de cualquiera de esos estímulos extraños que habría estudiado en su carrera de medicina cuando era joven. Se lo habría descrito como un granito fino.  Algo más pequeño tal vez que un granito de arena. No mucho más. Un granito que cosquillearía el interior de su romana nariz produciendo cosquilla. Al principio incómoda, pero al fin y al cabo una sensación agradable, cortando la respiración, como micro-estornudos sin ruido. Tranquilo. Un granito que rozando la capa interior de los órganos que en la cabeza se alojan cosquillease y terminase rascando, rascando, arañando... haciendo herida, rasgando poco a poco. De tal forma que por modales en los cuales no cree debería mantenerse en silencio por no molestar a ninguno de los pasajeros de aquel transporte. Una sensación de dolor e intranquilidad callada a fuerza por una mano. Un suspiro. Un pequeño gemido...ah... Un apretar de párpados. Un grito...Aaaah... un grito... ¡Un grito! Su grito. El grito de ella. Porque para él, aunque posiblemente para su espejo, el del ascensor, para los reflejos del cristal del escaparate de la tienda no, para él a veces su sonrisa le grita.
   Le grita secretos que solo el conoce y comprende.

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