miércoles, 27 de febrero de 2013
Aún sucios sus consejos
¿Y era acaso aquello?¿era ese el sabor a orgullo y ambición herida? ¿Era eso?.... Un flequillo a medio tapar, frente al ojo izquierdo. Frente a dos pupilas ancladas a un manantial de lagrimas y de angustias. Dos blancas esferas sobre dos muecas de rabia y pena. Sobre lo que solía ser una enorme y alegre sonrisa. Dos pupilas que se clavaban en una tabla de madera, en un altar, en un estante. Un altar y un baúl. En el ala izquierda, sobre la tabla de clara madera y también sobre el pedazo de metal que la sostenía firme, dormían unos papeles amarillos, sin escritura alguna. Con una mancha cafeinada en el medio de una de ellas, una mancha quemada. Entre esta, dormían algunos quebrados fósforos. Retortijones de madera que divertíanse... no, no había diversión alguna. 6 pequeños palos de madera que hacían arder cada segundo vestidos de chamusquina y madera virgen, disfrazados de moribundos y esbeltos, de usados y sin usar. Que hacían gala de sus prendas frente a su caja, a su hogar, a su cruel y maldito, a su represivo hogar. Y en el medio de la tabla dos velas, un cilindro y un monte, monte naranja de mis penas que para a abrasar al lado de su cruz, frente al cilindro. El pequeño cilindro ardía tenuemente y el monte... oh, el monte. El monte ardía vivaz, no dejaba sin combustir un suspiro, no había designio de libertad que el monte no osase reducir a gemidos, gemidos de angustia y opresión .. corridos del cilindro reposaban 4 pedacitos de papel, 4 nombres escritos a puño, apretados hasta calcar en la madera los surcos de cada giro de cada unas de las curvas de todas y cada una de las palabras de aquellos 4 perfectos nombres. 4 nombres que hacían barrera a un cartel de aviso, de duda y de pregunta. Un cartel que rezaba el cambio de un papel secundario en una guerra por la voz cantante en una jaula... Un cartel que ocultaba un negro puño de piedra, un puño ceñido y apretado, un puño de piedra con ganas de rabiar, un puño... Un puño como las pupilas que las ondeantes llamas del monte y el cilindro torturaban. Un puño y unas pupilas como el dueño de ellas... harto de ganas de sangrar... harto de ganas de reventar, explotar, hacer añicos las estrellas, reprimir al mundo a base de libertad. Hacer al mundo dogmáticos de la verdad. A abrir los ojos con las manos, a levantar con sangre y sudor los parpados de los pesados ojos de aquellos que dormían y mas aun de aquellos que habían sido dormidos. Pero sobretodo con sangre, con rabia, con odio si cabe, con orgullo herido, con lágrimas y dolor. No con deseo de causarlas, con la ira de haber sido anfitrión de ellas... Con puño en alto, puño ceñido y rostro de luto. ¿Era ese el sabor de la libertad? Era ese... pues no conozco mayor sonrisa, no conozco mayor estallido de carcajada que la que resuena en las paredes del oprimido. No conozco mayor libertad que la haya por el asesinado en su hogar, no conozco una mayor que quien ha sido sepultado bajo su amor... no conozco mayor libertad que la de quien ha sufrido la sangre, el odio, la pena, la rabia,la ira, quien ha sufrido las lagrimas y la amargura. No conozco mayor libertad que la de quien ha sido matado en vida, privado de la alegría y conseguido haber hecho lucir una sonrisa a quien ha sido miserable, habérsela hecho lucir a costa de la suya.
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