Los tavips tenían aspecto de torreón, aunque lo cierto es que no llegaban a medir mas de seis o siete metros. Tenían todos forma circular y arriba en el techo se cerraban en forma de cebolla, con una especie de hojas de tacto áspero y duro, que imagino que serían las hojas del árbol del que obtenían la madera con la que estructurar los tavips. Los tavips se unían entre ellos por caminitos flotantes, pequeños puentecillos construido con esta misma madera. En Telmocoatl todo se construía con esta madera peculiar, a excepción de los muebles de las casas, que estaban hechos de una madera más oscura, parecía grano de café. Miré para atrás, miré a Gustavo, le hice un ademán de despido y comencé a observar Telmocoatl para encontrar su casa. Entre que Telmocoatl tiene pocos tavips y las indicaciones que ella me había dado, apenas tardé 15 segundos en encontrar con seguridad su casa. Allí estaba: Con hojas cortadas en tiras finísimas en lugar de puertas, con dibujos infantiles alrededor de el marco de la "puerta" y con un cartel de madera de color grano de café en el que con la madera pálida, con la que se construyen los tavips, había hecho letras que formaban la palabra "irribarre". Al adentrarme en la casa encontré a un niño de pequeña estatura y de tez del color del barro. Cuando me miró me estremecieron sus ojos azules, unos ojos azules pálidos como la luna en medio de una negra noche sin estrellar. Esta hermosa criatura jugaba con una prenda de tela gruesa sin terminar de hilar, y al mirarme, la miró y me la ofreció estirando sus cortos brazos. Sonreí, me agaché me puse de cuclillas y le dije en voz baja:
-¿Arantxa?
El niño, me miró, sonrió, se levantó y jugueteando con la prenda de gruesa tela entre sus regordetes dedos, sin desviar la mirada de la prenda comenzó a decir para si en voz alta con un timbre un tanto agudo y ridículo:
-Adiantza... Adiantza...
Al fondo de la sala bajaban unas escaleras por las que empezó a sonar el tamborileo de unos pies que bajaban descalzos por los peldaños de madera a trote rápido. De pronto vi asomar los blanquecinos pies, que a la altura de la espinilla se cubrían con una fina falda marrón. Me miró y saltó corriendo de las escaleras para abrazarme. Sentí apretado en mi pecho el suyo, y su respiración acompasada a la mía. Entre mis brazos tenía hoy a una muchacha que hace veinte años me había concedido el placer de, mediante sus propias palabras, reorganizar su vida, darle nuevo rumbo hacia el puerto con el que ella había nacido por meta. Tenía hoy, frente a mi a una mujer libre, hermosa y luchadora. Una mujer que cada minuto lo entregaba a las sonrisas de los demás. Una mujer que tantas y tantas veces me había esbozado una sonrisa, y tantas otras una carcajada. La sostuve por los hombros, la miré a los ojos. Vislumbré las lágrimas por sus mejillas cayendo. Y en mi rostro solo tuvo lugar una sonrisa temblorosa al borde de la lágrima, aunque no llegó a ella. De pronto, el niño tiró al suelo la prenda de gruesa tela y corrió hasta las piernas de Arantxa y, en un llanto, sollozó en apenas pronunciando:
-Adiantza, no... ¿Por qué lloras? No llores... me pones triste....
Arantxa lo levantó, lo tuvo en brazos, se borró las lágrimas del rostro, se colocó bien el pelo, le miró, sonrió, y le dijo mientras le despeinaba:
-Pequeño, Uetehl... Al igual que no todos los animales son depredadores, ni todas las plantas venenosas te digo que aprendas de lo bello de cada cosa. Ni cada silencio es incómodo, ni cada lágrima un puñal.- Dejó a Uetehl en el piso, me tomó la mano, me hizo una caricia y me dijo: - Vamos, tengo muchísimas cosas que enseñarte.
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