martes, 5 de febrero de 2013
Camí
Una sonrisa impregnada en sufrimiento. Como la vida y la humanidad. Allí se encontraba Sev, entre dos velas, apuñalando al papel, bañándolo en tinta negra, desangrándolo. Sev, yo, conozco el temor a la muerte, pero conozco la sonrisa del dolor, conozco la indolencia del dolor. Sé que lo que a ojos de un humano alterado, un degüelle es algo terrible, al igual que para alguien dormido, el viaje de un caparazón de plomo que revienta su sien, que el trayecto de lado a lado de la cabeza, para un somnoliento ser, no es más que la desaparición de las imágenes en su sueño. Yo, Sev, pensé en que... la violencia es algo terrible, pero es algo que fuera de lo moral, fuera de la cordura, tiene un sabor apetitoso, la crueldad es tierna y jugosa. Pero ¿a quién no se le ocurriría meter entre celdas, en un pozo, a alguien que parece pretender asesinar a otra persona? ¡Por Dios! Un psicópata. Y por eso tuvo lugar el teatro, vino un guión, un dialogo y unas acotaciones a parar a la mesa de Sev, a mi mesa. Primero pensé en un teatro normal, un actor, dos actores. Un psicópata, alguien que disfruta de la tortura, alguien que es consciente de que fuera del racionalismo, la moral, lo bueno y lo correcto, la crueldad es un jugoso fruto oscilante en la copa de un desierto. Frente a una vulgar victima, el ojo humano, la conciencia y la razón. La monotonía y la normalidad. El problema, querido Sev es que ese actor, esa victima, ya sabe que es victima de un guión, de un guión que no prevé su muerte, un guión, que es más, la pretende evitar a toda costa. Son dos actores en el nombre de uno. La ventaja del teatro, la representación, es justo lo que muchos llaman el fallo. El no disociar, el ser uno mismo sobre el escenario, acto que finaliza cuando se es dos. Ser uno mismo que ante ojos del espectador es el personaje. Cambiar de nombre y cambiar de punto de vista. Yo, Sev, puedo subirme a un escenario sacar a un voluntario del público tumbarlo en una mesa, asustarlo. Hacerle saber que no es el personaje soy yo, hacerle cree que va a morir. Hacer de su cuello un tapiz de puntos herógenos que se cierran al tacto de un filo, de un cuchillo o una daga. Eso es lo bello de entrar de turista al teatro, que no conoces el guión, y ante la incomodidad, miramos más allá, el ser humano está alerta, comienza a ser racional, y es justo cuando comienza a ser racional cuando la crueldad pasa de ser un pedazo de carne tierno y jugoso a un fruto podrido, un racimo marchito. Si Sev, yo, subo al escenario llamándome Jan, siendo aquel personaje, que solo me oculta a mi, el rostro ilegal y amoral de mi intención, siendo aquel personaje que muestra al público el erotismo del dolor, de la tortura y la crueldad. La burla a la muerte. La insignificancia que la razón vuelve maravilla. Aquel personaje que hace que el público desee la muerte violenta de un personaje. Si yo, Sev, subo al escenario siendo Jan y escojo a un voluntario del público para hacerle creer que está a punto de morir, para llevarlo al punto más cercano de la muerte posible, mientras el resto sonríe de vuelta ante la sonrisa de la crueldad, de lo dantesco, él sabrá lo cruel que es esta sonrisa, y el resto sabrá lo dulce que es. Yo, Sev, sabré lo que es jugarle de farol a la muerte. Sabré lo que es romper en carcajadas delante de esa blanquecina figura, de ese cansancio eterno... Si Sev, yo, sube a ese escenario... Eso es lo que iba a pasar en breves instantes. Alguien se apresuró a la puerta de mi camerino, chilló: "3 minutos y entramos". Desafié con las pupilas a la navaja de barbero que temblaba en mi mano e hice el más perfecto y rectilíneo tajo jamás visto sobre un pómulo, un pómulo que se hallaba sobre una sonrisa. Así, con media cara entintada en sangre, y una sonrisa en la cara, subió al escenario Jan, o Sev, o yo.
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