miércoles, 20 de febrero de 2013
Bestias del inframundo...
¡Oh, pobre de mi!¡Maldita sea mi alma e ingrata mi osadía! ¿Cómo atento yo ante la confusión? ¿Cómo oso, oh, Afrodita, mezclar en tus designios las tareas de Atenea y Eros? ¡Oh, Atenea! Maldita mi obsesión y mísera mi rabia, pues tú has encomendado en mi la huelga de sabiduría y claridad. Y yo, Eros, acaso no merezco ya tus respetos, ¿tus presentes y placer? Maldita vida esta, la que me priva, me colapsa, oh dioses, los regalos de vuestra misericordia. ¡Magnífica misericordia la de la sabia Atenea! ¡Oh, hermosa Afrodita, cuan generosa es tu deidad!Y cuan perfectos e intensos los orgasmos que tú, oh, noble Eros, pugnas en los hombres que la faz de esta tierra habitan. ¡Que honrados sois, dioses, con los mortales! Y ¿por qué?, ¡Oh!, ¿Por qué a mi? ¿Con que fin enterráis mi vida en un sueño, en una ilusión? Pobre de mi que no se mirar con otros ojos esta tristeza y amargura. ¿Con que propuesta me aterráis adormeciéndome en un descanso terrible y aterrador, incluso ante los ojos del humilde Morfeo? ¿¡Cómo os he faltado, oh Zeus, padre del Olimpo, dador de vida y velador de la tierra!? ¿Cual es mi enorme deuda ante el Olimpo? ¿A que se debe, este, tu abandono?¿Por qué me lanzas, oh, divino, a este averno? ¿Es que acaso ya no he de contar, si quiera, con vuestra piedad? ¿De esta forma me abandonáis? Malditos... Caigan infortunios sobre vosotros, deidades, por haber expulsado de este jardín a un simple y honrado mortal. Malditos, dioses, que mi interior revolvéis en cenizas... ¡Desgracia, oh, dioses, que mi mano habéis soltado! Putrefacta vuestra honra y moribundo vuestro poco honor... Incapaces sois, ya veo, de otorgar a quien os es leal, a un pobre mortal las flechas doradas. ¿Con que derecho me priváis de los deseos de Afrodita y los vicios que Eros hace emerger en mi? Sabed que hoy, oh, hoy, malditos... Sabed que hoy habéis perdido un fiel y un aliado. Sabed que un enemigo se une al frente de las divisiones de batalla... Oh, Atenea, incluso tú te dignas a abandonarme... tú, sabia y esbelta diosa, decides privarme de razón. Hazte cargo, pues, de mi locura, y reduces entre las llamas mi cordura. Oh, Atenea... ya ni la vida del sueño, ni las quimeras de las empresas de Afrodita soy capaz de distinguir... ¡Oh, Atenea! cuídame en este vil desfallecimiento.
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