martes, 2 de abril de 2013
Borrador de un 26 un Marzo
Perdónenme críticos y lectores. Perdónenme señores que juzgan y jóvenes que enfervorecen Perdónenme literatos que se redimen a mi simple y baja literatura. Perdónenme todos ustedes, pero de vez en cuando uno desea y necesita bajar a su mente, necesita volcarse a sus deseos y su drogada ilusión. Uno de vez en cuando necesita hacer uso de las palabras para pintar paraderos con los que sueña, escenarios en la imaginación, paisajes conjuntos. Perdóneme si le resulto... si le resulto agotador, perdóneme autor. Y gracias si me comprende, pues apuesto por que usted también así ha hecho uso de la preciada palabra. Si comprende mis deseos y mi alegría, mi sonrisa, mi entusiasmo, mis fuerzas de vivir al imaginar... Que sé yo. Su sonrisa. Sus labios. Su mirada, sus ojos, sus pupilas. A ella. Al imaginar un amanecer oscuro, unos rayos de sol que pretenden escabullir tras las nubes de una azul mañana. Un amanecer callado, una mañana tranquila, el sonido del vapor del agua ardiendo que burbujea y atraviesa la capa marrón de café molido. El sonido del caliente vapor que atraviesa por el agujero de una cafetera italiana, el burbujeo del líquido marrón al ser vertido en dos tazas. El tacto de los dedos de una mano y un cuello, el tacto de una mano en una cintura desnuda, el paseo de las yemas por su cadera. El roce de las narices. Una guitarra de fondo, baja... muy baja. Una guitarra maestra y unos labios. Unos versos y su aliento. La caricia de los labios, el mimo de la lengua y la calma. Una voz cubana de fondo, baja... muy baja. Todas las cosas que hinchan esos minutos. El silencio, la calma, la paz en el ambiente. La relajación en un despertar, la calma en nuestras manos. El caos entre los labios. En estos días todo el viento del mundo sopla en tu dirección. La Osa Mayor corrige la punta de su cola y te corona con la estrella que guía la mía. Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas. La lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles, las flores te maldicen muriendo celosas. En estos días no sale el sol, sino tu rostro, y en el silencio sordo del tiempo gritan tus ojos: Ay! de estos días terribles, ay! de lo indescriptible. Baja... muy baja. La brisa del mar en proa en la cara de un polizón. Tú... Rezagarse en un sillón, el péndulo de las piernas apoyadas en las mías. El silencio. Mirar, sonreír, saborear el café en sus papilas. Y nada más. El tacto de unos nudillos entre otros, sus suaves manos por mi cuello... El camino de las mías en la cintura. Dos tazas, una mañana, un café, una guitarra, unos versos. Sonreír. Estallar.
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